El pudin del pobre y las migajas del rico

Herman Melville

 

CUADRO PRIMERO

EL PUDÍN DEL POBRE

—Ya ve —me dijo con entusiasmo el poeta Blandmour hace unos cuarenta años, mientras caminábamos por la carretera bajo una leve y húmeda nevada a finales de marzo—, ya ve, amigo mío, que la Naturaleza, la bendita limosnera, es generosa en todo; y no solo eso, sino tan considerada en su caridad como pueda serlo el más discreto de los filántropos. Incluso esta nieve, que parece tan fuera de estación, es justo lo que necesita el campesino pobre. Con razón a esta tenue nieve marceña, que cae justo antes de la época de la siembra, se la llama el «abono del pobre». Destilada por el cielo benévolo sobre el suelo, penetra en él gentilmente y nutre cada terrón, caballón y surco. Para el granjero pobre es tan buena como los fertilizantes del granjero rico. Y el pobre no tiene que molestarse en esparcirlos, mientras que el rico sí.

—Tal vez sea así —dije yo, con idéntico entusiasmo, sacudiéndome algunos copos húmedos de la pechera—. Quizá sea como dice, querido Blandmour. Pero, dígame, ¿cómo es que el viento se lleva el «abono del pobre» del terreno de una hectárea del pobre Coulter y lo acumula en el campo de ocho hectáreas del rico caballero Teamster?

—¡Ah! Eso…, sí…, bueno; supongo que el campo de Coulter está lo bastante húmedo y no requiere más humedad. Ya sabe usted que lo poco basta y lo mucho cansa.

—Sí —respondí yo—, sobre todo tratándose de una dieta tan húmeda. —Y me sacudí de encima otra lluvia de copos húmedos—. Pero dígame, tal vez esta tibia nevada primaveral responda muy bien a lo que usted dice, pero ¿qué hay de las frías nieves de los largos inviernos de por aquí?

—Pero ¡cómo!, ¿es que no recuerda las palabras del salmo? «El Señor envía la nieve como lana», lo que significa no solo que la nieve es blanca como la lana, sino cálida como la lana. Tal como yo lo veo, la lana es cómoda por la sencilla razón de que el aire se enreda y se calienta entre sus fibras. Del mismo modo, tome la temperatura de un campo en diciembre cuando esté cubierto de esa lana nívea y comprobará sin duda que está varios grados por encima de la del aire. Así que ya ve, la nieve invernal es benéfica en sí misma; bajo el disfraz de la escarcha (una especie de filántropo huraño) calienta la tierra, que después será fertilizada y humedecida por estos dulces copos marceños.

—Me gusta oírle hablar, querido Blandmour; y, guiado por su benévolo corazón, no puedo sino desear que el bueno de Coulter disponga del «abono del pobre» en abundancia.

—Y eso no es todo —dijo ansiosamente Blandmour—. ¿Nunca ha oído hablar del «colirio del pobre»?

—Nunca.

—Coja esta tenue nieve de marzo, derrítala y embotéllela. Se conservará tan pura como el alcohol. Es la mejor medicina del mundo para la vista cansada. Yo mismo tengo una damajuana llena. Y hasta el hombre más pobre puede disponer libremente de este generoso remedio. ¡Qué dones tan generosos!

—Entonces el «abono del pobre», ¿es también el «colirio del pobre»?

—Exactamente. ¿Cómo concebir un designio más económico? La misma cosa sirve para dos fines… muy distintos.

—Muy distintos, desde luego.

—¡Ah!, siempre será usted el mismo. Se burla de las cosas más serias. Pero da igual. Hemos estado hablando de la nieve, pero la lluvia común, como la que cae a lo largo del año, aún es más generosa. Consideremos una de sus cualidades menores, por no hablar solo de sus conocidas virtudes fertilizadoras. Dígame, ¿ha oído hablar alguna vez del «huevo del pobre»?

—Nunca. ¿Y qué es, si puede saberse?

—Pues al elaborar ciertos preparados culinarios con harina y fécula, para los que el recetario recomienda utilizar huevos, puede emplearse como sustituto una taza de agua de lluvia fría, que actúa como levadura. Y así a una taza de agua de lluvia fría las amas de casa lo llaman el «huevo del pobre». Y los cocineros de muchos hombres ricos también lo utilizan.

