El negro de Comacchio

Curzio Malaparte

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La ciudad de Comacchio, famosa por su laguna poblada de anguilas, y que parece estar metida hasta el cuello en el agua durante todos los días del año, es la única ciudad de la que Ferrara, la gran Ferrara, debe cuidarse en todo momento, sin descanso ni desmayo, si quiere seguir siendo de secano. Y decimos esto por cuanto ocurre que la gran ilusión de la referida Comacchio es la de ver, y cuanto antes mejor, convertida toda la región de Emilia en una inmensa laguna para poder «sembrar» así a su gusto —válganos la frase— más anguilas cada vez. Esta política, claro está, es totalmente opuesta a la que llevan los habitantes de Ferrara, quienes, si les dejaran, secarían todo el Adriático —y no digamos ya la gran laguna de Comacchio— para poder continuar, por tan dilatada zona, la siembra de sus vegetales. Todos los gobiernos y todos los poderes de Italia han visto siempre en Comacchio una auxiliar peligrosa de Venecia en esta cuestión de inundar zonas y más zonas, tan sólo por cariño al líquido elemento.

Entre las gentes de Comacchio y las de Ferrara no ha habido nunca —justicia es reconocerlo— ni un gran amor ni tan siquiera una buena política de vecindad. Pero ¿cree alguien que existe método de manera de aunar los intereses de dos pueblos, casi contiguos, cuando se da el hecho, como en el caso presente, de que uno es eminentemente agricultor y el otro, por contra, vive de la anguila?

Sólo hay un nexo, un lazo de unión, entre ambas buenas gentes: los de la parte de Ferrara son partidarios fervientes del salchichón, porque dicen, con buen acierto, que el tal salchichón abre las ganas de beber y prepara la boca para recibir el vino. Los de Comacchio, por su lado, pescan las anguilas y las engullen glotonamente como simple pretexto para poderlas ahogar en alguno de los buenos vinos que tanto abundan en toda Italia. A las anguilas les pasa algo parecido a lo que acaece con el arroz: que si bien nace en el agua, como mejor muere es en el vino.

Desde el año 1860 hasta nuestros días, la Sociedad ferrarense profertilidad de la zona de Comacchio continuó machaconamente explicando su proyecto de cómo había que desalojar tales zonas de sus actuales habitantes para poder liberar así tan feraces suelos del absurdo y antieconómico empleo que los malos habitantes de Comacchio le estaban dando. No había que dejar ni una sola anguila: el suelo, el bendito suelo, debía dedicarse a algo más serio que a servir de fondo a tan descomunal pecera. Los de la ciudad afectada, claro está, tampoco carecían de proyectos con respecto a la ciudad vecina. Así, si unos y otros hubieran podido llevar a efecto sus deseos, se hubiera podido andar en carroza por los suelos ya secos de Comacchio y, en contrapartida, los de Comacchio hubieran podido pasear en góndola por los ya inundados valles de Ferrara.

Pero la vida decidió, a despecho de unos y de otros, obrar por su propia cuenta, sin tomar en consideración los deseos de los de acá ni de los de allá. Estaba escrito el desarrollo de los acontecimientos.

En nuestra historia se produjo luego, en el año 1885 para ser más exactos, un nuevo capítulo que habría de venir a enconar más aún la inquina que los de este lado sentían por los de aquél y los de aquél, claro está, por los de éste.

Las cosas comenzaron con la llegada a Comacchio de un negro de Uganda, llamado Semba. Era éste alto y fuerte como un auténtico hércules: un boxeador nato, un luchador de magistral clase, un verdadero hijo de las selvas ecuatoriales. Cuando se reía, mostraba una amplia boca, llena de unos dientes blancos, blancos, pero fuertes, poderosos y temibles como los del león, rey de la selva: no hacía sino mover levemente su brazo y por aquí y por allá surgían unos músculos como maromas, rellenando toda su anatomía de nudos y de abultamientos; su pecho era fuerte y desarrollado como el de un titán; de su espalda podrían sacarse las de tres mortales del tipo medio; su vientre, musculado igualmente hasta el máximo, resonaba como un tambor cuando el negro lo golpeaba con la ancha palma de su fuerte mano. Sus ojos, que habitualmente tenían un aspecto más bien bovino, se convertían en dos simples líneas —pero dos líneas tremendamente inyectadas en sangre— cuando el titán africano montaba en cólera.

