La orgía (I)

John Fante

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1

Se llamaba Frank Gagliano y no creía en Dios. Era el artesano más singular y sorprendente de la industria de la construcción, un albañil zurdo. Al igual que mi padre, Frank era de Torcella Peligna, un pueblo abrazado a un peñasco de los Abruzos. Magro como una araña, llevaba un gorro de piel y polainas durante todo el año, y tenía las piernas tan arqueadas que un perro podía pasar entre sus rodillas sin tocarlas.

Frank era el mejor amigo de mi padre; por lo general, pero no siempre. En cambio, fue siempre y sin excepción enemigo mortal de mi madre. Para la forma de pensar de mi madre, Frank Gagliano era un malvado discípulo del diablo cuya siniestra filosofía le helaba la sangre. Creía que el ateísmo era la condición más degradante del ser humano, después del espectáculo del cura que cuelga los hábitos.

Yo tenía diez años aquel verano de 1925 y estaba con Buck, mi fox terrier, en los peldaños del porche delantero de nuestra casa de Colorado cuando mi padre y Frank llegaron por Arapahoe Street. Mucho antes de verlos oí la voz estridente y metálica de Frank, tan fuerte y chirriante que los olmos parecieron temblar. Buck abrió un ojo, levantó las orejas y se puso a gruñir, pues sentía por Gagliano la misma aversión que mi madre, que, al oír su vozarrón, salió al porche con la escoba en alto. Con los verdes ojos llameantes de indignación, se plantó por encima de Buck y de mí como un ángel armado que guardara la tumba de Nuestro Señor.

Cuando Frank y mi padre entraron en el patio, a Buck se le erizaron los pelos del lomo como si fueran las púas de un puerco espín y gruñó enseñando los colmillos. Mi madre blandió la escoba.

—¡Quédate donde estás, Frank Gagliano! —ordenó—. No eres bien recibido en esta casa.

Frank y mi padre se detuvieron en seco.

—¿Quieres dejarlo ya? —dijo mi padre—. Este hombre es mi amigo. Se va a tomar unos vinos conmigo y lo que opine no es asunto tuyo. —Tiró del brazo de Gagliano—. Vamos, Frank. No le hagas caso. Ésta también es mi casa.

Pero Frank no se movió. Levantó la mano sonriendo con dulzura.

—Espera un momento —dijo—. Vamos a arreglar esto de una vez para siempre. Señora, puede que no le gusten mis creencias, pero ¿le he hecho algo alguna vez?

—¡Usted abomina de Dios! —respondió mi madre—. Y ningún hombre que abomine de Dios profanará la casa en la que vivo con mi esposo y mis hijos.

—Me ha entendido mal, señora —dijo Frank, tratando de ser razonable—. Yo no abomino de Dios. Sencillamente, no creo en él.

Mi madre ahogó una exclamación. Frank no podía haber dicho nada peor. Furiosa consigo misma por haber llegado a dirigirle la palabra, miró peligrosamente a mi padre.

—Échalo de aquí —advirtió—. Si entra, me voy. —Se cruzó de brazos, con la escoba entre ellos—. Elige. O él o yo.

El ultimátum hizo que Buck se incorporase con el lomo arqueado; en el interior de sus costillas retumbó un rugido salvaje. Los ojillos negros de Frank no perdían de vista al animal.

—Tampoco quiero tener problemas con tu perro —dijo.

Mi padre dirigió a mamá una mirada que no presagiaba nada bueno mientras ponía amistosamente una mano en el hombro de Frank.

—Te diré una cosa, Frank. Ve al cobertizo de las herramientas que hay detrás de la casa. Yo voy por el vino. Allí tomaremos unos tragos en paz.

—Por mí de acuerdo —dijo Frank. Miró a Buck—. ¿Y ese chucho sarnoso?

—No te molestará —dijo mi padre —. Es un farsante. Puro farol.

—¡No es verdad! —exclamé—. ¡Derrotaría a cualquiera!

Frank dio un paso al frente. Rápida como una muchacha, mi madre bajó los peldaños del porche y le impidió el paso. Buck se puso enseguida a su lado, gruñendo y goteando saliva.

—¡Largo de ahí, Buck! —ordenó mi padre. Se volvió hacia mí—. Aparta al chucho del camino.

Me levanté y fui a coger el collar de Buck. El perro se volvió con rapidez y me mordió tres dedos. No fue un mordisco sañudo, de los que arrancan la carne, sólo una forma canina de advertirme que me mantuviera al margen.

Grité y me chupé los dedos. Mi madre me sacó la mano de la boca e inspeccionó la dentellada de mis nudillos. No había desgarrado la piel.

—¡Mira lo que has hecho! —dijo mirando a Frank. Empuñó la escoba con furia, como si fuera una bayoneta—. ¡Sal de mi propiedad!

—¿Tu propiedad? —La voz de mi padre estaba traspasada de dolor.

Frank retrocedió hacia la calle.

—Olvídalo —dijo con desdén—. ¡Olvidémoslo todo! —Su voz resonó en los alrededores—. Sé cuándo no me quieren.