—Aunque supongo que solo cuando se quedan sin huevos de gallina, querido Blandmour. Pero, si le soy sincero, su charla me resulta muy amena. Siga hablando.

—Luego está el «emplasto del pobre» para las heridas y otros daños corporales; un calmante y curativo, compuesto de cosas sencillas y naturales, que, por ser tan barato, está al alcance del más pobre de los enfermos. La gente rica utiliza a menudo el «emplasto del pobre».

—Pero no sin el juicioso consejo de un médico que les cobra por la visita, querido Blandmour.

—Sin duda, consultan antes al médico; pero esa es una precaución innecesaria.

—Tal vez. No seré yo quien le contradiga. Siga.

—Bueno, ¿alguna vez ha comido «pudín del pobre»?

—Ni siquiera había oído mencionarlo antes.

—¿De verdad? Bueno, ahora podrá probarlo; y lo probará tal como lo prepara la mujer de un pobre, y lo probará en la mesa de un pobre, y en la casa de un pobre. Vayamos, y si después de comerlo no reconoce que es tan delicioso como el del rico, retiraré mi afirmación de que los pobres extraen de la amable naturaleza consuelo para su pobreza.

Por no seguir narrando nuestras conversaciones sobre el asunto (fueron varias, ya que en aquel tiempo me hospedaba con Blandmour en el campo por motivos de salud), baste con decir que, siguiendo su consejo, fui a casa de Coulter un húmedo mediodía de lunes (pues la nieve se había derretido) con el pretexto inocente de la necesidad del caminante de descansar una o dos horas y de comer un tentempié.

Me acogieron, no sin mucha turbación, a causa sin duda de mi vestimenta, pero aun así con amabilidad sencilla y sincera. La señora Coulter acababa de dejar el fregadero para preparar la comida antes de que su marido regresase de cortar leña, a setenta y cinco centavos al día, en un espeso bosque a un kilómetro y medio de distancia de las montañas. La colada se hacía fuera del edificio principal bajo un cobertizo de aspecto desdichado; la señora estaba sobre un tablón empapado y medio podrido para, dentro de lo posible, proteger sus pies de la humedad del suelo, así que tenía un aspecto pálido y helado. Pero su palidez tenía otra causa más secreta…, la palidez de la futura madre. Una callada e insondable aflicción se ocultaba además bajo el azul dulce y resignado de su mirada de esposa. Pero sonrió al verme, como disculpándose por el inevitable desorden de un lunes y día de colada, me condujo a la cocina y me instaló en su mejor asiento, una silla de apariencia endeble y aspecto anticuado.

Le di las gracias, me froté las manos ante el tibio fuego y —todo lo discretamente que pude— le eché un vistazo a la habitación mientras la buena mujer añadía unos cuantos troncos y se disculpaba de que la habitación no estuviera un poco más caldeada. Dijo algo más —aunque sin tono de queja— sobre lo vieja y húmeda que estaba la leña; unas ramas recogidas en el bosque del caballero Teamster, donde su marido cortaba los troncos llenos de savia de los árboles para el hogar del caballero. Cualquiera que fuese, no era necesaria aquella observación para convencerme de la calidad inferior de las ramas, pues estaban cubiertas de musgo y hongos tras pasar muchos otoños entre las hojas muertas. Emitían un triste siseo y un vano chisporroteo.

—Debe descansar usted al menos hasta la hora del almuerzo —dijo la señora—; puede disponer de todo lo que tenemos.

Volví a darle las gracias y le supliqué que no se preocupase por mi presencia y siguiera con sus tareas habituales.

Me impresionó el aspecto de la habitación. La casa era vieja y crónicamente húmeda. Los alféizares de las ventanas tenían regueros de humedad exudada. Las molduras se movían en los marcos, y los cristales verdosos estaban nublados por el largo deshielo. Durante sus quehaceres, la señora pasó a una habitación contigua y dejó la puerta entreabierta. El suelo de aquella alcoba carecía de alfombra, igual que la cocina. A mi alrededor solo había las cosas más necesarias, y ninguna de la mejor calidad. Ni un cuadro en la pared, solo un viejo volumen de Doddridge sobre la ahumada repisa de la chimenea.