La primera bofetada con la que Semba obsequió a un pobre guardia que quería arrestarle, bajo pretexto de que éste asustaba con su aspecto a los niños y a las pobres mujeres embarazadas que circulaban por las calles, aquella bofetada, que aún es famosa en los anales de la villa, resonó como un auténtico cañonazo, como un descomunal golpe de gong, e hizo correr, ésta es la pura verdad, a todo el pueblo de Comacchio.

En aquella zona, y según los recuerdos de los más viejos, nunca se había visto un negro vivito y coleando. La gente, así, se emocionó bien pronto con aquella visita fuera de serie. Ante la bofetada que, para más detalles, hizo saltar al infeliz guardia sus buenos metros por el aire, los ciudadanos de la noble villa no supieron hacer más que dar gritos —aún no se sabe si de miedo o de admiración— y formar un círculo en torno al lugar del suceso, pero con una respetuosa distancia entre tal corro y el autor de la hazaña.

—¡Sujetadle fuerte! ¡Que no se escape! —gritaba el guardia desde el suelo, donde aún continuaba caído, y mientras se aplicaba ambas manos a un lado de la cara que comenzaba a hincharse a ojos vistas.

—¡Sujetadlo fuerte! ¡Atadlo! ¡Pero, cuidado, no os muerda! —seguía gritando el vigilante que, como se ve, había pasado ya de la acción a los consejos.

Parece obvio decir que nadie hacía demasiado caso de las recomendaciones del señor agente de la autoridad. ¿Quién tenía ganas de poner la mano encima a aquel Hércules negro y poderoso? Huelga la respuesta, claro.

El rumor y la expectación iban creciendo sin cesar. Corría ya la noticia de boca en boca y nuevas gentes venían, a cada minuto, para ver con sus propios ojos todo aquello, tan extraño, que estaba acaeciendo.

Los viejos dejaron sus puestos al sol; las mujeres abandonaron las comidas sobre el fogón; los niños venían en bandadas y hasta los hombres colgaron sus respectivos trabajos para no desperdiciar tan única ocasión.

Y, como ocurre siempre que se junta una buena multitud, y máxime si ésta está integrada por alegres gentes de raza latina, el tumulto tuvo pronto un aire alegre, como de romería. Los más chuscos comentarios se oían por doquier con respecto al irrespetuoso trato que había recibido el representante del orden público.

El negro, extrañado en un principio, no tardó en percibir la corriente de buen humor, de alegría y de juerga que se estaba creando entre aquellas buenas gentes. No era cosa de dejar pasar la ocasión, cuando se brindaba propicia. Y así, sin más ni más, comenzó a bailar una de sus danzas tradicionales, cantando al mismo tiempo con potentísima voz de bajo:

A na ngo tu ng’ande

chelecheteche

chelecheteche

a na ngo ku tu ng’ande.

Ante aquel espectáculo folklórico, ante aquel baile extraño, pero lleno de ritmo; ante aquella melodía rara y cadenciosa, los habitantes de la villa, amantes todos de la música y del ritmo, comenzaron a corear la canción: «¡Chelecheteche!». Cantaban ya a coro, todos a una. El negro, mientras tanto, proseguía con sus saltos y sus contorsiones, acompañándose ahora, a falta de su tam-tam acostumbrado, con fuertes golpes en el vientre, dados con la mano abierta, que resonaban marcando el ritmo de la danza. Avanzó hacia la multitud, que le abrió paso ya sin miedo alguno. Se situó luego detrás del guardia, que, habiendo recobrado ya su posición erecta, le hacía prudentes, pero conminatorios gestos para que le siguiera. Al ver que el negro obedecía, echó a andar calle abajo el guardia, la cabeza muy erguida, queriendo recobrar con su apostura algo de la dignidad perdida. Semba marchaba tras él, gesticulando y bailando su extraña danza: la multitud cerraba filas, marcando también la cadencia y coreando a pleno pulmón el estribillo.

El guardia, disimuladamente, se llevaba de vez en cuando la mano a la hinchazón de la cara. Para compensarlo, echaba furiosas miradas a diestro y siniestro, queriendo evitar así, suponemos, que alguien pudiera mofarse de él, al verle tan maltrecho. De rato en rato, volvía la cabeza hacia atrás para comprobar si el negro le seguía. Y, efectivamente, allá iba el negro, saltando, bailando y haciendo cabriolas, sin cesar ni por un instante su rítmica melopea. «¡Chelecheteche!», cantaban a coro los lugareños, que, realmente, se estaban corriendo una auténtica juerga con todo aquello.

