Reloj de arena

Marcos Tabossi

first

 

Asfixiada por el gas… se quedó dormida, dice el portero cuando le señalo con el mentón dos camilleros llevando un bulto dentro de una bolsa. La ambulancia está en la puerta en doble fila y con las balizas encendidas. El hall del edificio es un desfiladero de gente que, en su mayoría, nunca vi en mi vida. Supongo que son vecinos míos pero sólo reconozco algunas caras. El muchacho del décimo A se acerca al portero y le pregunta quién es. Margarita, la del octavo A. El muchacho piensa y espera especificaciones. La embarazada, digo, y miro al portero que me confirma con un gesto. ¿Cómo fue? pregunto. No sé, alguna pérdida en el calefactor de la habitación, calculo. Estaba durmiendo con la puerta cerrada, dice Jaime y va hacia la puerta de vidrio a darles una mano a los camilleros que atascaron las ruedas.

Miro a los costados intentando identificar algún conocido que pueda ampliar la información. Nada. No conozco a nadie. Veo a la vieja del B pero no me acerco, no volví a hablarle desde la discusión en el pasillo. Hay gente llorando y otros que cuchichean con caras fruncidas. Todo es muy extraño. La mujer estaba de ocho meses. Me lo dijo ayer en el ascensor cuando notó mi mirada clavada en su panza. Hacía tiempo que no la cruzaba. Pienso en la frase de Jaime, se quedó dormida. ¿Ese fue su pecado? Entonces recuerdo lo de anoche, ¿casualidad? Subo y decido escribir, escribir todo. Por las dudas. Ayer me la crucé cuando bajé a comprar un poco más de whisky. No iba a ir, con la media botella de vino podía tirar hasta hoy, pero cuando decidí quedarme ya estaba llamando al ascensor. Evidentemente tenía que pasar, tenía que encontrarme con la chica que recién me entero, se llama Margarita, y que llevaba un crío hace ocho meses.

Anoche, después del whisky, me costó dormir. Emir, esta vez, no se acostó a mis pies. Lo llamé, pero no pasó el umbral de la puerta y desde allí me observaba. Intenté acariciarlo pero maulló y se trepó al ropero. Me acosté mirando la ventana. Esperé la aparición del hombre oscuro y me inquietó no verlo. Podría evitar pasar por esto cerrando las persianas por completo, pero algo me impide hacerlo. Tengo que dejarla entreabierta. Tengo que saber si el tipo sigue ahí.

Dormí unas horas hasta que una pesadilla me despertó:

Estoy perdido. Voy caminando por Santa Fé y al cruzar Coronel Díaz todo es bosque. Entro a un mundo de árboles con enormes copas y de troncos exageradamente anchos. Es de noche, no hay luna ni estrellas. El cielo son esas copas amenazantes y humo. Veo entre los intersticios del ramerío humo, humo negro. Siento el olor a quemado y supongo que parte del bosque se está prendiendo fuego. Después, una pequeña luz que cuelga de un cable ilumina la galería de una casa antigua en medio de la nada. O mejor dicho, en medio del bosque. Sin caminos, sin salida. Escucho una voz y me escondo tras un  árbol. Me acerco despacio. En la galería hay una mujer tirada, sus piernas están abiertas. A su lado hay una nena de unos seis, siete años, que canta y chapotea en el charco de sangre. Juega con la placenta, la patea. Después la tira para arriba y vuelve a agarrarla. Se mancha pero no le importa. Sus manitos, ensangrentadas, agarran al feto y lo mece. Le canta. Le canta y me mira. Me descubre. Me despierto.

Durante la mañana no recordaba el sueño. Ahora sí. ¿El poder del pensamiento? Escribo. Escribo para no pensar. El caudal de imágenes deberá esfumarse al tiempo que la tinta se derrama en esta hoja. Miro por la ventana. Hoy no voy a bañarme, no tengo fuerzas. El hombre oscuro no está. Todavía falta un rato y seguro aparece. Espero poder dormir. Hace veinte días que duermo a cuentagotas. Ese hombre no me deja en paz.

