El eco

Naguib Mahfuz

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Se apoyó en su bastón y esperó. Tras el sonido del timbre, no se oyó el menor ruido detrás de la puerta, como si la casa estuviera vacía. Dentro de un instante la puerta se abrirá y aparecerá el rostro anciano que no has vuelto a ver desde hace veinte años. El tiempo no ha borrado su imagen triste, resignada y cansada. Ahora tendrá ochenta años: las mujeres de nuestra familia son longevas. ¿Y los hombres?: balas, dramas, ojos secos…

Oyó un ruido de babuchas que se arrastraban y se preparó para los efectos de la sorpresa, pero el ventanillo se abrió y apareció el rostro débil de la criada, Umm Muhammad. Sintió alivio; la miró desde lo alto de su estatura mientras ella le observaba con desconfianza y una expresión fatigada.

—¿Quién es?

—Abre, Umm Muhammad.

—¿Quién es usted, señor?

El tono de su pregunta indicó que no esperaba ninguna visita. Una casa abandonada, como si todo un clan se hubiera ido a la guerra.

—¿De verdad me has olvidado, Umm Muhammad?

Ella pestañeó para aclarar su mirada y exclamó:

—¡Señor Abdel Rahim! ¡Vaya sorpresa!

Él entró, envuelto en su aba negra, y le tendió la mano. Ella la besó con ardor diciendo:

—Es increíble, increíble. —Luego, conteniendo la respiración, añadió—: Voy a informar a la señora de su llegada.

Abdel le cortó el paso con el bastón diciendo:

—No. ¿Dónde está su habitación?

Umm le indicó la puerta y dijo:

—Tiene que…

Pero él la interrumpió y avanzó con decisión.

—Sé lo que debo hacer, lo sé todo y no quiero que nadie me moleste.

Entró en la habitación, lenta y silenciosamente, dispuesto a reprimir sus emociones corno de costumbre; luego cerró la puerta. Se paró en medio de la habitación y la miró con atención. A pesar de la rudeza de su carácter, se sintió algo emocionado. Un olor, extraño y familiar a la vez, se infiltró en su nariz chata, como un recuerdo perdido que resurgiera y le proyectara hacia el pasado. Se sintió sumergido en las profundidades íntimas de su ser. La mujer estaba sentada en el sofá, sosteniendo entre los dedos una larga misbaha cuyas cuentas rozaban el suelo. Pero no levantó la cabeza, como si no notara la presencia del hombre. Estaba cubierta con un velo oscuro, de un color que no se distinguía bien dentro de la sombría habitación cuyas dos ventanas, completamente cerradas, ocultaban la luz. «Ella te ignora, sin duda. Tal vez haya escuchado la conversación y ha decidido ignorarte. No es de extrañar su frialdad si se piensa en todo lo que ha sufrido. ¿Qué esperabas cuando te has visto obligado a volver?». Sonrió para atenuar la dureza de su rostro curtido, pero ella no le prestó atención; comenzó a rezar en voz baja y luego bostezó. La sonrisa del hombre se disipó. Ella era más dura de lo que había imaginado, más cruel que todo el pasado sangriento de la familia. «Pero yo también soy tenaz. No he cruzado el valle para sufrir un fracaso». Esperaba indignación, maldiciones, llanto, amargura, pero no aquel silencio, aquella indiferencia. La contrariedad le impidió que se acercara a besarle la mano; más tarde lo haría, pero no desistió de su empeño y le dijo con calma:

—Buenos días, madre.

Dio dos pasos hacia ella y le tendió la mano, pero la mujer no pareció advertir su presencia. El choque fue más violento que el primero sin que el pasado, con toda su tragedia, amortiguara la fuerte bofetada. «Tú eres el último en asombrarte de esta crueldad, y deberás expiar veinte años abominables. Como ves, está muy fatigada». Abdel esbozó una sonrisa melancólica y retrocedió hacia la cama, sentándose en el borde. Puso su fez encima de la almohada y se apoyó en el bastón. «He regresado a mi lugar de nacimiento, así que puedo sentarme en la cama».