Se alejó dando zancadas por la acera, con Buck pisándole los talones, ladrándole a las polainas, mientras mi padre llamaba al perro en vano. De súbito, Frank Gagliano dio media vuelta y trató de darle una patada a Buck con el pie izquierdo, y aunque falló, Buck lanzó un aullido de pánico y se apartó corriendo hacia la calzada, desde donde siguió ladrando con furia mientras seguía a Frank a una distancia prudencial.

Mis padres estaban ya frente a frente. Era una de esas raras ocasiones en que mi madre conseguía imponer su voluntad en una crisis familiar. El ímpetu de su prohibición, el relampagueo de sus ojos, su decisión de no amilanarse ante los desprecios del marido obligaron a mi padre a ceder, indignado y desconcertado. Se dejó caer con cansancio en los escalones del porche, ocultó la cabeza entre las manos y empezó a oscilar como una mecedora.

—Dios mío, ayúdame —gruñó.

Mi madre pasó por su lado y entró en la casa, cerrando de un portazo. Mi padre metió la mano en el bolsillo de la camisa, sacó una colilla de puro y se la empotró en la boca. Mientras se registraba los bolsillos de los pantalones en busca de una cerilla, la puerta se abrió de par en par y salió mamá de nuevo, abrazando una botella de vino envuelta en paja. Reconocí la botella. Contenía agua bendita, bendecida especialmente para utilizarse en casa.

(Mi madre y mi abuela dependían del agua bendita para muchas cosas. Para rociar una habitación durante una enfermedad o cualquier dormitorio en el que los niños tuvieran pesadillas. Con ella rociaban el porche durante las tormentas. Pero la parte de la casa donde más se utilizaba era el desván, donde dos o tres veces al año oíamos pasos inexplicables).

Mi madre abrió la botella y bajó del porche hasta donde habían pisado los pies de Frank Gagliano. Se echó agua en la palma y regó la tierra con ella. Luego avanzó por el sendero, hacia la calle, echando agua como el agricultor esparce la simiente, para borrar del patio todo recuerdo de la presencia de Frank Gagliano. Mi padre estaba tan indignado que bajó la cabeza y cerró los ojos con fuerza, para no ver la escena. Pero cuando mamá regresaba hacia las escaleras del porche, la fulminó con la mirada. Sin perder un instante, mamá se llenó la mano de agua bendita y se la tiró a la cara.

2

Mi madre podía echar a Frank Gagliano de la casa, pero la asociación profesional de éste con mi padre era un hecho económico que ella tenía que aceptar. Fue el año en que mi padre, Gagliano y otro albañil llamado Luke construyeron con ladrillo el nuevo almacén de J. C. Penney en el centro de Boulder.

Yo también estaba en la cuadrilla de mi padre: era el aguador. Mi trabajo consistía en recorrer el andamio cada media hora con un cubo de agua fresca en el que había exprimido un limón. Los albañiles introducían una taza de estaño en el cubo, se enjuagaban la boca, escupían el agua al suelo y luego bebían.

Era un trabajo grandioso e importante para un niño, sobre todo porque la pared crecía y el andamio también. Cada vez que subía la escalera con el cubo en la mano se congregaban los mirones. A menudo veía a algún amigo abajo y lo saludaba agitando la mano con temeridad. Mi padre me dio una cartilla exactamente igual que la que tenían los peones y los albañiles, y yo firmaba al final de cada jornada. Un empleo perfecto, si no hubiera sido por la presencia de Frank Gagliano.

A mediodía tenía el honor de comer con los hombres en mi propia fiambrera, y los albañiles, los carpinteros y los electricistas me trataban como a uno más. Se hablaba de caza, pesca y béisbol, y me escuchaban siempre que hacía un comentario o formulaba una pregunta. Pero indefectiblemente, cuando la comida había terminado y los trabajadores buscaban el tabaco, Frank Gagliano se adueñaba de la conversación. Silencioso hasta entonces, solía echar un anzuelo como:

—¿Conocéis el chiste del obispo y los tres monaguillos?

Su voz metálica atraía la atención inmediatamente, pues a los hombres les gustaban sus chistes escabrosos. Luego hacía una discreta pausa, lo bastante duradera para que mi padre me mirara y me hiciese una seña con la cabeza, dando a entender que debía abandonar la escena para que Frank pudiera hablar con libertad, sin la inhibidora presencia de un niño inocente.

Pero yo me sentía más humillado que inocente mientras me alejaba, abominando de Frank Gagliano por rebajarme a la categoría de niño mientras los demás me trataban como a un hombre.

Me iba y me sentaba solo en el montón de arena o encima de los maderos, apretando los dientes y coincidiendo con mi madre en que la gente más vulgar y piojosa del mundo eran los ateos. Entonces estallaban las risas en el grupo de trabajadores, Frank acababa de contar el remate del chiste, y lo aborrecía de nuevo y me avergonzaba de ser tan joven.

De una forma u otra, Frank Gagliano se interponía siempre en mi camino. Como en el asunto de mi sueldo. Mi padre me pagaba tres centavos por hora, una cantidad apreciable y que parecía abultada cuando multiplicabas veinticuatro centavos por día y un dólar y veinte centavos por semana. Pero un día descubrí que los albañiles ganaban dos dólares a la hora, y me sentí súbitamente avergonzado de mi ridículo salario. Un aumento parecía de rigor, y subí la escalera del andamio donde mi padre y Frank Gagliano trabajaban hombro con hombro.

