Espejismo

Marcos Tabossi

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Se despierta agitado. Otra vez vuelve a sucederle. Se descubre lágrimas en las mejillas que seca con la manga. Ubica visualmente los objetos de la habitación y recién entonces empieza a tranquilizarse. Se sienta en la cama y busca las pantuflas con los pies. Mira el reloj sobre la mesa de luz, otra vez las 8:11 hs. Esa es la hora que vio a su padre dar el último suspiro y esa es la hora en la que despierta, cada día, desde el ocho de noviembre del dos mil.

Se levanta y va hacia al baño, sigiloso, para no despertar a su madre que duerme en la habitación de al lado. Sabe que su sueño es muy liviano. Los antidepresivos la relajan, pero hace años que no descansa como debiera. No duerme tranquila desde que su marido se transformó en el monstruo que fue. Se acostaba sola, sabiendo que en cualquier momento él volvería del bar decidido a coger, la despertaría con insistencia y si ella resistía, como las primeras veces, le daría algunos golpes antes de atarla. Por eso, en el último tiempo, casi no dormía, o si lo hacía, bastaba con el ruido de la cerradura para despertar. Había logrado una extraña capacidad de escindirse, de romper el lazo invisible que une la mente con el cuerpo y abandonaba su carne fresca por un rato, dejándola a merced de quien le había dado la posibilidad de ser madre. “Así es tu padre, hay que quererlo como es”, se convencía cuando su hijo la increpaba.

Arrima la puerta y abre, apenas, la canilla. Se lava la cara y vuelve a sentir punzadas en el estómago y un agrio sabor en la boca. Se lava los dientes, mea y vuelve a la habitación para vestirse. Mira el reloj, las 8:11 hs. Supone que estará agotada la pila. Se acerca despacio, hace un esfuerzo con la vista y ve la aguja del segundero danzar como de costumbre con su tímido tic tac.

Sus movimientos se pueden anticipar fácilmente: se sentirá perturbado, hundirá su cabeza entre sus manos y se quedará allí, sentado sobre la cama, abatido, pensando por unos segundos. Después se incorporará abruptamente al escuchar  los ruidos de la habitación de sus padres. Se acerca descalzo hasta la puerta entreabierta de la habitación de al lado. Se asoma sin convicción porque sabe lo que verá: su padre, moviéndose como una babosa sobre el cuerpo inerte de su madre que tiene la mirada clavada en la puerta del ropero. Atónito, espectador oculto de una escena repetida, no puede hacer otra cosa que mirar y volver a mirar.

Se maldice, de nuevo, por tan cobarde actitud y llora, como un nene, sentado contra la pared abrazando sus rodillas. Llora del mismo modo que lo hizo cuando escuchó, desde su cama, que su padre le decía al médico que las heridas de su madre habían sido producto de una caída mientras el doctor, bostezando, anotaba en una planilla y los enfermeros, que ya habían detenido la hemorragia, la cargaban en la ambulancia.

Una luz se enciende en el baño e ilumina la mitad de su cuerpo. Gastón se asombra porque nadie más hay en la casa. Se acerca tocando las paredes, buscando seguridad, y ve en el espejo la imagen de su madre que fuma, que tira las cenizas en la pileta y que se traga un puñado de pastillas.

Vuelve a la habitación y ve el bulto de la madre dormir bajo las sábanas. Ella, otra vez, pero sola. Aunque le dé vueltas al asunto siempre llega a la misma explicación pueril y previsible: “estaré soñando”. Y se conforma. Eso lo conforma. Sus pulsaciones disminuyen. Ahora es el momento de sentir el aroma de las tostadas recién hechas y descubrir a su padre preparándose un café instantáneo. Así sucede porque no podría ser de otra manera. Gastón olfatea pan tostado de domingo mañanero. Llega hasta el umbral de la puerta de la cocina y se detiene. No se explica cómo su padre pudo llegar hasta allí sin pasarle por al lado. El argumento del sueño le está siendo insuficiente y las palpitaciones vuelven a acelerarse como si su cuerpo le estuviera anticipando algo.