Cuando llegaban ya, justamente, ante el cuartelillo de la policía, acertó a pasar por allí, cruzando justo ante el guardia y el prisionero, un pescador: en su brazo se veía un gran cesto y dentro de éste unas lustrosas y aún inquietas anguilas. Semba, al cruzar junto a él, y como quien no quiere la cosa, alargó una de sus enormes manazas, agarró fuertemente una escurridiza anguila y, sin dejar de bailar por eso, introdujo la cabeza del pescado —la cabeza y un buen trozo del cuerpo, claro— en su enorme bocaza. Era la viva estampa del auténtico devorador de serpientes. ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!… La multitud no salía de su asombro. Pero luego alguien, aún no sabemos quién, cogió otra de las anguilas del pescador y como atraídos por un imán, allá fueron todos los del pueblo, en una auténtica rebatiña: cogían las anguilas del pobre hombre —quien acabó lanzando el cesto, completamente lleno, por los aires— y las lanzaban luego sobre el negro, gritándole:

—¡Cógela, coge ésta también, diablo!

Semba, por su parte, hizo una rápida composición de lugar:

—¡Aquí, o me escapo pronto, o me como crudas todas las anguilas, o las anguilas y estas gentes me comen a mí!

Una vez pensado esto, y sin dudarlo más, se acercó al asustado guardia, le agarró por el cogote, y, levantándole en vilo, como a un muñeco, avanzó con él, a grandes y solemnes pasos, hacia el cuartelillo. Así fue cómo el negro Semba —¡oh paradojas de la vida!— acabó llevando a la cárcel al mismísimo representante de la autoridad en la noble villa de Comacchio.

Aquella noche, ninguno de los habitantes del lugar se preocupó demasiado de dormir. Faltaba tiempo para intercambiar noticias, para contar lo que uno sabía y escuchar las novedades que el otro le proporcionaba. Corrió así, de boca en boca, la historia del negro, sus aventuras, su procedencia de las verdes y misteriosas selvas del África, sus exploraciones, sus viajes y, sobre todo, su periplo final que le había conducido, desde el mismo corazón del África negra, hasta las plazas de Comacchio.

Resultaba así que, antes de pasar a ocupar una celda de la prevención, el buen negro había contado, con una oratoria llena de gestos y de manotazos, toda la historia de su vida: seguían diciendo las confidencias que no se trataba de un negro cualquiera: no era un negro escapado de un circo, ni tampoco uno de aquellos moros que a veces instalaban sus tenderetes para tratar de venderles piezas de marroquinería o perfumes más o menos exóticos y más o menos orientales. No. El negro aquel era alguien, era un personaje digno de respeto, aun cuando su presentación no hubiera sido demasiado diplomática. Era nada menos que un explorador negro, de gran renombre entre los suyos, y que había contribuido en gran modo a que allá, en sus remotas tierras de origen, se tuviesen ahora amplios conocimientos de las costumbres e incluso de la geografía de Europa.

La historia de aquel explorador negro que no trabajaba por cuenta y orden de la African Association ni de la Real Sociedad Geográfica de Londres, sino, precisamente, por la del rey de Uganda, no era menos interesante, ni mucho menos, que las respectivas de todos aquellos famosísimos exploradores blancos de los años ochocientos.

Dejando a un lado el color de su piel, Semba podía alinearse perfectamente en la fila del Mungo Parle, de Laing, de Denham, de Clopperton, de Richard Laudes, de Barth, etc.; su nombre, si bien desconocido para los europeos, gozaba de la más alta fama por todas las selvas ecuatoriales y de un renombre sólo equivalente al de Livingstone, Stanley, Speke, Grant, Beltrame, Andrés Debono, Giovanni Miani, Baker, Burton, Antonelli, Thomson, Ruspoli, Bottego y todos esos valerosos «pioneros» de la conquista africana. Era célebre ya desde bastantes años atrás, a causa de haber descubierto el curso superior del Nilo, del cual, por aquellas épocas, los negros de Uganda ignoraban aún su existencia.