Le dije a mi padre que no me pagaba lo suficiente.

—Quiero un aumento de sueldo.

Inclinado sobre la pared, no dijo nada y puso dos o tres ladrillos más. Luego se irguió, se limpió el sudor de la cara y se echó hacia atrás el sombrero.

—¿Cuánto crees que mereces?

—Más de tres centavos la hora. ¡Jolín, tú ganas doscientos en una hora! No es justo.

Mi padre cogió argamasa con la paleta y la extendió por la parte superior de la pared.

—¿Qué sería justo entonces? ¿Cuánto quieres?

Antes de que pudiera contestar, Frank tiró la paleta en el caldero de argamasa y la clavó de punta.

—¿Puedo decir algo? —gritó.

—Adelante —dijo mi padre, algo sorprendido.

Frank me miró con cara de pocos amigos.

—Escucha, golfo. No es asunto mío, pero ¿quién coño te compra los zapatos?

Me quedé con la boca abierta y desconcertado.

—Mi padre.

—¿Y quién te alimenta y paga las facturas del médico y los cortes de pelo, y pone un techo sobre tu cabeza?

Tragué saliva y señalé a mi padre.

—Él.

—¡Y ahora quieres meterle la mano en el bolsillo y robarle como un ratero de tres al cuarto!

¿Meter la mano en su bolsillo? ¿Robarle? ¿Yo un ratero de tres al cuarto? Ni siquiera era capaz de imaginar cosas tan espantosas. Mi madre tenía razón sobre los ateos: eran despreciables, de la piel del diablo. Los ojos se me llenaron de lágrimas y sentí con impotencia que la ira crecía dentro de mí.

—¡Cállate! —dije—. ¡No eres más que un ateo sucio, podrido y asqueroso!

Frank se golpeó el muslo con la mano y estalló en carcajadas. Di media vuelta y corrí por el andamio, escalera abajo, más allá del montón de ladrillos, por encima de los sacos de cemento, hasta llegar al sótano, que era muy grande y olía a humedad.

Odiaba a Frank Gagliano con la misma intensidad que mi madre, con la misma intensidad que mi perro. Encaramado en un montón de cascotes, el odio me devoraba vivo mientras cogía ladrillos rotos y los tiraba contra la pared de hormigón recién construida.

Quería que Dios lo matara y lo llevara encogido de miedo hasta la sede del juicio, y lo señalara con dedo iracundo mientras lo condenaba a las profundidades del infierno. Esperaba que se cociera allí, en una gran caldera de aceite hirviendo, con el diablo bailando alegremente a su alrededor, agitando la cola roja mientras arponeaba a su víctima con un tridente.

Mi odio se agotó solo, el brazo me dolía de tirar cascotes y tenía los dedos raspados y escocidos. Me senté en el rincón y me crucé de brazos. Eso era. Estaba en huelga. El «ratero de tres al cuarto» ya no llevaría más agua a los albañiles. Que se enterasen de lo que era prescindir de mí.

Permanecí sentado durante una hora, hasta que el reloj del juzgado dio las doce. A través de las ventanas sin cristales vi a los albañiles reunirse en el cobertizo de herramientas y abrir las fiambreras.

Entonces apareció mi padre, buscándome en el umbral bañado por el sol. Me vio allí, al otro extremo del largo sótano y vino hacia mí, con pasos que retumbaban en el cavernoso espacio.

Se detuvo ante mí, bajó los ojos y preguntó:

—¿Estás bien?

Asentí con la cabeza y se puso en cuclillas.

—No hagas caso a Frank. Es sólo que le gusta hablar.

—¿No puedes despedirlo o algo así?

—Es un gran albañil, uno de los mejores.

—Es ateo. Trae mala suerte.

—Ahora hablas como tu madre.

Lo miré.

—¿Crees en Dios, papá?

—¿Qué tiene eso que ver?

—¿Crees que a Dios le gusta que contrates a alguien que no cree en él?

—Deja de hacer el tonto —dijo levantándose—. Todos los hombres quieren creer en Dios. ¿No lo sabes? Si no puede, no puede. Pero es asunto suyo.

En aquel momento se oyó la voz de Frank Gagliano.

—¿Estás ahí, Nick?

—Aquí —dijo mi padre.

Frank se acercó haciendo crujir los escombros con las botas. Apoyé la cara en las rodillas para no mirarle. El gesto irritó a mi padre.

—De pie —dijo.

Me levanté. Frank sonrió y extendió la mano.

—Siento haberte molestado, chico. —Su mano estaba suspendida entre nosotros, como un cangrejo de río—. A veces hablo demasiado. Es sin mala intención.

—Está bien —dije, estrechándole la mano.

Sonrió, me revolvió el pelo jugando y se volvió hacia mi padre.

—¿Le has dicho lo del aumento?

Papá sonrió.

—Te he subido el sueldo a veinticinco centavos al día.

La aritmética no era mi fuerte, pero veinticinco centavos al día sonaba a cantidad colosal.

—¡Jo, gracias, papá! —exclamé.

—Idea de Frank —dijo papá generosamente.