—Lo cierto es que no esperaba un recibimiento afable, pero no imaginé esta capacidad de indiferencia. —Se rió brevemente y añadió—: Nosotros somos una familia de colmillos y garras, pero estoy deseoso de conocer el fin.

Ella levantó ligeramente la cabeza, quizá para reposarla, luego se recogió de nuevo sobre la misbaha, en su impenetrable mundo.

—Puede que haya cometido un inmenso error viniendo, pero estoy decidido a no arrepentirme.

Ni una palabra, ni un gesto, ni una señal de interés.

—¿Es que esperas que te pida perdón, que reconozca mis errores y manifieste mi arrepentimiento? Tú nos conoces mejor que nosotros, y las palabras son vanas. Los dos hemos cambiado mucho pero, gracias a Dios, tu salud es buena, tal vez mejor que la mía.

Esta última expresión no podía dejarla indiferente: se movería. Sí, al principio estallaría en cólera y lanzaría maldiciones, luego se iría calmando y, finalmente, esas paredes escucharían su bendición.

—Yo sé lo que tu silencio quiere decir: el ladrón, el asesino por fin ha vuelto. En el nombre de Dios, dime si querías más dinero.

Le invadió un deseo desesperado de bromear y le preguntó:

—¿Es que querías dinero para probar suerte de nuevo en el matrimonio?

Se rió ruidosamente, pero solo, completamente solo. ¡Dios! ¡Qué poder diabólico de destrucción!

—El pasado ha muerto, los cuerpos y las almas también. Nosotros no hemos sido los primeros ni seremos los últimos en tener las manos manchadas de sangre. ¡Cuántos seres queridos he perdido! Llevo una bala en el pecho para siempre, además de todas las cicatrices de apuñalamientos en los muslos, el vientre y la cabeza. Tú llorabas y te arrancabas el pelo, y nosotros continuábamos perdiendo vidas. Pero ¿de qué sirve recordarlo? Olvidemos el pasado.

«¿No te habías prometido evitar los recuerdos? Pero ¿cómo? Ella se empeña en destruirte, y tú no has cruzado todo el valle para encontrarte ante una estatua de piedra».

—Entonces ¡quieres que me marche! No me sorprende mucho, mas he venido, y eso es un eslabón de la cadena de acontecimientos. ¿No te has enfadado ya bastante? Has maldecido a tus hijos hasta perder la voz. Te parece terrible haber traído al mundo tantos enemigos, pero en cualquier caso, tú los has engendrado. Dime, por Dios, ¿cómo murió mi padre? ¿Y mis tíos? Me preguntaron por qué me marché, después de lo que pasó, pero yo era el único que conocía el secreto, y creo en lo invisible tanto como en la sangre. Según ellos, todo esto pertenece al pasado, aunque yo tengo otra opinión. No obstante, me gustaría saber por qué no dices nada.

«¡Ah! La admiras tanto como la aborreces. La mejor de las madres. Pero tú representas la obstinación del que se emboscó un día en un campo de maíz durante ocho horas sin moverse. Tú cantaste victoria sobre los despojos de cadáveres, sobre las manos de tus hermanos tras matarlos, y dijiste con sarcasmo que los hijos de tu socio en la ciudad se amaban, a pesar de que eran hermanos».

—No me eches sin decirme ni una palabra. Pregúntame al menos por qué he venido. Mi arma está descargada, y necesito sacarme la espina de este pie sangrante. Confieso que me retiré a un refugio olvidado para recuperar el aliento, que sentí necesidad de vivir en la sombra, después de haber padecido el fuego del infierno, y he oído muchos comentarios —no sé si verdaderos o falsos— sobre tu extraño comportamiento, a pesar de que la última imagen que conservo de ti sea la de una mujer adusta, triste, amargada… Aun así, he querido arriesgarme.

«¡Dios de los cielos! Otra vez bosteza, aunque de aburrimiento, no de cansancio. Pero antes o después, esa costra dura se levantará y luego caerá. El sufrimiento te ha otorgado recursos de generosidad, y yo estoy sentado ante ti para testimoniar sesenta años de filiación, aunque estéril».

