El viejo que camina

Marcos Tabossi

 

La verdad es que me dio un poco de miedo, por eso me metí rápido adentro de casa. Pero también me gustó verlo, ahora puedo decir que lo conozco y es tal cual como lo imaginé, o como me lo contó mi papá. Él también lo vio cuando era chico. Una vez se escapó sin que la abuela se diera cuenta y se fue corriendo hasta la otra cuadra de su casa, donde siempre se juntaban sus amigos del barrio a jugar a la pelota. Estaba contento porque había logrado salirse con la suya, pero cuando apenas cruzó la esquina se quedó duro, sin poder creer lo que estaba viendo. Entonces pegó media vuelta y volvió corriendo más fuerte. Le pasó lo mismo que a mí: se metió a la casa y no se fue a su cama, sino que se quedó detrás de la ventana esperando que el viejo pasara por la puerta para verlo de nuevo.

Corro la cortina un poquito, nada más. Lo que no sé es si puede entrar a tu casa o si sólo te agarra cuando estás en la calle. Hasta ahora lo que mi papá me dijo es que te agarra, te mete en la bolsa y te lleva si no dormís la siesta y estás jugando afuera, pero no me aclaró qué pasa si estoy despierto pero adentro de mi casa.

Si el viejo venía caminando para acá ya tendría que haber pasado. Pero no sé, recién estaba parado en la esquina, mirando adentro de ese tarro grande donde se ponen las bolsas de la basura, tenía una bolsa vacía en una mano y movía la otra adentro del tarro, como si estuviera buscando algún nene para llevarse. Es raro, nunca vi un chico metido ahí adentro. Tiene la barba crecida hasta el pecho. Es una barba distinta a la de mi papá. La del viejo está llena de rulos, parece los alambrecitos con los que mi mamá lava las ollas. Le vi la espalda hinchada, como si debajo de esa camisa blanca pero sucia llevara una mochila. Tiene un pantalón medio roto y anda en patas.

Me pregunto dónde vivirá, supongo que si anda por acá debe vivir cerca. Capaz vive en esa casa que está al lado del almacén, la que nunca tiene luz, la que le faltan las ventanas y tiene el pasto más alto que yo.

Abro la puerta de a poquito y me asomo. Justo lo veo irse para el otro lado y me dan ganas de seguirlo. Me voy escondiendo atrás de los árboles para que no me vea, quiero ver cómo agarra a los chicos, qué hace, adónde los lleva. El viejo camina unos pasos y se para, mira adentro de la bolsa que es tan grande que le llega al suelo y sigue caminando unos pasos más. No va derecho, se mueve de un lado a otro, como si estuviera amagándole a alguien. Ahora se apoya en la pared y se mira los pies, parece que está jugando a las escondidas y le tocó contar. Saca de la bolsa una caja y toma un trago. Sigue caminando y se aleja un poco más, yo me escondo detrás de un árbol. Tengo miedo de salir porque el próximo está en la otra cuadra y seguro que se va a dar vuelta y me va a ver. Así que espero que se aleje bastante para salir y correr hasta el próximo escondite. Ahora veo que camina más agachado, como si estuviera buscando una moneda en el piso. Frena en cada uno de los tachos de basura y busca algo. Las piernas se volvieron más finitas y están cambiando de color: se están oscureciendo. A la vez su cuerpo se hizo más chico, como cuando ves a alguien de lejos. Quisiera acercarme más y ponerme al lado para ver si de verdad está más petiso o si es una sensación mía.

Parece cansado. Camina cada vez más agachado y con la cabeza tan hacia adelante que tiene que apoyar las manos en el suelo para no caerse, como cuando jugamos al puentecito en la escuela. Las manos también se vuelven más finitas y más negras. Todo su cuerpo va contagiándose de ese color. Debe ser que este sol quema tanto como cuando a mamá se le olvidan las tostadas en el horno. Cada cuadra que caminamos se va achicando más y las patitas y bracitos se afinan tanto que parecen hilitos sin fuerzas. Como le está costando mucho avanzar hace crecer de las costillas otras patitas y otro bracitos que le ayudan a andar más rápido.

Ahora se hizo tan chiquito que si tiene la barba no alcanzo a verla y los tachos quedaron tan altos que tiene que treparlos para ver que hay adentro. Ya no podría agarrar a los chicos porque al lado de él resultarían gigantes.

Caminamos otras tres cuadras y ahora me tengo que acercar un montón para poder verlo. Entonces voy avanzando sin tanto cuidado de ser visto porque ya no tengo miedo. En el siguiente tacho donde están las bolsas de basura el viejo trepa y se zambulle adentro. Espero un ratito afuera pero el viejo no sale, entonces me asomo y ya no lo veo. Lo perdí de vista. Sólo hay bolsas de basura con olor a yerba mojada y a cáscara de banana.

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