Miré a Gagliano y sonreí con gratitud y culpabilidad. Había juzgado mal a aquel hombre. Los ateos podían ser buena gente, después de todo.

—Muchas gracias, Frank.

—Olvídalo —dijo con aire burlón—. Lo que es justo, es justo. Como le dije a tu padre, has de cargar con un cubo de agua. La mejor que he probado en mi vida.

Nos echamos a reír y recorrimos el sótano en busca de las fiambreras. Los otros ya habían empezado a comer. Frank permaneció en silencio durante toda la hora de la comida, mientras los demás hablaban de béisbol y pesca. No coló ninguno de sus temas favoritos: las monjas, los curas, el papa, los monjes escandalosos que poblaban su estrambótico mundo.

Tras la comida me puse a calcular el aumento en dólares y centavos con una punta de lápiz y una tabla limpia. Por más vueltas que le di, la solución seguía siendo la misma: el aumento era exactamente de un centavo al día. En lugar de un dólar con veinte centavos a la semana, ahora ganaba un dólar con veinticinco. Había pedido un aumento y, gracias a Frank Gagliano, me lo habían concedido. Pero con aquel aumento no aseguraba mi futuro. La verdad saltaba a la vista. Frank Gagliano me había engañado. Me sentí tan insignificante y explotado como siempre.

3

El ayudante de mi padre era un negro que se llamaba Farley Vincent Blivins, alias Pat. El nombre completo aparecía impreso de este modo en las tarjetas de visita que repartía en el trabajo. Debajo del nombre ponía: EXPLOTACIONES MINERAS, y más abajo la dirección: LISTA DE CORREOS, BOULDER, COLORADO. Pero nadie le llamaba Farley, ni Vincent, ni Pat, ni siquiera Blivins. Todos le llamaban el Rápido.

Era un hombre alto, de patas de alambre y movimientos lentos que tenía la cansada gracia de una boa, y nunca se le veía sin la pipa en la boca. La verdad es que llevaba tantos años sujetando la pipa con sus largas quijadas de podenco que se le había formado un hueco redondo en la dentadura, por lo demás blanquísima e impecable.

Blivins el Rápido era ave solitaria. Se aislaba de los demás, en el trabajo y fuera de él. Llegaba una hora antes que los demás, para preparar la cal y la argamasa. Encima viajaba de acuerdo con la moda, pues llegaba con un vistoso Marmon amarillo con asientos de cuero rojo, ruedas de llanta blanquinegra y accesorios de cromo reluciente. El Marmon era una maravilla que llamaba la atención y atraía a los jóvenes como moscas. Éstos hacían las preguntas habituales: cuántos caballos, cuántas revoluciones por minuto, cuántos kilómetros por hora, cuánta gasolina consumía. El Rápido, todo el santo día delante de la obra de J. C. Penney, interceptaba y devolvía las preguntas con una voz suave y complacida, y cuando los chicos se iban, sacaba un pañuelo y limpiaba las huellas dactilares de la delicada superficie del coche.

Mi padre y los oficiales llegaban siempre con la ropa de faena, pero el Rápido no. Llegaba al volante con guantes negros de piel, traje a medida, camisa blanca, corbata y zapatos recién lustrados. Bajaba del Marmon, se metía bajo el brazo una cartera de cuero y se dirigía a zancadas al cobertizo de las herramientas, donde se ponía el mono.

A eso de las ocho ya había subido y bajado la escalera del andamio una docena de veces, acarreando con virtuoso equilibrio capazos de argamasa y ladrillos hasta la zona de trabajo de los albañiles. Siempre se anticipaba a sus necesidades y así sacaba tiempo para dedicarlo a sus explotaciones mineras.

Abría la cartera de piel, sacaba fajos de acciones de Bolsa y los extendía sobre un escritorio improvisado con una artesa vuelta del revés y apoyada en cuatro torres de ladrillos. Blivins el Rápido era un especulador nato. Compraba y vendía acciones de minas.

—No se gana dinero cargando capazos —me decía—. Es sólo una forma de matar el tiempo hasta que encuentre un filón.

Todos los días me daba cinco centavos por bajar a la estación y comprarle el Denver Post, recién llegado en el tren de Denver. Lo abría por la sección de economía, comprobaba el estado de las acciones que tenía allí mismo, sujetas con cascotes de ladrillo para que no se las llevara el viento. Había paquetes de papel barato, entre uno y diez centavos la acción, que se vendían en vales de cien, quinientas y mil.

El Rápido me había contagiado el interés por sus empresas. Entre las aromáticas nubecillas de Prince Albert que le salían de la pipa decía:

—Shasta Glory avanza. Hoy ha subido dos puntos. Acabo de ganar once pavos.

Los nombres de sus compañías me dejaban sin respiración. Miel Dorada, Locura de John, Chico de Colorado, Molly Maguire, Luna de Plata, Toque de Midas, Padrenuestro. Sus acciones subían y bajaban sin cesar, y algunas caían hasta el fondo, pasaban de medio centavo a un cuarto de centavo, hasta que desaparecían.

