La cita imprecisa

Miguel Rodríguez

barberia1

 

 

La gente entra y sale cada poco a intervalos constantes, acude a su cita – “¿Cómo lo quiere, señor?” – una vez al mes y a continuación muere. “¿Igual que la otra vez?” Nada inusual, nadie se extraña, todo el mundo parece saberlo de antemano, como si todos muriéramos un poco de vez en cuando y siguiéramos viviendo sin que casi nada hubiera pasado. Entran y salen. Después de un rato comprendo que entran, se cortan el pelo, mueren y salen. O al menos una parte de ellos muere. Tan vez sean hombres-serpiente mudando la piel o aspectos indeseables de su vida. Hay quien entra y no se arregla el pelo, tan solo muere y se va, quizás sean suicidas, no sé cómo puede morir tanta gente, el lugar no es tan grande, ni de dónde vienen todos los que mueren. Creo que no quiero conocer estos lugares. Doy por hecho que mueren todos, aunque tampoco tengo certeza, nadie dice nada al respecto y me resulta difícil distinguir a unos de otros. Yo tengo hora para dentro de un rato, he llegado con unos minutos de antelación y espero sentado en una esquina del local. En uno de los sillones hay un tipo, parece que ha estado ahí siempre, tal vez ya llegó muerto. Yo estoy aquí, a unos pasos, esperando mi turno mientras la gente sale. El tipo habla sin parar, no sé de qué habla, tal vez de la gente que se marcha, quizás los conozca a todos, él es un habitual, aunque está medio calvo; no debería venir o morir tan a menudo, tal vez venga por motivos sociales. Las muertes íntimas son personales, pero él parece hacer de la muerte algo social. El peluquero, mi amigo, cambia de tijeras de vez en cuando, me lanza señales con los ojos y hace como que le escucha, y llegado un punto se va también él, todo el mundo deja el local mientras el tipo de la silla sigue hablando y yo esperando. Él habla como si mi amigo no se hubiera ido, como si nadie se hubiera ido, como si todos los muertos siguieran allí con él, llenos de palabras que han venido a traerle. La muerte está llena de descartes, de palabras entrecortadas. Mi amigo, el peluquero, está cansado de palabras y de muertes.

Todos se han ido menos el de la silla, que sigue fabricando palabras cada vez más breves, más afiladas, a un ritmo regular, de arriba abajo y de lado a lado, igual que su garganta aún simétrica y ahora ya abierta, de la cual se escapan miles de palabras hacia la calle. Creo que persiguen a los que van saliendo. Palabras muertas que acosan a los que salen o escapan de su cita. Me fijo en él y su reflejo en el espejo me escudriña, me asalta incapaz de ser dueño ya de sus frases incompletas, las que aún le quedan, las que oyó a alguien antes de irse y que ahora le abandonan y le condenan a morir a solas. Por eso cree que estoy aquí, para actuar de testigo, imagino, instantes antes de terminar de morir, mientras las tijeras siguen haciendo su trabajo, rematando incansables de lado a lado, y yo me levanto para irme. Siento miles de palabras y de chasquidos tan cerca de mi cuello. El hombre de la silla me llama, me insta, quiere retenerme allí. Escucho sus palabras recién teñidas de rojo. No quiere morir de nuevo.

Recibo los reflejos, las imágenes de estas muertes. Un par de metros más allá hay un lavadero de cabezas con un hombre que no se mueve. Tan solo me hace un gesto mínimo con la mano, quizás para despedirme, se da cuenta de que estoy vivo, pero no habla, no escapa, no tiene instantes ni estilo de pelo, lleva ahí desde el mes pasado y nadie lo ha reclamado. Tampoco el tipo de la silla, que ya no habla ni me mira ni atiende a las indicaciones precisas de las tijeras, que descansan en la mesa. No sé qué ha sido de mi amigo el peluquero. Ya no sale nadie más. El hombre del lavadero piensa que soy el último muerto.

Me miro un instante en el espejo y leo todas las palabras esparcidas por el suelo, por el aire, en los cristales, en la garganta del tipo de la silla. Demasiadas palabras. Las tijeras se inquietan.

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