El caso cierto es que un buen día Semba había tenido la feliz ocurrencia de emprender la descomunal hazaña de ir al descubrimiento de Europa, de aquel continente legendario que tanto despertaba la curiosidad y la envidia del pueblo africano.

Era ya muy frecuente en aquellas épocas la aparición en tales regiones africanas de exploradores blancos procedentes, por tanto, de las lejanas, ignotas y fabulosas tierras del norte. Semba, ante las ansiosas preguntas de los europeos, siempre había sonreído beatíficamente, pensando en los innumerables y arduos trabajos que tales gentes blancas se tomaban para descubrir montones de cosas que, si a él le hubiesen dejado, las hubiese ido señalando con el dedo sobre el mapa, puesto que conocía todos aquellos parajes tan bien como un niño conoce sus propios juguetes. Y, sin embargo, se entregaban los blancos a peligros sin cuento, a calamidades y fatigas, llevados de su sed inagotable de descubrir cosas que —digámoslo claro— estaban ya más que descubiertas por los pueblos africanos. Pero, por otro lado, él llegaba a veces a comprender un poquito todo aquello, puesto que en su alma tenía una gran plaza, un sitio de honor su orgullo de ser él, y nadie más que él, el auténtico descubridor de las fuentes del Nilo. Un día comenzó a pensar y a considerar seriamente que, remontando el Nilo, podría llegar hasta el lejano mar. Y una vez allí, cruzándolo, daría con sus huesos en las misteriosas playas de la desconocida Europa. Y como lo pensó lo hizo.

Partió de su natal Uganda en el otoño de 1883, atravesó luego Semba, con la sola compañía de dos amigos, en piragua unas veces y a pie las más, todo el inmenso territorio que separa la región de los grandes lagos ecuatoriales de las costas del mar Mediterráneo. Y llegaron así, una feliz mañana —tras haber pasado peligros sin cuento y fatigas cuya sola narración llenaría todo un volumen—, a la ciudad de Alejandría, a esa ciudad que, según las tradiciones de su patria chica, estaba situada en el fin del mundo, a la orilla de un tremendo mar poblado de monstruos.

Pero aquella empresa, que figuraba en buena ley entre las mejores de todas las realizadas sobre la tierra africana, no estaba aún completa ni mucho menos. Era preciso continuar la proeza, llevándola hasta su mismo final. Hasta el logro del objetivo deseado: que era, como ya se sabe, desvelar el misterio del continente blanco.

Semba no quiso arriesgar la vida de sus dos fieles compañeros. Les mandó, pues, iniciar el regreso, para poder anunciar así, a su vuelta a la tierra nativa, que el heroico explorador negro había llegado, como primera etapa, hasta la misma desembocadura del Nilo; que después de esto —habría de contarlo también— el aguerrido hércules pasaría a hacerse a la mar, en una simple piragua, para surcar las procelosas aguas del misterioso Mediterráneo. ¡La Europa ignota aguardaba ya su llegada!

Sin más temor que el lógico, y sin un titubeo, nuestro negro montó en su frágil piragua y, encomendándose a no sabemos quién, comenzó su aventura náutica. Frente a las costas de Siria, una fuerte tempestad agitó las aguas de los mares; la pobre piragua no fue lo bastante marinera para sortearla y ¡allá fue nuestro atribulado explorador! Un velero de la matrícula de Malta, contrabandista habitual de aquellas zonas, recogió al náufrago, quien ya creía a pies juntillas en aquellas historias de los feroces monstruos que poblaban tales mares.

La embarcación salvadora aproaba ya hacia tierra, cuando un fuerte viento y una mala maniobra trajeron como resultado que la chalana zozobrase sin más ni más, volviendo a sumergir a nuestro hombre en las frías aguas.

La pobre barquichuela quedó auténticamente desmantelada por la fuerza del mar: por allá iba un palo, por acá, flotando, los cuarteles de las escotillas… Todo aquel pedazo de mar se veía poblado de restos del naufragio. Finalmente, en un remolino, el Mediterráneo acabó por tragarse de una vez por todas la barca con todo su contrabando.

Por fortuna, la tierra no estaba demasiado lejos: allá, hacia el Norte, pudo Semba apreciar una playa baja, terminada en una punta de arena, que parecía estarle esperando, acogedora.