Abro la heladera y como la media milanesa que el lunes dejé en un platito. La como con la mano, parado, antes de cerrarla. Pongo la última cucharada del queso crema en un tarrito y lo coloco frente a los ojos de Emir. No sé qué le pasa a este bicho, retrocede y se ofende, como si le hubiese ofrecido veneno. Decido ir a acostarme, hoy no tomaré vino. Voy a la habitación y antes de encender la luz lo descubro. Piso nueve del edificio de enfrente. La luz nocturna contornea su cuerpo en la habitación oscura. Otra vez allí. Me está mirando. Sus manos contienen un objeto frente a su pecho, no sé qué es. Es muy delgado, debe medir cerca de un metro noventa porque su cabeza casi toca el dintel de la ventana, que estimo tendrá dos metros de altura. Prefiero quitarme la ropa y acostarme a oscuras antes de cerrar las persianas. Yo también quiero ver qué hace. Me acuesto de costado para no perderlo de vista. Me siento vulnerable, otra vez Emir rechaza mi invitación y sólo utiliza los pies de la cama para pegar el salto y subirse al ropero desde donde me mira en posición alerta, con las patas delanteras erguidas y las traseras flexionadas, listas para dar el salto y echarse a correr (o a atacar). Está tenso, como olfateando una amenaza.

Son las 06:20 hs. El hombre no está, Emir, en cambio, sigue mirándome como hace seis horas, velando mi sueño. Espero algún día poder ver la misteriosa sombra cuando se va (o cuando aparece). Hasta el momento sus apariciones son estáticas. Él me descubrió, estoy seguro. Sabe que lo vi todo y ahora me observa para amedrentarme, es una manera de vigilar mis movimientos. Estoy preso de sus ojos que no llego a distinguir. Pero no me levanté a escribir esto, se me vino en mente sin mi voluntad. Otra pesadilla acaba de despertarme y no quiero olvidarla:

Voy caminando con mucho abrigo. Hace frío, está nevando. A medida que cruzo las calles la temperatura va en aumento. Ya no hay nieve y se asoma un sol tibio. Me saco de a poco el abrigo. En una esquina pasa un colectivo a toda velocidad. Me quedo mirando el recorrido que hace y creo que chocará en cualquier momento. Cuando vuelvo la vista enfrente, tras la calle, veo un hombre en llamas quemándose vivo. Ya cansado de correr y pedir auxilio se arrodilla vencido y va a morir. Una nena baila alrededor y canta la canción de los bomberos. De repente se detiene, gira, y me descubre. Me despierto.  

Es la nena, la misma nena. Vuelvo a acostarme pero ya no duermo. Doy vueltas. Me levanto. Me lavo la cara y veo en el espejo un rostro desconocido. En el contestador tengo un mensaje de la farmacia; que me ponga al día con la deuda. Como unas galletitas húmedas que quedaron en el frasco, sin la tapa. Siento frío en el pecho. Traigo el resto de ginebra que quedó en la mesa de luz y tomo un sorbo. Recupero fuerzas para ir a trabajar. Será un día eterno, tantas horas en esa casilla y con la nena sobre el lomo.

Son las 20:34 hs. Ahora entiendo todo y no sé qué hacer. Escribo, es lo único que se me ocurre por el momento. No es el poder del pensamiento, es el poder de la venganza. Nada que no está destinado al olvido será olvidado. Esa nena me las quiere hacer pagar. Pero quiero ordenar mi pensamiento y escribir las cosas como sucedieron.

Retrocedo. Son las 19:34 hs. Llego del trabajo. No fue un buen día. Mi jefe me llamó la atención por ponerme quisquilloso con las autorizaciones a los auditores, que cómo no los dejé pasar, que si quiero perder el empleo. Claro que no. Hago mi trabajo. Los vi secretear en el auto como si tramaran algo, por eso no les levanté la barrera. Vuelvo pensando en no encontrarme con una tragedia en el hall del edificio. Nada. Por suerte no hay nadie, ni siquiera Jaime. Subo. Me preparo un mate después de sacarle el moho. Esa yerba debe tener unos cuantos días. Escucho la sirena que se acerca. Miro por la ventana de la cocina y la veo detenerse en la puerta del edificio. ¿Y ahora qué? Voy a buscar el apunte a la mesa de luz y leo el sueño de anoche. Espero una media hora y bajo. Jaime, desenfocado, me habla de maldiciones históricas y de reencarnaciones vengativas y que por las dudas llamará a un cura para bendecir cada departamento. Después retrocede y me dice que esta vez le tocó a Walter, el muchacho del décimo A, que se electrocutó en la ducha, murió quemado. No digo nada de mis sueños, pero Jaime sabe algo. Ésta vez le tocó a Walter, dijo, él sabe que hay un orden, un plan trazado, una serie.