Pero Shasta Glory no; era un valor neurótico y rebelde que nunca estaba quieto, siempre se movía, arriba o abajo. Yo estaba tan pendiente de Shasta Glory que abría el Post por las páginas de economía nada más comprarlo en el quiosco de la estación. Si Shasta Glory había subido, salvaba corriendo las tres calles que había hasta el tajo y agitaba el periódico en el aire en cuanto veía al Rápido. Si habían bajado las cotizaciones, regresaba despacio y el Rápido se enteraba de los índices del mercado sin necesidad de mirar la lista de las acciones mineras. Tenía 20 000 acciones de Shasta Glory que le habían costado doscientos dólares, su mayor inversión. Cada vez que veía este nombre, Shasta Glory, temblaba al intuir la extraña fuerza de aquellos valores. El Rápido me había contado lo que era, una mina de oro de Wyoming que prometía mucho, como un gigante aprisionado en la tierra, tratando de liberarse.

Los demás se guiñaban el ojo y se reían de las compañías del Rápido. Pero éste, moviéndose con lentitud por el andamio con un capazo de mortero que le combaba la espalda, sonreía con buen humor cuando los oficiales le llamaban Rockefeller y le preguntaban cómo iban las cosas en el mundo de las finanzas. Si Frank Gagliano se quedaba sin mortero, gritaba desde el andamio:

—¡Eh, ricachón! ¿Qué pasa? ¿Te has jubilado?

Pero mi padre siempre trataba al Rápido con el respeto debido a un buen peón, no sólo porque le había ayudado lealmente durante diez años, sino también por la inquietante impresión de que el Rápido podía hacerse rico de repente y largarse, y no abundaban los buenos peones.

Papá, además, defendía al Rápido. Frank sostenía que la pasión de aquel ayudante por los valores mineros era la típica ludopatía de los negros.

—Haría mejor invirtiendo el dinero en algo que entienda, como jugar a los dados. ¿Qué hace un moreno invirtiendo en Bolsa? Está loco. —Frank abrió la fiambrera y la emprendió con un bocadillo de salami.

—A ti no te he visto conduciendo un Marmon —respondió mi padre—. Y mientras tú comes de una fiambrera, ¿dónde crees que está el Rápido? —Señaló Pearl Street con el dedo gordo—. En el Café Tuxedo, ahí es donde está, tomando sopa y el plato especial de la casa. Así que ¿quién está loco, él o tú?

4

Una tórrida mañana de agosto, al llegar al tajo, mi padre y yo nos encontramos con un silencio poco habitual que nos dejó intrigados. Faltaba algo en el ambiente. Con las antenas siempre sintonizadas con las crisis, mi padre se echó hacia atrás el sombrero y escuchó. El factor que echábamos de menos era el rugido de la hormigonera, que no se oía como de costumbre en el temprano aire matutino. Mi padre se acercó a la máquina salpicada de cemento y miró alrededor. Blivins el Rápido no estaba. Por primera vez en diez años había faltado al trabajo.

—Estará enfermo —dijo mi padre—. Seguro que es eso.

El reloj del juzgado dio las ocho y, con peón o sin él, Luke y Frank Gagliano se subieron al andamio para ocupar su sitio en la pared. Eran hombres de sindicato que cumplían con su obligación y tenían voluntad de trabajar. Si no había ladrillos que poner ni mortero con que adherirlos, no era problema suyo; seguían ganando dos dólares a la hora.

Con un gruñido de resignación, mi padre se hizo cargo de las funciones del Rápido y se puso a cribar arena. Trabajaba con furia, con un humor de perros. Frank y Luke miraban sin hacer nada desde el andamio y fumaban un cigarrillo. Empuñé una pala. Quería ayudar.

—Largo —dijo mi padre.

Se concentró en la hormigonera y enroscó una cuerda alrededor de la rueda de arranque. Pero el motor no funcionaba. Veinte veces enroscó la cuerda y puso la rueda en movimiento, pero el motor se ahogaba, se atragantaba y pataleaba como una mula que sólo obedeciera órdenes del Rápido. Forcejeó con ella durante casi media hora, le dio puntapiés, la insultó y la aporreó hasta que las manos se le llenaron de grasa y su furia quedó flotando en el aire como el hedor del azufre. Me fui asustado y me escondí detrás del montón de los ladrillos.

Pero mi padre no estaba enfadado con el Rápido, ni con los oficiales, ni siquiera con la hormigonera. Era a Dios Todopoderoso a quien echaba la culpa, a un Dios que a lo mejor estaba a un metro de allí, creándole dificultades y burlándose de él, extrayendo blasfemias guturales de su garganta.

Y cuando el motor arrancó, lanzando un chorro repentino y juguetón de alegre humo azul, la diabólica sonrisa que había en el rostro de mi padre no era de triunfo por haber vencido a la máquina, sino de desdén hacia el Supremo Ingeniero, por no haber conseguido engañarle una vez más para que se equivocara.

Pero la terrible prueba de aquella calurosa mañana de agosto no había hecho más que empezar. Tras llenar la hormigonera con los ingredientes del mortero, metió ladrillos en un capazo. Pero, ay, mi padre no era Blivins el Rápido, que era un hombre muy fuerte, alto, de huesos grandes y musculoso. Era bajo y chaparro, y su fuerza estaba en los brazos y las manos. Lo observé asustado mientras subía peligrosamente la escalera con el capazo de treinta ladrillos apoyado en el hombro, con el rostro amoratado, los ojos saliéndosele de las órbitas, las venas del cuello hinchadas como serpientes. Se detuvo temblando en mitad de la escalera y yo temblé con él, compadeciéndole, rezando por él, odiándome por tener sólo diez años y ser tan inútil.