—Debe de haber caminado mucho, señor; suspira de fatiga.

—No, me atrevería a decir que no estoy ni la mitad de cansado que usted.

—Oh, pero yo estoy acostumbrada; y usted no parece estarlo. —Sus dulces y tristes ojos azules le echaron un vistazo a mis ropas—. Pero debo barrer estas virutas; mi marido talló un mango nuevo para el hacha esta mañana antes del amanecer, y he estado tan ocupada lavando que no he tenido tiempo de ordenar esto. Es justo lo que necesito para el fuego. Aunque irían mejor si no estuviesen tan verdes.

«Si Blandmour estuviera aquí, seguro que llamaría a esas virutas las “cerillas del pobre”, “la yesca del pobre” o algún otro nombre agradable por el estilo», pensé yo.

—No sé —dijo la buena mujer, volviendo a girarse hacia mí mientras pululaba entre sus pucheros junto al fuego humeante—, no sé cómo querrá usted su pudín. No es más que arroz, leche y sal hervidos.

—Ah, supongo que se refiere a eso que llaman el «pudín del pobre».

Un súbito rubor, ofendido en parte, cruzó su rostro.

—Nosotros no lo llamamos así, señor —dijo y se quedó en silencio.

Reprochándome mi descuido, no pude sino volver a pensar en lo que habría dicho Blandmour si hubiese oído aquellas palabras y visto aquel sonrojo.

Por fin se oyeron unos pasos pesados y lentos; luego un chirrido en la puerta y otra voz que decía:

—Vamos, mujer, vamos, vamos…, tengo que estar de vuelta en un periquete…, si quieres que venga a comer a casa, tendrás que darte prisa; porque el caballero… Buenos días, señor —exclamó al verme por primera vez al entrar en la habitación. Se volvió inquisitivo hacia su mujer y se quedó clavado allí mientras la humedad de sus botas remendadas rezumaba sobre el suelo.

—Este señor ha venido a descansar y tomar algo; se quedará a comer con nosotros. Todo estará listo en un momento, de modo que siéntate, marido mío, y ten paciencia, te lo ruego. Ya ve, señor —continuó, volviéndose hacia mí —, William querría llevarse una comida fría al bosque por la mañana, para ahorrarse el largo paseo de ida y vuelta por los campos a mediodía. Pero yo no le dejo. Vale la pena darse un largo paseo con tal de comer caliente.

—No sé yo —dijo William sacudiendo la cabeza—. Muchas veces me he preguntado si verdaderamente vale la pena. De todos modos, no es fácil elegir entre una húmeda caminata después del trabajo y una comida húmeda antes de él. Pero me gusta complacer a una buena esposa como Martha. Y ya sabe usted, señor, que las mujeres siempre terminan haciendo su capricho.

—Ojalá todas tuvieran caprichos tan amables como su esposa —dije yo.

—Bueno, he oído decir que algunas mujeres no son tan dulces como el azúcar, pero como yo estoy contento con mi amada Martha no sé mucho de las otras.

«Rara sabiduría esta de los bosques», pensé yo.

—Bueno, marido, si no estás demasiado cansado, podrías ayudarme a poner la mesa.

—No —dije yo—, déjelo descansar y permita que la ayude yo.

—No —dijo William poniéndose en pie.

—No se levante —me dijo su esposa.

Una vez puesta la mesa, nos sentamos alrededor de los platos.

—Ya ve lo que tenemos —dijo Coulter—, tocino, pan de centeno y pudín. Deje que le sirva. Este tocino me lo vendió a cuenta el caballero el año pasado. No está tan bueno como el de este año, pero me da energías para ir a trabajar; y con eso me basta. Me contento con tener lejos el reuma y otras enfermedades y no le pido a nadie ni sabores ni favores. Pero ¡no ha probado usted el tocino!

—Veo —dijo su mujer grave y gentilmente— que el señor nota la diferencia entre el tocino de este año y el del año pasado. Pero tal vez le guste más el pudín.