«Ésa —pensó el negro— debe ser Europa, sin la menor duda». Con alarde de facultades, nadó un buen rato, hasta poner sus pies sobre el suelo firme. Y entonces, al considerar los peligros que había dejado atrás y el buen fin de su aventura, una enorme alegría invadió a nuestro héroe. Fiel a las costumbres de su tribu, comenzó a cantar, a saltar y a bailar, manifestando así su excelente estado de ánimo al encontrarse ya, sano y salvo, sobre un suelo que le mantenía sin vaivenes. Y así, cantando, bailando y saltando avanzó poco a poco por la recién hallada Europa, hasta encontrarse, finalmente, en plena Plaza Mayor de la muy noble villa de Comacchio.

Tras una noche de insomnio por la emoción que les produjera tan insospechado acontecimiento, los habitantes de Comacchio se presentaron todos, como un solo hombre, ante la Prevención de la villa, cuando aún el sol casi no había acabado de levantarse sobre el horizonte. Se formó un enorme y apretado grupo ante la ventana de la celda. Todos, a voz en cuello, empezaron a gritar:

—¡Que salga! ¡Que se asome!

Pero entonces comenzó a circular entre las gentes un viento negro de presagio: decían las malas lenguas que habían trasladado al negro, al simpático negrazo, a la cárcel de Ferrara; se aseguraba que, de noche aún, habían venido los carabinieri de aquella odiada ciudad a llevarse al negro: al negro que era ya algo propio de los hombres de la laguna. La ira empezó a despertar dormidos rencores.

Los lugareños se hallaban amenazadores: las mujeres los animaban, y nadie sabe a ciencia cierta cómo ni en qué hubiera acabado todo aquello. Lo cierto es que la actitud de las gentes no auguraba nada bueno. Mas he aquí que el negro Semba, del brazo nada menos que del señor cura párroco, apareció en uno de los balcones del edificio. Estallaron los vivas como cohetes y el júbilo volvió a apoderarse de los honrados pescadores. El párroco, su párroco, les hizo saber, en una especie de improvisado discurso, que los ferrarenses estaban celosos a más no poder de aquella novedad, de aquel imprevisto que había caído en el pleno centro de Comacchio. Y su envidia y su rabia llegaron hasta tal punto que estaban tratando de llevarse al negro, de robarles a su negro, para meterlo de cabeza en el palacio de Ludovico el Moro. Pero ¡ah!, ¡no lo lograrían! Si ellos, que presumían tanto, tenían todo un palacio, los de Comacchio tenían ahora, por su buena estrella, un auténtico Ludovico. Lo cierto, seguía diciendo el cura, es que Semba había caído en Comacchio y los de Ferrara no tenían, pues, por qué meterse en tales asuntos. Y como quiera que Semba no había hecho mal a nadie, ni había en realidad ningún cargo contra él, ¡seamos todos felices, y a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga!

Un gran clamor y una salva de aplausos llegaron desde la plaza. El negro era suyo y el negro se quedaría con ellos. Era lo justo, y los de Comacchio sabían cómo defender la justicia si llegaba el caso. Semba, por tanto, fue puesto en libertad. Y al verse objeto de tantas atenciones, de tan cariñosa acogida, de tan simpático trato, pronto perdonó a la Europa en pleno. Incluso el guardia que quiso detenerle, y a quien él obsequiara con tan magnífica bofetada, se hallaba ya incluido en su perdón general. Mas una duda subsistía en su cabeza. Si los de Ferrara querían apartarle de aquella simpática gente, de aquellos magníficos anfitriones, ¡algo muy malo debía pasar en Ferrara! ¡Qué mala gente no habrían de ser los ferrarenses!

Semba pronto fraternizó con todos los habitantes. Comió cuanto quiso, bebió a su placer, cantó, bailó sus ya célebres «chelecheteche» e hizo, en dos palabras, las delicias de aquella gente que tanto se aburría de ordinario. Hacia el final de la tarde, Semba había sido ya solemnemente nombrado Capitán de los Pescadores, Gran Explorador de la Albufera de Comacchio, y hasta cincuenta títulos más, todos ellos igualmente rimbombantes.

En medio de aquella algarabía, Semba continuaba tranquilo. El enorme corpachón trasegaba el vino como si de agua se tratase; las anguilas las engullía una detrás de otra, como si fuesen simples piñones. ¡Caramba, en qué país maravilloso había caído! Extendía la mano y alguien, no sabía quién, colocaba en ella una jarra de aromático vino, acababa una anguila y le llegaban más, dos, tres, cuantas quisiera, a cubrir el puesto vacante. Todo era bueno, todos le agradaban… ¡Aquél era un auténtico Edén!

