Cascotes

Marcos Tabossi

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El nene dibuja en la tierra con una ramita. Hace el escudo de Boca una y mil veces. Borra con la mano y vuelve a dibujar. Levanta la cabeza intentando recordar cuántas estrellas tiene el escudo. Entrecierra los ojos y mira lejos. El sol le da en la cara. Lo que ve es puro descampado, yuyos altos. El cielo sigue despejado como todo el verano. Vuela la  tierra en el aire denso, no hay agua que la aplaque. Del otro lado, a su espalda, hay algunas ranchos, no muchos. Un manojo de casas simples, algunas calles, y los carteles que marcan “cerrado” en un puñado de comercios.

El silencio de la siesta lo aplasta, como el calor. La ramita se mueve sobre la tierra como un chuchilleo de ratas.

Como una brisa, viene desde muy lejos un ruido que el chico percibe enseguida. En un sólo movimiento se pone de pie y empieza a correr. Corre saltando los yuyos y esquivando los pozos. Salta la zanja de un tirón y cruza la calle sin mirar porque no es necesario, nunca pasa nadie por allí y menos a esa hora. Se mete por la puerta de chapa que quedó entreabierta y va derecho a la pieza. Lo sacude, lo zamarrea y le dice que se levante, que se apure. Le habla fuerte pero en voz baja para no despertar al resto. El otro, un poco más grande que él, se sobresalta, busca el pantalón pero no lo encuentra. No hay tiempo. Empieza a correr en calzoncillos siguiendo los pasos del más chico. Cruzan la calle sin mirar, saltan la zanja y corren entre los yuyos. En el trayecto van agarrando algunas piedras sin detenerse. Se agachan a la carrera, agarran piedras y siguen corriendo. El ruido, ahora cercano, los apresura más. Tienen sus manos llenas de piedras y las empiezan a tirar. Las primeras se quedan cortas, muy cortas. Están muy lejos todavía y están cansados, sin fuerzas. Vuelven a juntar piedras, pero más grandes: cascotes. Ahí, cerca de las vías, siempre hay cascotes. Ahora sí, ya firmes y pudiendo hamacarse para tomar fuerzas, tiran los cascotes que dan contra las ventanillas del último vagón. Los vidrios se astillan. Una sola vez lograron que estalle.

Suena la bocina del tren que se aleja y ellos, en el piso, se ahogan con la risa y el cansancio. Imaginan al maquinista masticando bronca y comentan cómo les ha ido con la puntería esta vez.

Cuando se les haya pasado la agitación volverá la calma, el silencio de una siesta de verano, el calor agobiante en el descampado.

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