Hice acopio de toda mi presencia de ánimo y acepté sonriendo la sugerencia del pudín, sin que mi aspecto delatara mi opinión sobre el tocino. Aunque, para ser sincero, me resultaba imposible (al no estar hambriento) comerlo. Tenía una corteza amarillenta alrededor, y me pareció que estaba bastante rancio. Reparé también en que la señora tampoco se lo comía, aunque se puso algo en el plato y simulaba comerlo cuando Coulter la miraba. Se comió, eso sí, el pan de centeno y yo hice lo mismo.

—Empecemos con el pudín —dijo Coulter—. Apúrate mujer; el caballero se sienta junto a la ventana del comedor, mirando hacia los campos. Y es muy puntual.

—¿No será para vigilarle, verdad?—dije yo.

—¡Oh, no! No he querido decir eso. Es bastante buena persona. Me da trabajo. Pero es un poco especial. Mujer, sírvele al señor. Ya sabe, señor, si pierdo el empleo, ¿qué será de… —y con una mirada llena de humanidad y un astuto significado miró hacia su mujer; luego cambió un poco el tono de voz y continuó—, ese hermoso caballo que pienso comprarle?

—Supongo —dijo la señora, con una especie de extraña y apagada amabilidad—, supongo que ese hermoso caballo que a veces sueñas con comprarle, seguirá mucho tiempo aún en el establo del caballero. Pero a veces su criado me lleva de paseo los domingos.

—¡De paseo los domingos! —dije yo.

—Ya sabe —continuó Coulter—, a mi mujer le encanta ir a la iglesia, pero la más cercana queda a seis kilómetros de aquí, más allá de las cumbres nevadas. Así que no puede ir andando; y yo no puedo llevarla en brazos, aunque alguna vez la he subido al piso de arriba. Pero, como ella dice, el criado del caballero a veces la recoge por el camino; por eso hablaba yo del caballo que quiero comprar uno de estos días. Y ya, antes de comprarlo, lo he bautizado Martha. Pero ¿qué hago? ¡Vamos, vamos, mujer! ¡El pudín! ¡Sírvele al señor! ¡El caballero, el caballero! ¡Piensa en el caballero!, y pásame el pudín. Vamos, uno, dos…, con tres bocados tengo suficiente. Adiós, mujer. Adiós, señor. Me voy.

Y cogiendo el sombrero mojado, el noble Pobre salió a toda prisa al agua y el barro.

«Supongo que ahora Blandmour diría poéticamente que va a darse el paseo del pobre», pensé para mis adentros.

—Tiene usted un buen marido —le dije a la mujer cuando nos quedamos solos.

—William me ama hoy como el primer día, señor. Alguna vez me habla con precipitación, pero nunca me dice una palabra más alta que otra. Ojalá fuera yo mejor y más fuerte por su bien. ¡Oh!, señor, por su bien y por el mío —y sus suaves, dulces y hermosos ojos se convirtieron en dos manantiales—, cuánto desearía que el pequeño William y la pequeña Martha vivieran…, ahora esto está tan solitario… William se llamaba así por él y Martha por mí.

Cuando el corazón de una esposa se desborda de ese modo, lo mejor es no hacer nada. Me quedé sentado, mirando el pudín que todavía no había probado.

—Tendría que haber visto al pequeño William. Un hombrecito tan despierto…, solo tenía seis años…, ¡frío, frío ahora!

Hinqué la cuchara en el pudín y me obligué a meterme un pedazo en la boca con tal de continuar en silencio.

—Y Martha… ¡Oh!, señor, ¡era guapísima! ¡Qué amargura, qué amargura!, pero hay que ser fuertes.

La cucharada de pudín rozó entonces mi paladar, y dejó en él un sabor mohoso y salado. Deduje que era arroz apolillado, del que se vende más barato, y que la sal procedía del barril de tocino.

—Oh, señor, si los pequeños que están por llegar a este mundo fuesen los mismos que tan tristemente lo abandonaron, amigos que vuelven y no extraños, extraños, ¡siempre extraños! Aunque una madre aprende pronto a quererlos; pues, sin duda, señor, vienen de allí donde se fueron los otros. ¿No cree usted, señor? Sí, todas las buenas personas lo creen. Y, sin embargo (y mucho me temo que sea algo malvado y vil), por mucho que me esfuerzo por alegrarme pensando en el pequeño William y en la pequeña Martha en el cielo, y leyendo el libro del doctor Doddridge, aun así se cuela el negro pesar como la lluvia en nuestro tejado. Me quedo tan sola…; día tras día, mi amado William pasa fuera el día entero; y todo el día el pesar se me va colando en el alma. Le ruego a Dios que me perdone por esto; y por lo demás voy tirando como puedo.