Pero cualquiera habría sido un inútil, pues la determinación de mi padre equivalía a la fuerza de diez hombres. Se lo demostraría a Luke y a Frank o moriría en el empeño. Tras descargar los ladrillos, bajó, llenó el capacho de mortero y volvió a subir. Yo pensé: éste se muere. Incluso Gagliano le gritó que no hiciera el tonto y lo dejara para otro día.

—Por favor, ya está bien —supliqué—. ¡Te vas a hacer daño!

Hizo una mueca de dolor al apoyarse el capacho en el hombro ya magullado y se apartó de la escalera frotándose la parte dolorida. Me señaló unos sacos de cemento vacíos y me dijo que le llevara uno. Lo dobló varias veces para convertirlo en almohadilla y se lo puso sobre el hombro. Y cargó otra vez con el capacho.

—¡Así! —resopló—. Ya puedes doler todo lo que quieras. ¡A ver si me detienes ahora!

No hablaba conmigo, ni con los otros oficiales, ni consigo mismo. Hablaba con Dios. Subía la escalera tambaleándose, como el Salvador cargado con la cruz. En Pearl Street se había concentrado ya la gente para observar la escena con encarnizada fascinación; su presencia sólo sirvió para añadir más combustible a la tenacidad de mi padre, contento de demostrar que un asno era casi igual que una mula.

Fue una mañana larga, interminable para mi agotado progenitor. A la hora de comer se quedó dormido apoyado en el cobertizo de las herramientas, roncando como si ya fuera de noche y estuviera en su propia cama, con un bocadillo en la mano muerta.

Frank lo despertó a la una.

—Terminemos ya la jornada —dijo.

—¿Por qué? —Gruñó mi padre, levantándose con esfuerzo.

—Consigue otro ayudante o acabarás reventado.

—Mi ayudante es el Rápido. Tú sube a la pared y pon ladrillos.

Frank me miró.

—¿Quieres saber una cosa de tu viejo? Está como una cabra. —Luke y él subieron al andamio.

En voz muy baja dije:

—Frank tiene razón, papá. Si Dios quisiera que fueras ayudante de oficial, serías corpulento como el Rápido.

—Dios es un pringado, como todo el mundo —dijo, moviéndose hacia la hormigonera, con las piernas tan rígidas que cojeaba. Se quedó frente a la máquina como si le tuviera miedo. Luego enroscó la cuerda en la rueda de arranque. Levantando los ojos al cielo, imploró—: ¡Por favor, una vez!

Tiró de la cuerda. El motor tosió, explotó, emitió una serie de gruñidos y finalmente quedó en silencio.

Mientras volvía a enrollar la cuerda, el Marmon amarillo de Blivins el Rápido aparcó junto a la acera. Sentado junto al trajeado Rápido había un negro macizo vestido con mono de trabajo. Los dos hombres bajaron del coche y se dirigieron hacia mi padre. El Rápido se quitó los guantes.

—Llegas tarde —dijo mi padre.

—Ya no trabajo para ti —dijo el Rápido. Se volvió hacia su amigo, que era más alto y corpulento que él—. Éste es Terence Clipp. Está preparado y deseoso de ocupar mi puesto.

—¡Pasta! —gritó Frank Gagliano desde el andamio.

—Andando —dijo mi padre a Terence.

El gigante se acercó a la hormigonera y enroscó la cuerda en la rueda de arranque como un niño que jugara con una peonza. Le dio un tirón y el pequeño motor estalló con un rugido hambriento que pedía comida. Terence empuñó una pala y alimentó la boca giratoria y ávida con sus manjares favoritos: arena, agua, cemento y cal. Mi padre lo miraba con aire de aprobación.

—Buen hombre —dijo.

—Una roca —dijo el Rápido—. Tiene nueve hijos. No te abandonará, como yo.

—¿Qué ha pasado?

El Rápido me guiñó un ojo.

—Pregunta al muchacho.

De repente lo supe.

—¡Shasta Glory! —dije.

—Chico listo.

—¿Las acciones? —preguntó papá.

—Ayer bajaron a cuatro centavos —dije para darme importancia, sorprendiendo a mi padre con mis conocimientos.

—Las he vendido a cuarenta y tres hace una hora —dijo el Rápido sonriendo.

—¡Guau! —exclamé, y traté de multiplicar cuarenta y tres por 20 000, pero estuve tres horas haciendo números en las tablas hasta que di con el producto: el Rápido había ganado 8600 dólares.

—Tengo algo para ti —dijo el Rápido a mi padre.

—No me debes nada.

El Rápido se echó a reír.

—Quizá sea eso lo que tengo para ti.

Fue al coche y abrió la cartera de cuero. Sacó un documento doblado y se lo dio a mi padre. Perplejo, mi padre lo desdobló y leyó el contenido, incluso le dio la vuelta para mirar el reverso, que estaba en blanco.

—No me pidas que compre acciones—dijo, devolviéndole los papeles—. Soy pobre.