La gente se apiñaba y se apretujaba para verle comer y beber; las mujeres, riéndose a carcajadas, golpeaban su vientre por el solo gusto de oír cómo resonaba. Los chiquillos se acercaban a él y miraban, asustados, sus músculos. Y cuando el negro les cogía, muy suavemente, y los alzaba por encima de su cabeza, cual si fuesen simples plumas, ponían tales caras de miedo que el público estallaba en nuevas carcajadas. Entre bocado y bocado, entre trago y trago, Semba relataba por enésima vez su historia, y la acababa bebiendo siempre a la salud de aquellos marinos cuya barca había zozobrado tan a tiempo, permitiéndole a él llegar así a un país de maravilla. Luego se metía de nuevo en la boca la cabeza de una anguila; los espectadores abrían otra vez sus ojos como platos. Y el negrazo, poquito a poquito, se la iba tragando y devorando toda, de prisa, de prisa, como si fuera una máquina aspiradora. «¡Escúpela, escúpela!», le recomendaban. Pero él, tras un eructo feliz, acababa gritando: «¡Viva Comacchio!». Y como si tal fuera la consigna, comenzaba otra vez a circular el vino. Todos bebían en cantidades tales que parecía que querían ayudar ellos así, ingiriendo grandes cantidades de mosto, a la pesada digestión que el negro, a fuerza de engullir anguilas, habría de tener dentro de poco.

—Si toda Europa es así —pensaba en el ínterin Semba—, ¡que no me esperen más en Uganda!

En los días siguientes, y ya pasado el jolgorio, Semba se dedicó de lleno a ayudar a los hombres en sus tareas. Nadie como él hacía las cosas tan bien. Se metía desnudo en el agua, negro, gigantesco y hercúleo, y chapoteando de acá para allá, dando gritos y echando canciones al viento, iba con una larga pértiga apaleando las aguas, para, asustar así a las anguilas y obligarlas a dirigirse a los criadores. Parecía en tales ocasiones una mezcla de Neptuno y de Vulcano: un Hércules que hubiera elegido para vivir el reino de las olas.

El negro trabajaba de buena gana para todos, ayudaba a todos y allá donde él estaba era siempre el primero en acabar las pesadas tareas, el primero en hacer más cosas en menos tiempo. Todos le alababan y consideraban como una bendición del cielo que hubiera caído sobre la villa en pago a sus virtudes. Acabó ya por ser capitán, el guía nato. Tenía más fuerza, más agilidad, más poder que nadie. ¿Quién como él se atrevía a coger con la mano las culebras de agua sin demostrar miedo alguno? ¿Quién podía estar horas y horas desnudo, chapoteando por entre los cienos? ¿Quién podía quitar las enormes rocas que estorbaban, sin herniarse en la empresa? Todos querían a Semba, todos reclamaban a Semba y todos le estaban, al final, agradecidos por algo.

Cuando había ya pasado la época de las duras tareas, cuando llegó —como ocurre en todos los pueblos del mundo— la época de la holganza, de la tranquilidad, Semba no tenía más recurso que encerrarse con los demás en las tabernas, trasegando vino del Bosco y hablando, mientras tanto, mal de los de Ferrara. Fue entonces cuando en su corazón de intrépido aventurero se asentó la morriña: se despertó en él el afán de acción, de aventuras. Le pesaba demasiado aquella tranquilidad, aquél no hacer nada, aquel apoltronarse día tras día. Le volvió la sed de descubrimientos, la pasión por ver tierras inexploradas.

El viento de la aventura abría nuevos horizontes ante sus ojos que ya empezaban a cansarse de ver las mismas caras, las mismas costumbres, los mismos tragos de vino. Y sí, una tarde, tras haber trasegado abundantemente el rico caldo de la tierra, nuestro negro desertó de la villa que tan bien le había acogido, partiendo hacia lo desconocido, llevando como objetivo primero de su correría el descubrimiento de las fuentes o nacimiento del río que fluye a la inmensa laguna.