«El “pudín del pobre” es amargo y mohoso», gemí para mis adentros, medio atragantado por una cucharadita que apenas lograba tragar.

No pude quedarme mucho más tiempo a oír penas que ni la compasión más sincera aliviaría adecuadamente; un tierno convencimiento del que ya no podían darse más pruebas, y que las palabras no harían más que desvirtuar; reconvenciones sin fundamento, que ninguna exhortación podría haber disipado. No ofrecí pagar por una hospitalidad gratuita y tan honorable como la de un príncipe. Sabía que semejante oferta habría ofendido su caridad y habría sido rechazada.

Los pobres nacidos en Norteamérica no pierden nunca su delicadeza ni su orgullo; por eso, aunque no llegan a rebajarse a la degradación física del indigente europeo, su espíritu sufre más que el de los pobres de cualquier otro lugar del mundo. Las sensibilidades sociales nutridas por nuestros propios principios políticos, aunque aumentan la dignidad del norteamericano próspero, no hacen sino empeorar la miseria de los infortunados; en primer lugar, prohibiéndoles aceptar hasta el más mínimo alivio que pueda ofrecerles la caridad; y en segundo, dotándoles de la más aguda percepción de las diferencias entre el ideal de la igualdad universal y su dura experiencia de la verdadera miseria e infamia de la pobreza…, una miseria y una infamia que es, ha sido, y será siempre la misma en la India, en Inglaterra y en Norteamérica.

Con la excusa de que debía continuar mi viaje, me despedí de la señora; le di la mano, miré por última vez sus ojos azules y resignados, y salí a la lluvia. Pero por triste que fuera, y húmeda, húmeda, húmeda, aquella densa atmósfera cargada de toda suerte de premoniciones, me di cuenta, por lo súbito del contraste, de que el aire de la casa de la que acababa de salir estaba preñado de esa cualidad deletérea que se encuentra en su grado más alto — insufrible para algunos visitantes— en los asilos para pobres.

Esta mala ventilación en invierno de las habitaciones de los pobres —algo que también se repite obstinadamente— suele atribuirse a un desdichado descuido de las más elementales normas de salubridad. Pero el instinto de los pobres es más sabio de lo que pensamos: al ventilarse, el aire también se enfría. Y para quien tiene frío, el calor mal ventilado es mejor que el frío bien ventilado. De todas las conjeturas descabelladas que hace la humanidad acerca de la humanidad, nada supera a las críticas de las costumbres de los pobres que hacen los bien acomodados, los bien calentados y los bien alimentados.

—Blandmour —le dije aquella tarde después del té al ir a sentarme en su cómodo sofá, ante un fuego llameante, con uno de sus dos niños rubicundos en mis rodillas—, no es usted propiamente un hombre rico; las cosas le van bien, sin más. ¿No es cierto? En tal caso no le incluyo al decir que si alguna vez algún Rico me habla favorablemente de un pobre, lo tomaré por un…, no diré la palabra.

.

CUADRO SEGUNDO

LAS MIGAJAS DEL RICO

En el año 1814, durante el verano siguiente a mi primera degustación del «pudín del pobre», el médico me recomendó un viaje por mar. Como la batalla de Waterloo había puesto fin al largo drama de las guerras napoleónicas, muchos extranjeros iban a visitar Europa. Llegué a Londres justo cuando los príncipes victoriosos estaban allí reunidos disfrutando de la hospitalidad, digna de las Mil y una noches, de una agradecida y magnífica aristocracia y del más cortés de los reyes y caballeros: Jorge, el príncipe regente.

Yo había dejado las letras, salvo una para mi banquero. Vagaba en busca de la mejor recepción que puede tener un viajero aventurero, es decir, cualquiera que el azar y la suerte decidan cruzarle en su camino.

Pero omitiré todo lo demás, para relatar los sucesos de solo una hora acontecidos en compañía de un hombre muy amistoso, a quien conocí en una calle de Cheapside. Vestía uniforme y era una especie de funcionario municipal, he olvidado de qué clase exactamente. Ese día no estaba de servicio. Su conversación versaba sobre todo acerca de las nobles casas de beneficencia de Londres. Me llevó a dos o tres y mencionó muchas más con admiración.

