No soy así, no soy así

Kjell Adkilssen

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Estaba bajando por la escalera de un bloque de cinco plantas al este de la ciudad; acababa de hacer una visita a mi hermana y no había sido una visita agradable, pues ella tenía muchos problemas, la mayor parte imaginarios, lo que no mejoraba en modo alguno la situación. Nunca la he querido mucho, ella nunca me ha tenido en tanta estima como debiera. Fui a hacerle una visita porque uno de sus problemas era más que real; se había caído y se había roto el fémur izquierdo.

Abandoné su casa con una mezcla de sentimientos: por un lado, me sentía aliviado de escapar, por otro, irritado porque mi hermana había conseguido hacerme prometer que volvería al día siguiente.

Como digo, estaba bajando por la escalera y, justo entre la tercera y la segunda planta, me topé con un hombre mayor sentado en medio de uno de los escalones, impidiéndome el paso. Había colocado una gran bolsa de la compra entre él y la barandilla, y como no me gusta bajar por las escaleras sin tener donde agarrarme, me detuve tras él. No parecía haberme oído, así que al cabo de unos segundos dije:

—¿Puedo ayudarle en algo?

Como no respondió ni se volvió, pensé que quizá fuera sordo o tuviera problemas de oído, así que repetí la pregunta, esta vez más alto.

—No gracias, no creo.

Me quedé perplejo, no por lo que me contestó, sino por su voz, que me resultaba familiar; era muy especial, grave y aguda a la vez, y muy expresiva. Además, contrastaba notablemente con su ropa desgastada, por no decir raída.

Como su voz me hizo creer que lo conocía, y en consecuencia, que él me conocía a mí, cedí a un capricho de vanidad. No quise pedirle que moviera la bolsa y mostrarle así lo debilucho que me había vuelto, de modo que solté la barandilla y sorteé al hombre por el otro lado. Me salió bien, pero cuando volví a agarrarme a la barandilla y me di la vuelta para mirarlo, descubrí que me había equivocado. Nunca había visto a ese hombre.

Es posible que pusiera cara de sorpresa, y como él no podía saber por qué y, además, tenía un aspecto aún más desastroso de frente que de espaldas y seguramente lo sabía y estaba acostumbrado a causar una impresión poco afortunada en los demás, tal vez por eso dijo, en parte con terquedad y en parte como disculpándose:

—Vivo aquí.

—Ah, sí.

—Lo que ocurre es que de repente me he sentido muy cansado.

En calidad de ex fotógrafo, tengo cierta experiencia con las caras y, contemplándolo, se me ocurrió pensar que su cara tampoco encajaba con su ropa raída, pero sí con su voz, que tenía una expresividad similar.

—¿Entonces no puedo ayudarlo en nada? —pregunté. Me sentí obligado a decirlo porque tenía la sensación de haberlo mirado demasiado.

—No, no, gracias de todos modos.

—Adiós.

Me marché sin preocuparme por ocultarle que me agarraba firmemente a la barandilla.