—Escúchame. Yo no he hecho este viaje en vano. Así he sido creado. Me dijeron: ¿por qué vas, después de lo que pasó? Pero nadie conoce el secreto, excepto yo. Y desde que he llegado, te hablo y tú me ignoras. Partiré, más duro que cuando llegué, sin que la noria que da vueltas saque de la tierra que ruinas. Los hijos de la nueva generación no son mejores que nosotros, es indiscutible. Hoy fruncen el ceño e intercambian miradas furiosas y mañana dispararán balas. Heme aquí mirando el futuro con los ojos sangrantes del pasado. Hoy, una foto de familia los reúne, al igual que también a nosotros nos reunió un día; mas ¿qué pasará mañana? Lo que ocurrió fue que sufrí un disgusto mortal, pero nosotros rechazamos las buenas palabras, no las creemos: Así pues, la caravana puede avanzar levantando polvo y esparciendo sangre. Pero el hastío ha ido haciendo mella en mí hasta que me he venido abajo, y después de veinte años de ingratitud y olvido he pensado en ti. ¿Que qué es lo que quiero? ¿Volver a ti? ¿Y después? Nosotros nos avergonzamos de los sentimientos y nos enorgullecemos de las palabras. Pero he aquí que un día me vi encorvado, arrastrándome por el suelo. Disimulé el dolor para no provocar en los demás alegría maligna. Sin embargo, el médico me advirtió que estaba gravemente enfermo y, a pesar de que no creo en los médicos, no tuve más remedio que creer al dolor, sobre todo cuando tuve ocasión de experimentar su intensidad. Permanecí solo en el lecho durante varios días, en el transcurso de los cuales me cercaban las consecuencias funestas de las discordias familiares y el futuro me parecía tan sangriento como el pasado. El mundo me rechazaba, y yo me refugiaba en el recuerdo de tus palabras de antaño. Después tuve un sueño…

«¡Ah! ¿Me voy a rendir a la desesperación? ¿Qué es este dolor que te roe las entrañas? ¿Será el aviso de una nueva crisis? ¿Por qué los medicamentos no son tan eficaces como una bala o un hacha? Ya ti, anciana, ¡por Dios!, ¿qué es lo que te conmueve? Eres más cruel que todos nosotros. No me obligues a zarandearte para hacerte entrar en razón. Si grito, van a temblar las paredes».

—He tenido un sueño. ¿Por qué no me preguntas qué he soñado? ¿Ya no te apasionan los sueños y su interpretación? Perdóname si pienso que nosotros hemos heredado la crueldad de ti, de ti, más que de nuestro padre o de cualquier otro antepasado. Nadie ha sabido conservar como tú la sangre fría. Tu rostro no refleja ninguna emoción. No es que finjas ignorarme, sino que ignoras mi presencia en todo el sentido de la palabra; no me escuchas ni me ves. ¿De dónde te viene tanta fuerza?

Abdel Rahim se levantó, excitado, y empezó a dar vueltas por la habitación; luego, con expresión adusta, se detuvo frente a su madre apoyando la mano derecha en el bastón:

—¿Es ésta tu forma de castigarme? Sin duda, ya habías imaginado este encuentro, lo habías deseado y lo llevabas esperando mucho tiempo. Pensaste: «Algún día vendrá, cuando sea presa de una calamidad o una enfermedad. En ese momento se acordará de su madre y correrá a su lado solicitando su perdón y bendición. Entonces tendré ocasión de vengarme. Expiará los robos, las agresiones y las muertes, pagará por mis lágrimas inagotables, mis llamadas de socorro rechazadas, por mi larga reclusión en esta habitación». Ésa es la verdad. Tú eres en verdad nuestra madre, tus métodos son los nuestros y tu crueldad es la nuestra. En mis momentos de hastío y abatimiento me preguntaba de dónde nos vendría esa bestialidad que ni siquiera conocen los perros, los burros, las vacas ni los búfalos. Y he aquí que se me reveló la verdad: este torrente horrendo procede de ti, mujer.