No avanza, no quiere formar parte del mismo espacio donde suceden hechos inexplicables y cotidianos, a la vez. El umbral lo protege y todo lo visto queda enmarcado en una realidad ajena, como escenas de una obra de teatro o de una película.

Su padre toma dos cucharadas del café en polvo y otras tantas de azúcar. Pone en la taza un poco de leche y empieza a mezclar. Del otro lado de la cocina, en el umbral de la puerta que da a la galería, Gastón se ve, mucho más chico que ahora, espiar con clara intención de no ser descubierto. El padre calienta el café en el microondas y Gastón, en su versión más joven, mira el reloj pulsera. El padre toma el café y después se arquea, se agarra el estómago e intenta vomitar. Los ruidos guturales parecen un volcán a punto de erupción. El espanto de Gastón, ahora, es un grito de horror contenido a tiempo. Vuelve a su cuarto con la única tranquilidad de no haber cruzado miradas consigo mismo.

Una vez sentado sobre su cama llora, o eso intenta. Gime como si estuviera llorando pero sus ojos están secos, es un esfuerzo inútil. Mira el control remoto sobre la mesa de luz. Enciende el televisor: no porque elija hacerlo, sino porque no puede hacer otra cosa. Pone un canal de noticias. En el sócalo otra vez la inscripción “tragedia familiar”. Sube el volumen, hay dos periodistas que debaten el caso. En Parque Patricios un hombre ha muerto por envenenamiento. El cronista se encuentra en el lugar de los hechos. Los vecinos afirman que Cirilo era un hombre simpático y educado, que nunca ahorraba saludos y siempre con una sonrisa. Una señora dice ser la dueña del almacén donde Cirilo y su familia son clientes: afirma que se trataba de un buen hombre, que nunca le dejó debiendo ni un centavo, pero que ella no pondría las manos en el fuego por nadie porque cada familia es un mundo, y esas cosas. El joven que dice vivir casa de por medio está apurado, y ante la arremetida del periodista declara que al que más conoce es a Gastón, el hijo de Cirilo, que algunas veces han jugado al fútbol y que se trata de un muchacho raro y tímido, de difícil acceso. Sobre el fondo de la pantalla se ven tres o cuatro vecinas que persiguen al cronista y buscan la lente de la cámara: ya hablaron, pero están ahí por si se requieren nuevos aportes.

En el ángulo superior derecho de la pantalla, el reloj sigue marcando las 8:11 horas. Gastón Menea la cabeza como espantando alguna idea intrusiva y vuelve a convencerse de que se trata de un mal sueño. Apaga el aparato y deja el control remoto en su lugar, al lado del reloj, sobre la mesa de luz. Abre la puerta del ropero y se para frente al espejo. Se ve más delgado de lo que creía y con una palidez que desconoce. Se pone de perfil para mirarse desde otro ángulo y observa que detrás de él, acostado en la cama, hay un bulto, un cuerpo que descansa bajo las sábanas. Se acerca y tiende a destaparlo con su mano temblorosa. Descubre que se trata de su propio cuerpo, estático, que está en la misma posición en la que despertó. Intenta impulsivamente animarlo pero su cuerpo permanece imperturbable.

Entra su madre a despertarlo. Él quiere advertirle que ya está levantado, pero ella no lo ve, no siente su voz. El muchacho le sacude el brazo. Ella le acaricia la mejilla susurrándole al oído, después agita su pecho llamándolo con más vehemencia y más tarde querrá abrirle los ojos a la fuerza y gritará su nombre. Finalmente llegará la resignación y el llanto, de rodillas, sobre el pecho de su hijo.

Él, desconcertado, insistirá, la sacudirá de los hombros. Le gritará que allí está, le rogará que lo mire, pero su voz apenas será un hilo de aliento. Vendrán a su conciencia imágenes fragmentadas de su pasado y le bastará para reconstruir lo sucedido. Entonces intentará pedir perdón, tendrá la intención impulsiva de confesar, pero su voz será aire, apenas una brisa. Girará la cabeza y verá a través del espejo la espalda de su madre, arrodillada, llorando sobre su pecho.

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