Al día siguiente volví a casa de mi hermana, pues se lo había prometido, y en lo que se refiere a cumplir promesas soy un poco anticuado, pero hacía un tiempo asqueroso y nevaba, de manera que me sentí tentado a llamar y decirle que no podía ir. Pero fui, y ella abrió la puerta y se quedó descansando sobre las muletas mientras me exigía que me limpiara la nieve de los zapatos antes de entrar. No quise. Dije que no tenía inconveniente en irme. Entonces ella se apartó de la puerta. Entré, colgué el abrigo y dejé el sombrero sobre el perchero. Mi hermana se adelantó cojeando y se sentó en un sillón. Yo me acomodé en el sofá. Dije que hacía mucho calor en su casa. No contestó. Luego dijo que se había fundido la bombilla de la cocina. No podía ayudarla, me mareo mucho con esas cosas. Cuando intenté explicarle lo mucho que me mareo, contestó que nadie se marea tanto, que no eran más que imaginaciones. Yo tenía muchas respuestas posibles a ese comentario, pero no contesté, de nada habría servido. Ella insistió, dijo que el mareo se producía por causas psíquicas y que en mi caso era debido a que nunca me había atrevido a responsabilizarme de nada. Me enojé y me levanté. Quería marcharme. Había cumplido mi promesa. Quería marcharme. Tal vez ella lo entendiera, lo más probable es que no, pero en cualquier caso, me pidió que fuera a la cocina a buscar la bandeja con el bizcocho, las tazas de café y el termo. No pude negarme. Llevé todo al salón y lo coloqué sobre la mesa que había entre los dos. Los trozos de bizcocho estaban untados con mantequilla de verdad, no con margarina. Vaya, dije en tono conciliador, y entonces mi hermana puso cara de satisfacción, lo cual me asombró. Dijo que lo había hecho ella, y yo dije sin mucha convicción que se notaba por el sabor. Pero las cosas como son: el bizcocho sabía bastante bien. No dijimos nada más en un buen rato. Me quedé mirando la nieve que azotaba el cristal de la ventana, y me pregunté qué placeres podría tener mi hermana en la vida, y cuando al cabo de un rato llegué a la conclusión de que ninguno, sentí la necesidad de decir algo amable; lo cierto es que me puse un poco sentimental, tal vez debido a la nieve que azotaba la ventana y al calor de la habitación, pero nunca llegué a hacerlo, porque justo cuando iba a abrir la boca me preguntó si quería jugar a los dados. Su pregunta sonó como la de un niño que está casi seguro de recibir un no por respuesta, y aunque a mí los juegos de dados no me aportan ningún placer, pues dejan demasiado al azar, su forma de preguntar hizo que me resultara imposible negarme, y además, no me apetecía salir al temporal de nieve. Dijo que la libreta de apuntar y los dados estaban en el escritorio; y encima del escritorio, en la pared, colgaba la familia, que fue una familia grande, y todos estaban colgados allí, vivos y muertos mezclados, bastante deprimente. Encontré la libreta y los dados y volví a la mesa. Empezamos a jugar. Por dos veces seguidas mi hermana lanzó los dados con tanta fuerza sobre la mesa que uno se cayó al suelo, y la segunda vez dio vueltas y vueltas hasta desaparecer debajo del sofá, de modo que tuve que ponerme de rodillas para cogerlo, y estando así, de rodillas, mi hermana me dijo que el trasero de mis pantalones estaba muy brillante del uso. Yo lo sabía, pero me irritó que hiciera ese comentario, porque nunca he tolerado que un parentesco del que no tengo ninguna culpa legalice la falta de tacto, y así se lo hice saber. Ay, perdona, dijo, en un tono sorprendentemente manso, tendría miedo de que yo dejara de jugar. No dije nada más, porque en ese momento me acordé del hombre andrajoso de la escalera. De camino a casa el día anterior había decidido preguntar a mi hermana sobre él, y ahora estaba a punto de hacerlo, pero recapacité, pues no quería darle a entender que asociaba a ese hombre con mi trasero raído. Así que le di el dado y seguimos jugando. Cuando me pareció que había transcurrido un tiempo prudencial, dije que me había encontrado en la escalera con un amable anciano que de alguna forma me había resultado familiar, ¿sabía quién era? Mi hermana ignoraba de quién podía tratarse, tendría que ser alguien que iba de visita. En la escalera sólo vivía un anciano y no era nada amable, era terrible, seguramente un indigente que había conseguido el piso a través de la Oficina de Servicios Sociales. Sí, sí, es él, dije. Ella me miró escandalizada, pero hice como si no me diera cuenta y pregunté si sabía cómo se llamaba. Larsen, contestó ofendida, o Jensen, algo muy corriente. Me burlé un poco de ella y dije que de acuerdo, que no era un gran apellido, pobre hombre. Qué malo eres, dijo. Sólo un poco, contesté, te toca a ti. Tiró, los dados estuvieron a punto de volver a caer al suelo. Me aseguró que ella no se creía superior a nadie, pero que yo estaba intentando jugar al buen samaritano con un vagabundo, y que eso no iba conmigo, pues si para mí era demasiado cambiar una bombilla, podía imaginarse lo que habría pasado si los pisos de mi portal se hubieran llenado de inquilinos necesitados de asistencia municipal. Me enfadé bastante, lo admito, sobre todo por lo de la bombilla, y estuve a punto de herirla profunda y expresamente, cuando de repente echó la cabeza hacia atrás y rompió a llorar. Lloraba con la boca y los ojos abiertos, un tremendo llanto que, así lo entendí, le salía de las mismísimas entrañas. Tal vez debería haberme acercado a ella y haberla consolado, haberle puesto la mano en el hombro o acariciado el pelo, pero el comentario sobre el buen samaritano me paralizó. Así que me quedé sentado, bastante desvalido, no sabía si la había visto llorar alguna vez, al menos no desde que éramos niños, no había llorado ni en el entierro de nuestra madre ni en el de nuestro padre, jamás la había asociado con el llorar, de manera que no entendía ese llanto que duró eternamente, tal vez no tanto tiempo, pero me pareció mucho, me sentía cada vez más perplejo, y al final tuve que preguntarle por qué lloraba, no para obtener una respuesta, no, no para obtener una respuesta, sino para que dejase de llorar y no sentirme tan perplejo. Y por fin, cuando había repetido la pregunta, no una, sino dos veces, contestó sollozando, en ese tono tan agudo que se suele quedar después de haber llorado: No soy así, no soy así. Luego dejó caer la cabeza hacia delante y se hizo el silencio. Pensé: Qué manera tan extraña de dormirse. Pero no dormía, estaba muerta.