—No son acciones —dijo el Rápido, negándose a recogerlos—. Es la escritura de una mina.

—Una mina.

—Una mina de oro.

—¡Oro! —Mi padre lo dijo como si fuera una palabra sagrada, luego negó tristemente con la cabeza—. No puedo permitírmelo.

—¡Te la doy! —dijo el Rápido—. Está a tu nombre. Es tuya, gratis y libre de impuestos.

La sonrisa de mi padre se debatía entre las dudas, pues nadie le había dado nunca nada, mucho menos una mina de oro. Todo lo que poseía lo había ganado con el sudor de su frente. Sonrió al Rápido con suspicacia y le alargó el documento. El Rápido sonrió y no quiso aceptarlo. Los titubeos de mi padre me estaban sacando de quicio. Le habría dado un puntapié.

—¡Quédatela, papá!

—¿Dónde se encuentra esta mina?—preguntó.

—A veintiocho kilómetros, en Boulder Canyon. —El Rápido abrió el documento por una página en la que había un mapa y le enseñó la ubicación de la mina. Con aquella estatura que rebasaba a mi padre, puso una uña rosada en la parte inferior de la página—. ¿Ves esto de aquí? Es tu nombre. Eres el nuevo propietario.

—¡Válgame Dios, es verdad! —exclamó mi padre—. ¡Es mi nombre! —Complacido, le tendió la mano—. Muchísimas gracias. —El otro se la estrechó—. ¿Qué hay que hacer ahora?

—Cavar —dijo el Rápido—. Y seguir cavando, porque hay buena veta en ese agujero, y la única forma de encontrarla es con un pico y una pala. Y otra cosa que tienes que hacer es rezar. Rezas y cavas, pero tienes que cavar más que rezar, y dejar el resto a la vieja Barriga Amarilla.

—¿Barriga Amarilla?

—Así se llama.

Nos despedimos y el Rápido se fue en su coche. Detenidos en la acera, vimos que el Marmon doblaba a la izquierda, por la calle Doce.

—Buen tipo —dijo mi padre.

Se metió la mano en el bolsillo y sacó un puñado de cerillas, monedas, clavos y mondadientes. Introdujo los dedos en el montón de menudencias, pescó una moneda de cinco centavos y me la dio.

—Cómprate algo —dijo.

—¡Pasta! —gritó Frank Gagliano.

5

Mi padre tenía dos razones para hacer a Frank Gagliano socio de la operación Barriga Amarilla, y la primera era el transporte, ya que él no tenía coche, mientras que Frank tenía un Reo, un camión destartalado con neumáticos sólidos de caucho y transmisión de cadenas, lento pero seguro en los puertos de montaña.

Mi madre se subía por las paredes por la cuestión de la sociedad.

—¡El vehículo de un ateo! —dijo—. Preferiría ir andando.

—¿Crees que el camión tampoco cree en Dios?

—No es el camión. Es el hombre.

Explicó la segunda razón para haber formado la sociedad.

—Frank sabe de minas. Estuvo trabajando en Cripple Creek.

—Nunca encontrará oro —dijo mamá subrayando las palabras—. Tan seguro como que Dios creó el mundo, no permitirá que ese hombre lo encuentre. Aunque cave durante un millón de años.

Mi padre se deprimió al oír aquello.

—Esto me pasa por contarle mis problemas a una mujer —dijo.

A mediodía, en la obra, Frank y mi padre se alejaban de los otros para hablar en privado de sus planes. A mí me permitían asistir a estas conversaciones, con la condición de que escuchara y tuviese cerrada la boca.

Frank había investigado las posibilidades mineras en la zona de Barriga Amarilla y le parecían esperanzadoras.

—Allí también hay mucha plata —dijo—. Mantengamos los ojos abiertos.

—Pero nosotros buscamos oro —dijo papá.

—¿Vas a hacer la vista gorda si encuentras una veta de plata?

Mi padre sonrió y admitió que no distinguía un mineral del otro.

—Menos mal que me tienes de socio—dijo Frank—. Si estuvieras solo, acabarías encontrando el oro de los tontos, te lo digo yo.

Mi padre tuvo que admitir que tampoco sabía nada del oro de los tontos.

—Pirita —dijo Frank, sonriendo con aire de misterio—. Muchos hombres se han partido el pecho creyendo que la pirita era el mineral bueno. Vives y aprendes. Yo mismo me confundí un par de veces.

Hicieron planes para visitar la mina el domingo.

—¿Puedo ir yo? —pregunté.

Ninguno de los dos dijo nada, o sea que no. Frank apuró el vino que le quedaba en el termo.

—Hay una cosa que no me gusta de esa mina —dijo relamiéndose—. El nombre. Barriga Amarilla. No me gusta.

—¿Qué importancia tiene eso? —dijo papá, encogiéndose de hombros.

—Barriga Amarilla significa cobarde. Es un nombre gafe para una mina de oro.

—¿Qué te parece Bella Nápoles? —sugirió papá.

—Para un restaurante —dijo Frank.

Se quedaron en silencio, pensando nombres. Entonces me acordé de Shasta Glory.

—¿Y algo que tenga la palabra Shasta? —sugerí—. ¿Qué tal Shasta Victory?