—Pero —dijo, mientras volvíamos a Cheapside—, si tiene usted verdadera curiosidad por estas cosas, déjeme llevarle, si no es demasiado tarde, a una de las más interesantes, la casa de beneficencia del Lord Mayor; y no solo del Lord Mayor, sino que en este caso podría decirse con justicia que de emperadores, regentes y reyes. ¿Recuerda el acontecimiento de ayer?

—¿Se refiere a ese desdichado incendio a la orilla del río que ha dejado sin casa a tantos pobres?

—No. Al gran banquete ofrecido a los príncipes en el Ayuntamiento. ¿Cómo olvidarlo? Señor, la cena se sirvió en bandejas de plata y oro macizos, valoradas en al menos 200.000 libras, es decir, 1.000.000 de dólares; y el gasto en carnes, vinos, servicio, tapizado etc., no podría valorarse en menos de 25.000 libras, unos 125.000 dólares en metálico.

—Pero, sin duda, amigo mío, no considerará usted que alimentar a unos reyes a ese coste es una obra de beneficencia.

—No. El banquete vino primero…, ayer; y la beneficencia después…, hoy. ¿Cómo iba a ser si no, habiendo príncipes de por medio? Pero creo que llegamos a tiempo…, vamos; estamos en King Street, y el Ayuntamiento está ahí mismo. ¿Viene usted?

—Encantado, mi buen amigo. Lléveme a donde guste. He venido solo a pasear y a ver.

Evitó la entrada principal del Ayuntamiento, que estaba cerrada, me llevó por un camino privado, y nos encontramos en un patio trasero al aire libre. Miré a mi alrededor sorprendido. El lugar era tan mugriento como un corral en Five-Points. Estaba abarrotado con una masa de criaturas flacas, famélicas y feroces que luchaban y se peleaban por un misterioso orden de precedencia y sostenían unos manoseados billetes azules.

—No hay otro camino —dijo mi guía—, solo podemos pasar con la gente. ¿Quiere intentarlo? Espero que no haya traído su mejor traje. ¿Qué me dice? Vale la pena verlo. No todos los días se ven obras de caridad semejantes. La del banquete anual del Lord Mayor, también está muy bien…, pero no puede compararse con la de hoy. ¿Es eso un sí?

Mientras hablaba, abrieron la puerta de un sótano a lo lejos y la escuálida masa se dirigió a toda prisa hacia la oscura bóveda que había debajo.

Asentí con la cabeza y nos unimos a los demás. Pronto vimos cortada nuestra retirada por la muchedumbre que se agolpaba a nuestras espaldas, y no pude sino alegrarme de que mi educado guía fuese, además, un funcionario municipal cuya autoridad se hacía evidente por el uniforme.

Fue como si una turba de caníbales me empujara hacia alguna playa pagana. Todos los que me rodeaban rugían de hambre. Pues en la poderosa Londres la miseria enloquece. En el campo apacigua. Mientras contemplaba la flaca y patibularia multitud, pensé en los ojos azules de la amable mujer de Coulter. Ahora mi guía blandía sobre su cabeza un objeto curvo, de acero muy reluciente (no era una espada, no sé lo que sería), que antes llevaba al cinto y amenazaba a las criaturas para que no cometieran violencia alguna contra el extranjero.

Mientras entrábamos lentamente como una cuña en la oscura bóveda, los aullidos de la masa reverberaban. Me pareció estar en el pozo de los condenados. Seguimos avanzando en la húmeda oscuridad y llegamos a una escalera de piedra que llevaba a un amplio pórtico; allí la pestífera turba se esparció a la luz del día entre paredes pintadas y bajo una cúpula pintada y me hizo pensar en el anárquico saqueo de Versalles.

Un rato más y me encontré en el famoso Ayuntamiento rodeado de mendigos.

Allí mismo, donde estaba aquella chusma harapienta, no hacía ni doce horas que se habían sentado su Majestad Imperial Alejandro de Rusia; Su Majestad Real Federico Guillermo, rey de Prusia; su Alteza Real Jorge, príncipe regente de Inglaterra; su Gracia el duque de Wellington de mundial renombre; con una multitud de aristócratas formada por victoriosos mariscales de campo, barones, condes e innumerables nobles más.