En los días siguientes fui varias veces a su casa. Yo era el pariente más allegado y me tocó organizar el entierro y todo lo relativo a sus bienes y enseres. En una de mis primeras visitas, alcancé al hombre de la ropa raída subiendo por la escalera. Iba muy despacio y yo moderé mis pasos para no acercarme demasiado a su espalda, pero seguramente me había oído porque se detuvo, tal vez para dejarme pasar. Puso las dos manos sobre la barandilla y me miró.

—Ah, es usted —dijo, y sonó como si se sintiera aliviado.

—¿Se acuerda de mí? —pregunté.

—Por supuesto. ¿Vive usted aquí?

Me detuve tres escalones por debajo de él y le expliqué la situación. Me miró con una mirada tan alerta que pensé: Está disfrazado.

Tras concluir mi escueta explicación, el hombre expresó con pocas palabras su pésame, y luego dijo:

—Y yo sin saber que había muerto. Claro que la conocía. Era muy amable.

—Bueno, no exactamente amable — contesté—, eso tal vez sea una exageración.

—No, no, nada de eso, en una ocasión incluso me subió a casa una bolsa de la compra que pesaba mucho.

—No me diga —comenté sorprendido.

—Esas cosas se aprecian, ¿sabe usted? —Algo que en realidad debería ser una cosa natural.

—Bah, eso era hace mucho. Los tiempos cambian. Hay que poner el reloj en hora. Así uno no se lleva decepciones, quiero decir.

Me dirigió una breve sonrisa, luego se volvió y continuó subiendo. Yo lo seguía. Vivía justo debajo de mi hermana. En la puerta no había ninguna placa con su nombre. Nos despedimos, y no lo oí cerrar la puerta hasta que casi hubo llegado arriba.

Alrededor de una semana más tarde, me lo encontré en la calle. Yo iba otra vez al piso de mi hermana. Lo divisé a cierta distancia, venía derecho hacia mí, tenía una expresión hermética, no se percató de mi presencia hasta que me detuve delante de él y lo saludé. Por un instante pareció que lo hubiera pillado in fraganti, pero sólo por un instante, luego sonrió. Intercambiamos unas frases triviales, luego le pregunté, incitado por el hecho de que nos encontráramos delante de una cafetería, si quería tomar un café conmigo. Vaciló un momento, luego aceptó. El local era luminoso y grande, con muchas mesas blancas y redondas. No se quitó el abrigo, por eso yo tampoco me quité el mío. Removía lentamente el café con la cucharilla, aunque no se había puesto ni azúcar ni leche. Yo tenía dentro un montón de preguntas, pero no sabía qué decir. Entonces él preguntó de qué había muerto mi hermana. Era un buen tema. Los dos éramos, por así decirlo, firmes partidarios del paro cardiaco como causa de muerte. El único inconveniente de una muerte tan repentina, dijo bromeando, es que uno ha de tener sus bienes bajo control en todo momento para estar seguro de no dejar ninguno de sus secretos, por no decir inclinaciones, a la posteridad.

Contesté, en el mismo tono de broma, que ése era un pensamiento muy vanidoso. Él me miró entonces con una leve sonrisa que tal vez fuera irónica, y dijo:

—¿Acaso no se siente usted inclinado a atribuirme algo de vanidad?

—Oh, sí —contesté, un poco sorprendido.

—¿De modo que usted no juzga por las apariencias? —preguntó, todavía con esa media sonrisa que me resultaba difícil de interpretar. Le aseguré que en absoluto, no en su caso. Me miró interrogante, y comprendí que le había dicho demasiado y demasiado poco, y por eso añadí que había algo en él que me hacía pensar que iba disfrazado.

—¿Quiere decir —preguntó— que no soy quien parezco ser?

—No exactamente —contesté—, más bien que usted ha roto con su punto de partida, que, por así decirlo, se ha salido de su marco.