Durante algunos días nada se supo de él. «¡Ha muerto!», decían unos; «¡Ha huido!», se quejaban otros. Y no faltaba quien opinaba que eran los de Ferrara los que, simplemente, le habían raptado. Esta opinión ganó últimamente muchos adeptos entre el elemento pescador, que es tanto como decir entre todos los hombres útiles del pueblo. Armados con palos y con grandes y robustos remos, recorrían las calles, clamando justicia y venganza, y pidiendo la devolución del capitán negro de los hombres del lago. Como quiera que la falta de mutua simpatía era cosa secular entre ambos pueblos, como ya hemos dejado dicho, pronto todos los habitantes del valle se unieron a esta manifestación, gritando con acento desaforado: «¡A Ferrara! ¡Vayamos contra Ferrara!».

Y sólo Dios sabe cómo hubieran terminado las cosas. Pero en el momento crítico comenzó a correr una noticia por entre todos los exaltados. El negro, al parecer, había sido hallado, tumbado y despatarrado en el santísimo suelo, en una plaza de Módena, borracho a más no poder y repleto hasta el tope del rico vino italiano.

El regreso del negro fue apoteósico, triunfal. El pueblo de Comacchio pudo ya, por fin, dormir tranquilo aquella noche. Su negro, su héroe, había vuelto al redil. Mas lo cierto es que el vino había logrado apagar la sed de Semba, sí, pero la sed física; la sed de aventuras, de descubrimientos, quedaba íntegra en el interior del explorador africano. «O me dejáis partir por las buenas o me escapo y no vuelvo más», les decía luego el negro a los hombres de la laguna que se hacían los sordos. «¿Y si no hubiésemos llegado a tiempo de salvarte? ¿Y si llegas a caer en manos de los de Ferrara?», le respondían éstos. Pero ni aún así, ni tan siquiera con esta terrible amenaza, lograban frenarle. Finalmente, y en vista de que no les quedaba otra solución, consintieron en que partiera. Pero ya de hacerlo, fuerza era realizar las cosas en forma debida. Consecuentemente le proveyeron de una buena cantidad de anguilas, de una gran cantimplora llena de vino del Bosco, y por ende le aparejaron un pequeño bote a vela para que así nuestro Semba llevase a cabo la exploración marítima que ahora le andaba por las mientes. Luego, en cortejo, le acompañaron todos, hombres, mujeres y niños, hasta el mismísimo puerto Garibaldi. Cuando el arrojado y valiente negro pasó a bordo, todos, detrás de él, se metieron en el agua de la inmensa laguna, diciéndole adiós con las manos, y entonando a coro, a manera de despedida, el famoso «chelecheteche» que había popularizado el negro por todos aquellos contornos.

Tres semanas largas habían transcurrido cuando Semba, satisfecho de sus exploraciones por las costas vecinas, regresó más negro, más desnudo y más alto que nunca a sus tierras de la acogedora Comacchio.

Una vez en el pueblo, relató las mil hazañas realizadas. Y, por otra parte, hasta Comacchio llegaron los rumores de la admiración que por todas partes había despertado el negro en sus viajes. Para las buenas gentes de la tranquila Italia fue una auténtica sorpresa la presencia del negro. Éste, al llegar al otro lado de la laguna, a la orilla opuesta de aquélla en que se asienta Comacchio, fue forzado a echar pie a tierra y a recorrer así, como caballero andante, las regiones que se le ofrecían por delante. Júzguese el asombro de los campesinos al ver aparecer ante ellos, sin previo aviso, un enorme, descomunal y atlético negro que, por todo equipo y traje llevaba un morral bien lleno de anguilas a la espalda y una enorme cantimplora colgando a su lado.

Pero lo importante era que Semba estaba de nuevo en casa. ¡Ah! ¡Cuánto habían pensado en él los lugareños! ¡Qué de preocupaciones les daba a todos con sus andanzas, con su inquietud viajera!

«¡Ahora no te nos escaparás, más, Semba! ¡Esperamos que hayas ya quedado satisfecho para una buena temporada!», le decían sus amigos. Y para ayudarse en este empeño trataban de llenarle de vino a todas horas, suponiendo, con bastante fundamento, que el vino más hace tender al hombre hacia la molicie y la buena vida que no hacia la exploración de terrenos desconocidos.

