Bajo un salar de Nevada

Francisco José Segovia Ramos

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Cuando iniciaron las pruebas de bombardeos aéreos sobre el salar de Groom Lake, en Nevada, ignoraban que descubrirían algo que no esperaban: bajo los cráteres abiertos por las bombas se atisbaron túneles que llevaban al interior de la tierra. Túneles largos y profundos, que no parecían ser obra de la naturaleza.

Después de una larga preparación bajo el mayor de los secretos, un grupo de científicos y militares descendió por el túnel que se consideró el principal. Llevaban consigo cámaras e instrumentos de medición. No sabían qué se iban a encontrar, pero los sensores indicaban que había “algo” allí dentro.

Al segundo día de exploración se produjeron las primeras interferencias. Al tercer día, se perdió todo contacto. Mientras se preparaba un equipo de rescate los escáneres advirtieron que un grupo importante se movía en dirección a la salida del túnel: era el equipo, que volvía a casa. Cuando llegaron dijeron que habían encontrado unas extrañas ruinas subterráneas, y artefactos de uso desconocido, pero nada realmente alarmante.

Semanas después el mundo era un caos de violencia y muerte. Los científicos y militares habían traído de vuelta consigo un extraño y mortal virus, que transformaba a los seres humanos en bestias irracionales ahítas de sangre.

Por supuesto, nadie tuvo la oportunidad –ni la osadía- de introducirse otra vez en los túneles para saber cuál era el origen del mal, y de dónde provenía.

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