Es la hora. El tipo debería estar allí. Voy a la habitación y sí, allí está, como cada día, riéndose de mí. Me molesta su quietud. ¿Hasta cuándo? tengo que hacer algo, matarlo o mudarme. Le hago señas pero no se inmuta. Quiero aclarar todo de una vez. Tengo que hablar con él, decirle que sí, que yo vi cómo acuchillaba a una nena sobre la cama hace unos veinte días, que él no tuvo la precaución de cerrar por completo la ventana y que no alcanzó con que apagara la luz, eran nítidas las siluetas de ambos y esa cuchilla hundiéndose en el corazón de la chiquita. Pero que se quedara tranquilo, que yo no había hecho ninguna denuncia y que no la haría. Sólo le pediría que dejara de vigilarme, que no me torturara más.

Necesito tomarme un whisky y algo para dormir. Me acuesto. El hombre mira. No cierro la persiana, al menos así sé que está ahí, de algún modo sé que lo tengo controlado, que hay una calle de por medio y que no vendrá a mi puerta. Los ojos de Emir, en cambio…

Son las 05:45 hs. Enciendo el televisor. Las pastillas ya no sirven cuando uno sabe que va a morir. Esta vez, en el sueño, un colectivo manejado por la nena me va a pisar. Yo corro pero no avanzo y el colectivo viene a toda velocidad. La nena maneja y la embarazada del octavo, el muchacho del décimo, mis dos padres y algunos tíos también fallecidos, son los pasajeros. Me despierto justo antes de que me pase por encima.

Hoy me toca a mí, por eso no pienso salir. Los sueños anteriores fueron avisos, esa mocosa quería que yo supiera, que viviera la desesperación de conocer con precisión mi fecha de partida. Esa es la peor tortura. Morir es una circunstancia previsible y natural, pero saber cuándo es ver derramar los últimos granos en el reloj de arena.

Llamo al trabajo y justifico licencia. No voy a pisar la calle. En la heladera sólo hay dos porciones de pizzas, media cebolla, tres huevos y varios aderezos en la puerta, dos platos con migas, una botella con agua, y media botella de Gancia. No importa, tengo el número del delivery del supermercado, haré un encargo por teléfono. No me vendrá mal quedarme en casa. Cuando venga el delivery lo haré subir hasta acá, no voy a bajar. Ella está esperando que dé un paso en falso para dar el zarpazo. Podría cortarse la cadena del ascensor y caer y morir aplastado, o resbalar por las escaleras y desnucarme, o agitarme en la bajada y morir de un paro cardíaco, o lo que sea.

Paso el día en el balcón tomando whisky y fumando. Tengo decidido enfrentar al hombre, esperar a que aparezca y llamarlo, hablar con él. Le haré señas para que cruce y venga, incluso asumiendo el riesgo de que quiera matarme. Necesito saber quién es la nena, que él me contacte con ella, pedirle explicaciones, que me deje en paz. Él la mató, no yo. El tipo no aparece, hoy no está. Es de noche y sigo en el balcón. No pienso en dormir, no voy a dormir. Seguiré acá, firme.

Tocan el timbre, del otro lado del portero una voz dice ser el delivery, que disculpara que ayer no había podido venir, pero cómo saberlo. No pienso arriesgarme, podría ser cualquier criminal mandado por esa nena, le digo que yo no pedí nada.