Fui torpe y también más indiscreto de lo que había pretendido, me sentí bastante mal, y el silencio que se hizo fue más que penoso. Por fin empecé a disculparme, pero él me hizo un gesto que me desarmó, parecía asustado, y dijo que no tenía que pedir disculpas por nada, al contrario, él era el que me había provocado, y, además, no me faltaba razón, pues años atrás su vida había dado un giro drástico, no es que se lamentara de ello, que no pensara eso, si alguien le preguntaba si su vida había cambiado para bien o para mal, tendría que contestar llanamente que no lo sabía, lo único que sabía es que había cambiado.

Después de pronunciar todas esas palabras que en el fondo no expresaban nada, calló. Esperaba que continuara, pero no dijo nada más, y como lo consideraba demasiado inteligente para decir tanto sin haber tenido algún propósito, llegué a la conclusión de que había sido su manera de cerrar el tema. Con razón o sin ella, tuve la sensación de que me había puesto en mi sitio, y no me esforcé mucho por iniciar una nueva conversación. Intercambiamos unas palabras bastante anodinas, él me agradeció la compañía y lamentó tener que irse. Fuera nos dimos la mano y nos fuimos cada uno por nuestro lado.

La siguiente vez que fui al piso de mi hermana había quedado allí con mi hermano menor. Lo veo muy de tarde en tarde y no lo lamento. Es asesor jurídico de algún ministerio y una persona muy autosuficiente. Llegó media hora más tarde que yo y veinte minutos después de la hora acordada; bien es verdad que se disculpó, pero con tanta indiferencia, que más bien parecía una ofensa. Me tragué la ofensa, y cuando hubo colgado el abrigo, le di una exhaustiva lista de todos los muebles y enseres. Le interesaba más bien lo último, sobre todo lo referente a joyas y cubertería de plata. Yo había colocado todo de un modo bastante práctico, sobre una mesa entre las ventanas del dormitorio, y cuando se lo mostré, se vio obligado a señalar que había sido un descuido por mi parte no haberlo colocado en un lugar más seguro. Debería haber caído en que un piso deshabitado constituye una gran tentación para los ladrones. No contesté, porque quería evitar en la medida de lo posible discutir con él. Fue al dormitorio, y yo a la cocina a poner agua para el café. A través de las paredes podía oírle abrir cajones y armarios, supuse que miraría debajo del colchón, yo también lo había hecho. Al rato, entró en la cocina y preguntó si nuestra hermana no había dejado más objetos personales, cartas y cosas así. Contesté que estaban en el escritorio. Volvió a salir de la cocina, y cuando entré en la habitación con el café, estaba sentado en medio de un montón bastante grande de cartas, leyendo. Yo también había leído gran parte de las cartas, las que habían sido escritas por mi madre. De hecho, había escondido una que contenía tres frases sobre mí. Le sugerí que se llevara las cartas para leerlas en casa. Le pareció bien y fui a la cocina a buscar una bolsa de plástico para meterlas. Estando allí, llamaron a la puerta. Oí que mi hermano iba a abrir. No me acordaba de dónde había dejado las bolsas y tardé en encontrarlas. Me topé con mi hermano en la puerta del salón, parecía, como poco, desconcertado, y dijo:

—Es para ti —no supe inmediatamente de qué podía tratarse, no hasta que me susurró—: ¿Lo conoces? —entonces comprendí a quién se refería, pero al mismo tiempo no entendía esa pregunta asombrada, casi aturdida, de mi hermano. Era él, estaba delante de la puerta, también parecía perplejo. Se disculpó, había oído pasos en el piso, pues vivía justo debajo, había pensado que era yo, yo solo, no tenía intención de molestar, sólo quería preguntar si me apetecía tomar un café con él cuando hubiera acabado, pero tal vez no fuera muy oportuno, puesto que no estaba solo. Le contesté que con mucho gusto, y pareció alegrarse. Volví a ocuparme de mi hermano, que estaba de pie en medio de la habitación, mirándome interrogante.

—¿Lo conoces? —preguntó.

—Claro que lo conozco —contesté.

—Vaya.

—Por favor, ahórrame tus prejuicios—le dije, un poco abatido, pero él prosiguió sin inmutarse:

—¿Vive en este bloque?

—Sí, vive en este bloque.

—Gabriel Grude Jensen.

—¿Tú también lo conoces? —le pregunté, perplejo.

—No, Dios me libre. Pero seguí el juicio.

—¿El juicio?

—Sí, el juicio. ¿No has dicho que lo conocías?

—No ha hablado mucho de su pasado.

—Es comprensible. Mató a su mujer Dios sabe hace cuántos años. Una historia muy fea. Dijo bastantes más cosas, estaba claro que disfrutaba con su papel de informante, pero cuando se rebajó a ironizar sobre mi llamada amistad con ese hombre, le dije que no tenía por costumbre preguntar a la gente si había matado a alguien, y que tampoco dejaría que la respuesta a esa pregunta decidiera si me gustaba o no.