Golpeó el suelo de la habitación dos veces con su bastón y los cristales de la ventana temblaron. Umm Muhammad llamó a la puerta para ver lo que pasaba y pidió permiso para entrar. Él le gritó irritado que se marchara. Luego, se volvió hacia la mujer, que continuaba rezando tranquilamente, y le dijo:

—¡Deja ya de rezar! No nos acordamos de Él más que cuando queremos comprar nuql o kaak. Lo cierto es que no conocemos a Dios ni queremos conocerlo, y el sueño que tuve era falso. No era necesario que soñara o que me preocupara de mis sueños. Tampoco era preciso que enfermara, porque los que viven de los muertos y de la sangre no deben enfermar ni soñar, tienen que buscar la tranquilidad sólo en la muerte y suicidarse, antes de que los maten. ¿Qué demonio me ha incitado a venir a verte, mujer?

Como ella no salía de su terrible indiferencia, él se le acercó con aire decidido y le tomó la mano. La mujer levantó la cabeza y la echó hacia atrás sorprendida. Dejó caer la misbaha en su regazo y posó la otra mano en la suya, luego palpó el dorso tosco con marcadas venas y el vello de los dedos. El miedo se reflejó en su cara y gritó:

—¿Quién es? ¡Umm Muhammad!

Tuvo un acceso de tos; luego continuó gritando con voz sofocada:

—¡Umm Muhammad…!, ¡Umm… Muhammad…!

La puerta se abrió de golpe. Umm corrió hacia la anciana, y él retrocedió confuso. Con delicadeza, la criada tomó la mano temblorosa de su señora y la acarició con inquietud. El hombre, como excusándose, dijo:

—No sé qué le habrá podido asustar.

La criada, todavía asustada, respondió:

—He intentado ponerle al corriente de su estado, señor, pero usted no me ha escuchado y luego me ha impedido entrar en la habitación.

Él se puso el tarbush y agarró el bastón diciendo:

—¿Qué le ha asustado? Yo no he cesado de mostrarle mi afecto, y esperaba que ella se conmoviera al verme a su lado.

Sin levantar la vista, la criada dijo con tristeza:

—Ella no ve, señor.

Abdel Rahim abrió los ojos desmesuradamente y, estupefacto, observó a su madre con atención.

—¿Quieres decir?…

—Sí, señor, que no ve.

Permanecieron en silencio durante unos minutos. Luego él murmuró:

—No podía imaginarlo. La luz es escasa, como ves… —Después, en un tono amargo y como hablando para sí, prosiguió—: Pero le he estado hablando durante mucho rato y ella me ha ignorado de forma penosa…

—Es que tampoco oye, señor —dijo la criada con voz rota.

—¿Qué quieres decir? —preguntó él, desconcertado.

—Que está sorda, señor.

—¿Completamente? —preguntó el hombre, tras el fuerte impacto causado por la noticia.

—Sí.

—¿Y si le grito?

—Es inútil, señor.

—¡Está ciega y sorda!

—Efectivamente, señor.

—¡Dios mío! ¿Y desde cuándo?

—Desde hace varios años, señor. Dios quiso que perdiera primero la vista y luego el oído, sin que la ciencia médica haya podido hacer nada.

Él vaciló un momento, antes de atreverse a preguntar:

—¿Y no ha habido una forma de comunicármelo?

—Quise hacerlo cuando perdió la vista, pero ella me lo impidió. Y yo siempre he respetado su voluntad.

«La situación no es como habías imaginado sino más atroz. Y tú eres cómplice, inevitablemente, de este crimen. Has venido para aligerar tu carga y la has recogido infinitamente más pesada. Su aliento roza tu mano, pero ella está más lejos que las estrellas. Es como la muerte, pero plagada de sufrimiento. El silencio, ese obstáculo insalvable. Tienes que interpretar tu sueño o quedará para siempre envuelto en el misterio».

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