Tres días van que burlo a mi propia muerte. Algunos artilugios me ayudan a mantenerme despierto. No más sueños, no más muertes. Paso las noches mirando la ventana del noveno piso de enfrente. El hombre no ha vuelto a aparecer. En su plan me quiere dormido, si no no se explica su desaparición repentina. No le daré el gusto. No, al menos hasta confrontarlo. Durante el día tomo café, miro el canal de las noticias y camino cada vez que mi cuerpo pretende desvanecerse. Lo del café fue un golpe de suerte. Creo que ayer o anteayer tuve que acudir a la vecina porque no tenía más papel higiénico ni diarios. Con ella había discutido fuerte pero no tenía más remedio. No conozco a mucha gente acá, y menos el departamento donde viven. Además, quería saber si seguía viva o si tenía novedades de nuevas muertes. La vieja no abrió la puerta, estaba rara. Sólo sacó una mano con una bolsa con un kilo de café, yerba, algunas galletitas y un tupper con asado que tenía en su heladera, además del papel higiénico.

A veces me pica la barba. Casi caigo en el error de cortarla con la tijera. A tiempo me percaté del riesgo que eso conlleva, las armas las carga el diablo y mi mano quién sabe quién la maneja. Ahora miro la tijera que dejé sobre una mesita donde hay un portarretratos en el que estoy acariciando el vientre de esa asesina hija de mil putas. Un día la voy a matar… haber abortado así a mi hijita. No puedo sacarla de esa mesita. Ya me la voy a cruzar. Miro a cada rato pero nada, el tipo no aparece. Los rasgos de mi cara se van desdibujando cada vez que me la lavo. Tengo que hacerlo para evitar que mis ojos se cierren solos. Abro la canilla y dejo que corra el agua. Observo cómo el agua nace y muere en esos míseros centímetros que separan el pico de la canilla con la rejilla, donde desaparece. La vida de cada átomo que la conforma es intensa como la vida del hombre y se esfuma en partículas de segundos. Miro fuerte, quisiera dejar de pestañear, como Emir. No quiero tener ese defecto que apaga el mundo todo el tiempo. Quiero percibir cada átomo insignificante para que viva, al menos, en la retina de alguien, tan solo sea por un segundo en el mundo. Pero no puedo, se me escapa, cuando quiero detenerme ya no está, y en su lugar hay otro, otro átomo, que al querer atraparlo ya es tarde, un tercero ha ocupado ese lugar, y así…. Si pestañeo millones de átomos habrán muerto antes de existir, eso es trágico. No habrá ni un registro donde reclamar su existencia.

Corro todos los muebles que tienen puntas, los saco del paso. Desenchufo todo para no acabar como el muchacho del décimo. Otra vez de día, ¿sábado?, ¿domingo? Paso las tardes en el sillón. La mirada de Emir me aturde, me persigue, me dice tantas cosas a la vez que no puedo ponerlas en orden. Podemos estar días enteros mirándonos. Busco penetrar esos ojos, desglosar ese universo misterioso y descubrir lo que esconde. Pero cuando estoy a punto de lograrlo me transformo en un ápice más de su retina y pierdo la brújula. Siento puntadas en el estómago y mis ojos, a cada rato, insisten, pero no, no los dejo ceder, me ensarto el índice y el mayor cada vez que intentan cerrarse, grito un poco y listo, camino en el balcón y este tipo que no aparece, me quedo parado, alguien golpea mis piernas con insistencia, detrás de las rodillas, espera verme caer, y dormirme. No le voy a dar ese gusto, me apoyo en la pared para no caerme y respiro el aire del balcón. Tengo los labios resecos, pero no seré el culpable de que esos átomos mueran en mi boca, no esta vez. El aire que corre acá arriba, eso sí me desvela, me hace bien, es aire libre, puro, nada malo puede venir de él.

Estaba baldeando la vereda cuando cayó. Fue cerca de las siete de la mañana, andaba muy poca gente por la calle, casi nadie. Vi el momento del impacto. Estalló contra el cemento de la calle, mejor dicho, rebotó. Todavía puedo sentir el ruido crujiente de los huesos partirse como nueces. Después se ríen cuando hablo de las maldiciones. En quince días murieron tres inquilinos de forma trágica. Recién con la tercera muerte pude convencer al consorcio de traer un cura para exorcizar los hogares. En cuanto a su gato creo que se lo quedó la señora mayor del noveno B.

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