Después de eso, hicimos lo que habíamos ido a hacer, y al cabo de una hora se marchó. Yo fregué las tazas, apagué las luces y cerré la puerta. Luego bajé al piso de abajo y llamé al timbre. El hombre me cogió el abrigo y me condujo al salón. De forma y tamaño era idéntico al de mi hermana, pero escasamente amueblado. En medio de la habitación había una mesa baja y ovalada, y a cada lado de la mesa, un sillón. Detrás de uno de ellos había una lámpara de pie con una pantalla oscura, la luz que emanaba apenas llegaba a iluminar las paredes desnudas. Toda la habitación parecía un escenario. Me invitó a sentarme, luego me ofreció una copa de coñac con el café; la acepté. Decidí ocultar lo que sabía sobre él. Llenó las copas y me preguntó qué me parecía su hogar. En parte por el tono de su voz, me sentí obligado a interpretar la pregunta como algo provocativa, de modo que contesté que, a mi entender, la impresión espartana que transmitía correspondería a su naturaleza o a su bolsillo. Dijo que eso era lo que él llamaría una respuesta diplomática, y luego añadió —con bastante incoherencia, en mi opinión— que en general no tenía nada en contra de la soledad. ¿De estar solo, quiere decir? Le pregunté. Sí, sí, eso era lo que quería decir. Pero después de la muerte de mi hermana todo se había vuelto muy silencioso, antes oía sus pasos, y de vez en cuando voces o ruidos en la cocina, en ese bloque se oía todo a través de las paredes, pero ahora no oía nada, a veces tenía la sensación de no existir, y eso le causaba una gran angustia. ¿También yo vivía solo? Le contesté que sí. ¿Angustia? le pregunté. Sí, sabe usted, cuando todo se vuelve imperiosamente vacío y uno necesita levantarse y andar, y, preferentemente, decir algo al aire, rodearse de sí mismo, por así decirlo, es lo único que sirve. Bebió un sorbo de la copa. Yo no sabía qué decir, lo mío no es hacer confidencias, y cuando otras personas me las hacen, me siento angustiado y avergonzado. ¿Le estoy molestando? preguntó. De ninguna manera, contesté, y probablemente sonó convincente, porque continuó hablando de su angustia. Me sentía cada vez más incómodo. Aunque no se le notaba, supuse que antes de que yo llegara había bebido bastante, ésa era la explicación más razonable de que ahora se mostrara tan diferente a la impresión que me había causado en nuestros anteriores encuentros. Y cuando, para colmo, empezó a hablar del amor, decidí dar por concluida la visita. En el mundo hay demasiado poco amor, dijo, deberíamos sentir más amor los unos por los otros. Fue muy penoso. ¿Quiénes son los unos y los otros? pregunté, y ¿qué es el amor? Sólo contestó a la primera parte de la pregunta. Todos, dijo. Me encogí de hombros, podría no haberlo hecho, pero sentí cierta necesidad de hacerme notar, y al fin y al cabo fue una reacción bastante suave. ¿No está usted de acuerdo? preguntó. Contesté que no lo estaba. Eso le pareció interesante, y quiso echarme más coñac. Lo rechacé cortésmente diciendo que lamentaba tener que irme. Tenía una cita. Pero no me levanté inmediatamente, no quise que me descubriera, además tenía un poco de mala conciencia, pues al fin y al cabo él no me había hecho nada, sólo hablar como un cura tonto. De modo que, con el fin de mostrarme amable y de que el silencio no se le hiciera tan angustioso, le dije que esperaba no tardar demasiado en encontrar un comprador para el piso de mi hermana. Ah, no será lo mismo, exclamó, y al mirarle interrogante, añadió: Sabe usted, su hermana mostraba conmigo una especie de bondad. No me diga, dije perplejo. Sí, contestó, y por eso… saber que eran sus pasos… Seguro que me entiende. Asentí y me levanté. Me quedé de pie, con la cara a la sombra de la pantalla oscura, asintiendo una y otra vez con la cabeza, como si entendiera todo, era una mímica que no desentonaba con ese cuarto que recordaba a un escenario; no me quedaba ni un pensamiento sensato en la cabeza. Le oí decir que había sido un placer hablar con alguien que lo entendía, un gran placer, no se encontraba a menudo a una persona así. Me sostuvo el abrigo, luego nos dimos la mano. Me marché, firmemente decidido a no volver a poner los pies en el piso de mi hermana.

 

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