—Para un caballo de carreras —gruñó Frank—. Perdí hasta la camisa por culpa de aquel carcamal.

Otra pausa. Ellos fumaban y meditaban.

—¿Qué tal Bella Roma? —dijo papá.

—Tienes Bella metido en los sesos—dijo Frank.

—Muy bien —dijo papá—. Dejémoslo tal como está, Barriga

Amarilla.

Frank se levantó al instante.

—Pues te buscas otro socio, porque yo no pienso trabajar en una mina que se llame así.

Papá se puso furioso.

—¡Pues ponle tú el nombre! ¡Llámala como te dé la gana!

Frank miró al vacío, muy lejos.

—La llamaremos Diablo Rojo — dijo—. Diablillo Rojo.

Mi padre quiso echarse atrás, pero ya se había comprometido.

—Está bien —dijo—. Ya está. Se llamará Diablo Rojo.

Frank cogió su fiambrera y fue al cobertizo de las herramientas.

—A mamá no le va a gustar —dije.

—¿Es que tienes que contárselo todo a tu madre?

Prometí que no le diría nada.

6

El domingo por la mañana, emperifollados para la misa de ocho, estábamos alrededor de la mesa de la cocina mirando a mi padre, que hacía los preparativos para ir a la mina y guardaba provisiones en una caja de madera: pan, queso, tomates, cebollas, salami y un par de botellas de vino.

Mi madre miraba los víveres con asombro.

—¿Cuánto tiempo vas a estar fuera?

—Estaré de vuelta por la noche. Y no olvides lo que dijo el Rápido: cava y reza. Quiero que todo el mundo rece pidiendo buena suerte. Yo cavaré y vosotros rezaréis. Si encontramos oro, cambiará todo. Lo primero que haré será comprar otra casa.

—¿Podré tener otra bici? —preguntó mi hermano Frederick.

—La tendrás.

Con las horquillas en la boca, mi madre se pasó el peine por el largo cabello.

—Rezaré para que no te metas en líos con ese perdulario de Frank Gagliano.

—No te preocupes por Frank. Lo único que tienes que hacer es rezar para que encontremos oro.

—Yo iré a comulgar —dijo mi hermana Clara—. Será una ofrenda.

—Yo también —dijo Frederick.

—¿Una ofrenda a quién? —preguntó papá.

—A Dios.

—Malo, malo —dijo papá—. No traerá suerte.

Mi madre ahogó una exclamación.

—¿Dios… no trae suerte? ¡Ahora hablas como Frank Gagliano!

—Tengo casi cincuenta años y Dios todavía no ha hecho nada por mí.

—Nos lo ha dado todo —dijo mamá—. Nuestra familia, nuestro hogar, los alimentos de nuestra mesa, buena salud. ¿Qué más quieres?

—Es suficiente. Más no sabría administrarlo.

—Quiero que dejes de criticar al Señor en presencia de tus hijos.

—Lo único que digo es que no trae suerte. ¿Por qué no intentarlo con otro para variar? ¿Qué tiene de malo San Antonio? ¿O San Roque? ¿O San Jenaro? —Nos miró—. ¿Alguno de vosotros ha rezado alguna vez a San Jenaro?

—Es la primera vez que oigo ese nombre —dije.

—Es el patrón de Nápoles, nada menos. Me hizo un montón de favores cuando tenía tu edad. —Asintió solemnemente—. Intentadlo con él hoy. Habladle de la mina de vuestro padre. Decidle que nos enseñe dónde está el oro.

—Yo rezaré a Santa Clara —dijo Clara—. Es más buena…

—Dale un tiento. Alguien habrá ahí arriba con ganas de echar una mano a vuestro padre.

—Yo lo voy a intentar con San José—dijo Frederick—. Apuesto a que te ayuda, papá. Era carpintero.

—No me caen bien los carpinteros—dijo papá—. Lo mejor es encontrar un viejo santo que nunca haya hecho nada.  Un viejo santo olvidado por todos durante los últimos quinientos años.

Oímos llegar el camión de Frank con un traqueteo que casi ahogó el gemido de la bocina. Lo vimos frenar en el callejón por la ventana de la cocina. Mi padre se echó al hombro la caja de las provisiones y salió a toda prisa por la puerta trasera.

Mamá, repentinamente inquieta, corrió tras él llamándolo, pero el ruido del camión eclipsó su voz. Papá salió al callejón y metió la caja en la parte trasera. Al volverse vio que su mujer le hacía señas con la mano. Regresó a la casa enfadado.

—¿Qué quieres?

Mi madre lo miraba fijamente desde el porche, con ojos melancólicos y abiertos como platos.

—Anoche tuve un sueño espantoso—dijo—. Fue un aviso de Dios. Tú estabas en el fondo de la mina y él te arrojaba pedruscos para enterrarte vivo.

Mi padre se quedó boquiabierto.

—¿De qué demonios hablas?

—De él —dijo mi madre, señalando a Frank.

—¿Frank? Estás chiflada.

Se dirigió al camión.

—¡Ten cuidado! —dijo ella—. Va a ocurrir algo horrible.

Cabeceando con desesperación, mi padre subió al lado de Frank. El motor se puso a rugir cuando el vehículo arrancó.

(Continuará…)

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