Pero Semba, lo quisieran así los lugareños o no, había nacido especialmente predispuesto para un destino de libertad y de gloria. Y el día preciso de la Virgen de Agosto, entre las lágrimas y las quejas de todo el pueblo, partió de nuevo a la aventura, sin querer escuchar los sabios consejos con que los ancianos del pueblo le asesoraban. Iba, esta vez, al descubrimiento de las fuentes del río Reno.

Dicho y hecho. Comenzó, debidamente preparado y equipado, su descomunal caminata. Pasó Bolonia, puso proa a los Apeninos, entró después en el Valle de San Lucas y así, como el que no quiere la cosa, llegó a mediados de septiembre a las fuentes precisas, al mismísimo nacimiento de aquel gran Nilo de la región Emilia.

La fama de su nueva hazaña recorrió esta vez media Italia. Su nombre cruzaba de una punta a otra de la región, de boca en boca, adornado siempre con los más curiosos adjetivos.

—Recibió homenajes de asociaciones excursionistas, de los mozos de éste, de aquél y del otro pueblo. Le invitaban todos, se lo disputaban todos. O sea, que Semba, si hubiera sabido entender la vida, hubiese ya podido vivir en paz, en el justo disfrute de su fama, sin más preocupaciones que las de comer, beber, dormir, dejarse querer y, en dos palabras, darse una vida de príncipe.

Pero su destino era la inquietud perpetua. Ardía en deseos de descubrir nuevas tierras, de seguir a la inversa el curso de cuantos ríos se ponían a su alcance, de pisar las cimas de los montes que le circundaban, de adentrarse en lo más oscuro de los densos bosques…

Y a primeros de octubre, Semba dijo otra vez adiós al pintoresco pueblecito de Comacchio, partiendo esta vez dispuesto a llegar hasta las fuentes del Po. Semba, en su fuero interno, sentía francamente ocasionar tantos disgustos a aquellas plácidas gentes. Pero… ¡ah!, era su sino: había que apagar aquella sed viajera.

El Po, como es sabido, pasa a un tiro de piedra de la ciudad de Ferrara, de donde se deduce que no resulta demasiado raro el hecho de que algunos ferrarenses, más o menos locos, se dedicasen habitualmente a enredar con los diques que regulan por allá su curso.

Si esto lo hacían con mala idea o no, es cosa desconocida; más los desperfectos que frecuentemente ocasionaban son cosas comparables, verídicas y aún palpables.

Partió el negro, como decimos, pero—y esto es lo triste del caso— no regresó jamás. Al cabo de un mes, el pueblo de Comacchio se alzó ya en franco tumulto: se armaron los hombres de palos, picas, cuchillos y hoces, y estaban ya dispuestos a largarse a Ferrara para dar un escarmiento total a aquellas gentes que no les dejaban vivir su vida y que, sin la menor duda, les habían ahora robado a su hijo predilecto y adoptivo, el negro Semba. En el peor de los casos, había que ir a vengarle pasando a fuego la ciudad, si es que alguien había tocado un solo pelo de su cabeza. Súbitamente, un día de aquéllos se presentó en el pueblo, jadeante aún y sofocado por la carrera, uno de los hombres de Comacchio, uno precisamente que se ocupaba de rastrillar, día tras día, los cienos y lodos del Po. Con la voz aún sofocada, con el aliento aún cortado, pudo éste relatar al pueblo entero el trágico fin del héroe.

Semba, sin saberlo, se había adentrado por la zona en que se estaba saneando la cuenca del Po. Se metió así por aquel dédalo de canales de desagüe. Semba, nuestro bueno y querido Semba, desapareció una noche tenebrosa, una noche oscura como boca de lobo, chupado a traición, absorbido por una de aquellas feroces máquinas, por una de aquellas descomunales bombas que secaban zonas de los pantanos. El último y terrible grito del héroe provocó un coro de asustados relinchos de los potrillos salvajes de aquel contorno; un coro cuyo eco se extendió y propagó por toda la amplísima zona de las marismas, llegando luego hasta los bosques lejanos. Era un estruendo de asustados relinchos que llenaban el aire de la zona. Un trágico grito animal que se confundía así con los rumores del río. Se diría un final de tragedia griega: el llanto de los equinos y el llorar del río, confundidos en una sola voz: una voz que lloraba como dicen que otrora lo hiciera la corriente del Scamandro cuando rasgó los aires también el grito final, la postrer llamada de auxilio de Héctor, el mitológico domador de caballos.

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