Las paredes iban y venían, como el follaje de un bosque, adornadas con los estandartes y los blasones de los conquistadores. No se veía nada fuera del salón. Ninguna ventana estaba a menos de siete metros del suelo. Privado de cualquier otra vista, me rodeaba un espectáculo espléndido…, quiero decir espléndido a menos que uno bajara la vista. Aquello era tan sórdido como un tabuco…, como una perrera; los tablones desnudos del suelo estaban cubiertos con los fragmentos más pequeños y dispendiosos del banquete, mientras que en dos sucias, desnudas y gastadas mesas de pino alineadas a lo largo del muro se amontonaban los restos menos pisoteados. Los estandartes pintados eran apropiados para los reyes de anoche; a los mendigos de hoy les bastaba con el suelo. Los pendones miraban hacia abajo como Epulón a Lázaro desde su balcón. Una hilera de hombres de librea mantenía a distancia con sus varas a la impaciente muchedumbre, que, de otro modo, habría convertido la caridad en pillaje. Otro cuerpo de funcionarios con librea y dorados distribuía los trozos de carne, las frías viandas y las migajas de los reyes. Uno tras otro, los mendigos iban mostrando sus sucios billetes azules y conseguían a cambio la saqueada carcasa de un faisán, o el borde de un pastel —como las alas de un sombrero viejo—, del que habían desaparecido las carnes y lo más sustancioso.

—¡Qué caridad tan noble! —susurró mi guía—. Vea el pastel que ha cogido aquella chica pálida; me atrevería a decir que el emperador de Rusia comió de él anoche.

—Es muy probable —murmuré yo —; da la impresión de que algún emperador omnívoro le hubiera echado el diente a ese pastel.

—Y vea también aquel faisán, allí, ese…, ahora lo tiene el chico de la camisa rota…, ¡mire! El príncipe regente podría haber cenado de él.

Las dos pechugas habían sido arrancadas sin piedad, dejando al descubierto los huesos desnudos embellecidos con los alones y los muslos intactos.

—¡Sí, quién sabe! —dijo mi guía—. Su Alteza Real el príncipe regente podría haber comido de ese mismo faisán.

—No lo dudo —murmuré yo—, se dice que le encantan las pechugas. Pero ¿dónde está la cabeza de Napoleón en bandeja? Pensé que ese sería el plato principal.

—Es usted un bromista. Señor, hasta los cosacos son caritativos en este Ayuntamiento. ¡Mire!, el famoso Platov, el atamán en persona (estuvo aquí anoche con los demás), sin duda clavó una lanza en aquel grasiento pastel de cerdo de allí. ¡Mire!, se lo ha quedado el viejo sin camisa. ¡Cómo lame la carne sin pensar siquiera en agradecérselo al buen y amable cosaco que se lo dejó! ¡Ah!, se lo ha quitado otro…, uno más fuerte. Se cae; ¡bendita sea mi alma!, el plato está vacío…, no han dejado más que un trozo de la  corteza.

—Los cosacos, amigo mío, tienen fama de ser muy aficionados a la grasa —observé yo—. El atamán no fue tan caritativo como se piensa.

—Pese a todo es una noble obra de caridad. Mire, incluso Gog y Magog, al otro extremo del salón, demuestran con sus risotadas el deleite que les produce la escena.

—Pero ¿no cree usted —sugerí yo— que quienquiera que fuera el escultor cinceló una sonrisa algo exagerada, una especie de risa sardónica?

—Bueno, eso depende de cómo se mire, señor. Pero vea…, me apostaría una guinea a que la esposa del Lord Mayor metió su cucharilla de oro en esa gelatina dorada. Mire, el viejo de ojos gelatinosos se la ha tragado de un bocado.

—¡Que descanse en paz la gelatina!—suspiré yo.

—¡Qué caridad tan noble, generosa y magnánima! Inconcebible en cualquier país que no sea Inglaterra, que alimenta a sus mendigos con gelatina dorada.

