Lo que deja la lluvia en vos

Sergio Fregossi

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Eres lo que deja la lluvia en vos, un cuerpo pequeño y gracioso,  un trasto lívido, que contagia ganas de volar viéndole saltar bajo el agua.

Eres tus hombros al desnudo, tersos y fríos, con pequeñas manchitas de rubí, como salpicaduras de pimiento;  eres la piel salpicada de tus hombros mojados. Te veo correr en medio de la calle, y siento posible perseguir todos los sueños perdidos del hombre, que también son mis sueños; corro tras de ti, de vos, me dejo llevar bajo el agua, y el viento, y el cielo gris. Tras de ti.

Si acaso toda mi vida fuera tan sólo un instante, sería correr con vos bajo la lluvia, mi destino inexplicable. Porque quizás, no hubo nunca otra cosa por hacer en este mundo; y nada más verte mojada correr, entonces, lo va siendo todo.

Eres lo que le quitas a la lluvia, un cuerpo desnudo secando despacio junto al fuego. Eres tus hombros encendidos en el resplandor de una hoguera. Eres el perfume de la leña encendida, el aroma del café humeante en tus manos, eres el aire cálido que suspende los olores de una habitación al resguardo de la lluvia. Soy un testigo pasajero de la belleza del mundo. Soy quien contempla en silencio, y ve llover por la ventana. Afuera el agua arrastra barro, y piedras, y arrastra indefectible al tiempo. Eres quien suspende el tiempo, quien gana a la lluvia. Soy quien nada pierde.

Eres quien escribe mientras llueve, un cuerpo doliente y menudo, encorvado sobre una máquina ruidosa. Eres tus hombros timbrando al compás de un pulso metálico. Eres la máquina que sustenta palabras, un mecanismo anacrónico olvidado del mundo. Eres toda la belleza del mundo. Soy quien llueve en silencio.

Eres la calma que deja la tormenta. Las calles mojadas, y los árboles verdeando bajo los primeros rayos, todavía tímidos, del sol asomando entre las nubes. Afuera el viento arrastra las últimas palabras del agua.

Eres la máquina que reposa, la tinta fresca en el papel arrugado. Eres tus hombros encallados entre los pliegues de las sábanas blancas. Soy el sol que se cuela entre los intersticios de la persiana, y  lento recorre las paredes de una habitación perfumada. Eres tu cuerpo sedado en el aroma dulzón de los jazmines florecidos del patio.

Eres el territorio desplazado del lenguaje. Soy quien pretende nombrarte.

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