—Pero no tres veces al día, amigo mío. ¿Y de verdad cree que la gelatina es la mejor ayuda que puede dársele a un mendigo? ¿No sería mejor un poco de ternera y de pan y un trabajo y un sueldo?

—Aquí nadie comió pan con ternera. Los emperadores y los príncipes regentes, y los reyes, y los mariscales de campo no suelen comer pan con ternera. Así que las sobras están acordes con eso. Dígame, ¿acaso es de esperar que las migajas de los reyes se parezcan a las migajas de las ardillas?

¡Tú! ¡Te digo a ti!, hazte a un lado, o sírvete y vete. Toma, coge este pastel, y da gracias de poder comer del mismo plato que su Gracia la duquesa de Devonshire. ¿Me oyes, ganapán desgraciado?

Aquellas palabras me las gritó en mitad del estrépito un funcionario de librea roja que estaba cerca de la mesa.

—No se referirá a mí —le dije a mi guía—; no me habrá confundido con los otros.

—Dime con quién andas y te diré quién eres —sonrió mi guía—. ¡Mire!, no solo tiene el sombrero torcido y abollado, sino que su abrigo está sucio y arrugado. ¡No! —le gritó al de la librea —, este es un desdichado amigo mío; un simple espectador, te lo aseguro.

—¡Ah!, ¿eres tú, muchacho? — respondió el de la librea en tono familiar al reconocer a mi guía, que parecía ser un buen amigo suyo—; pues saca a tu amigo de aquí. Cuidado con la gran explosión; ya no falta mucho; ¡oíd!, ¡ahora!, ¡llévatelo!

Demasiado tarde. Habían asaltado el último plato. La insaciada masa soltó un fiero rugido, que hizo ondear los pendones como una ráfaga de viento, y llenó el aire de un olor a cloaca. Se volvieron contra las mesas, sobrepasaron todas las barreras y se desbordaron por el salón; sus brazos desnudos parecían las cuadernas rotas de un pecio. Me dio la impresión de que les poseía una súbita e impotente furia envidiosa. Esa media hora de contemplación de las sobras de los banquetes de los reyes; los insatisfactorios bocados de pasteles destripados, faisanes devastados y gelatinas a medio saquear habían servido para recordarles el intrínseco desprecio de las limosnas. En ese súbito arrebato, o lo que quiera que fuese que les poseyera, aquellos Lázaros parecían dispuestos a vomitar con arrepentido desprecio las humillantes migajas de Epulón.

—¡Por aquí, por aquí! ¡Péguese a mí como una garrapata! —susurró intensamente mi guía—. Mi amigo ha respondido a mi señal y nos ha abierto una puerta privada. Pase, pase, rápido, tome su sombrero, no se preocupe por los faldones del abrigo, golpee a ese hombre, ¡sacúdale! ¡Espere! ¡Ahora, ahora! ¡Corra, por su vida! ¡Ja!, aquí se respira mejor; ¡gracias a Dios! No se desmaye. ¡Eh!

—No se preocupe. El aire fresco me reanimará.

Inhalé un par de bocanadas más y me sentí dispuesto a seguir.

—Y ahora, amigo mío, lléveme por algún camino directo a Cheapside. Debo volver a casa.

—Pero no por la calle. Mire su ropa. Tendré que conseguirle un coche.

—Sí, supongo que sí —dije contemplando penosamente mis harapos, y mirando después con envidia la ajustada chaqueta y la gorra plana de mi guía que habían resistido todos los empujones y desgarrones.

—Vamos, señor —dijo aquel buen hombre, al parar el coche y meterme a mí y a mis harapos en él—, cuando vuelva a su país, podrá decir que ha asistido a la más noble de las obras de beneficencia de toda Inglaterra. Por supuesto, tendrá que disculpar los inevitables empujones. Adiós. Cuidado, Jehú —dijo dirigiéndose al cochero en el pescante—, llevas ahí a un caballero. Acaba de salir de la beneficencia del Ayuntamiento, de ahí su aspecto. Ve ahora. Recuerda, la dirección es London Tavern, Fleet Street.

—Bueno, espero que la misericordia del Cielo me libre de la noble caridad de Londres —suspiré aquella noche mientras yacía magullado y machacado en la cama— y que el Cielo me libre tanto del «pudín del pobre» como de las «migajas del rico».

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s