Más cine: ¨El Doctor Mabuse¨ (1922)

Estefanía Farias Martínez

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Hay personajes que constituyen en si mismos una leyenda, salen de una novela, cobran vida en el cine de manos de un director y surgen secuelas en épocas diferentes, el Dr. Mabuse es uno de ellos. Nació en 1921 de la pluma de Norbert Jacques, escritor luxemburgués muerto en 1954. A punto de convertirse en centenario sigue despertando un interés inusitado entre los seguidores del cine de terror de serie b. Este genio del mal saltó a la fama en 1922, y el culpable fue Fritz Lang con un largometraje de 272 minutos que se proyectó en los cines en dos partes: El Dr. Mabuse. El jugador y El Dr. Mabuse. Infierno.

imagesLos primeros veinte minutos de la película son un retrato de las actividades de Mabuse, la forma en que funciona su red y los alcances de sus planes; a partir de ahí la historia se transforma en el retrato de un hombre obsesionado por disponer del destino y las voluntades de hombres y estados. Es un maestro del disfraz, un telépata y un hipnotizador que disfruta aprovechándose de las debilidades humanas. Integrado en una alta sociedad decadente, habitual de los casinos clandestinos —a los que sólo se accedía con una palabra clave que podía proporcionar a los visitantes cocaína o partidas de cartas—, busca entre los jugadores víctimas propicias a las que hace ganar o perder según su interés. Mabuse se mueve a plena luz con nombre propio como un psicoanalista con teorías innovadoras en su trato a los pacientes, mientras, en un sótano custodiado por fuertes medidas de seguridad, mantiene cautivos a un grupo de ciegos que fabrican dólares para él, lo que le permitirá hacer desplomarse a las monedas europeas. Y será precisamente en ese lugar donde el genio pierde la cordura al quedar atrapado por un error. La angustia por el encierro y la desesperación de la derrota, los fantasmas que le atormentan, las alucinaciones que sufre lo trastornan por completo y cuando la policía accede al recinto sólo encuentra a un enajenado.

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El Art Decó preside los decorados exteriores y el atrezzo de los interiores cuando en la película se recrean los ambientes de las clases altas, sin embargo en determinados momentos la fantasía desaparece y toman su lugar callejuelas solitarias, barrios lúgubres, otro tipo de miseria.

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Algunas escenas rayan el absurdo, como la sesión de espiritismo en casa de uno de los amigos del conde Bold, una médium que entra y sale del trance continuamente, tres señoras esperando ansiosas su turno mientras una de ellas hace croché frenéticamente. O la del gordo grasiento que devora primeros, segundos y postres con avidez.

comilonaBien podrían haber servido ambas de inspiración a Buñuel. Destacaría además otras dos escenas: la narración del ascenso social del dueño de uno de los clubs clandestinos a través de imágenes rápidas y una sola frase: ¨de vendedor callejero a funcionario, dedicarse a comprar objetos robados y acabar haciéndose de oro¨ ;  y, por ultimo, la sugestión colectiva a la que Mabuse somete al público en el teatro, haciendo aparecer una caravana de comerciantes que atraviesan el desierto y salen des escenario para mezclarse con los espectadores y desaparecer a un gesto de su mano. Secuencia que Woody Allen emula en la Rosa púrpura del Cairo al hacer salir de la película al protagonista.

Aunque destaca la brillante interpretación de Alfred Abel como el conde Bold, un paciente de Mabuse al que lleva a cometer suicidio, la magnífica actuación de Rudolf Klein-Rogge como Dr Mabuse ensombrece al resto del elenco. Él ya había trabajado con Lang en Las tres luces (1921), y el director siguió contando con él en Los nibelungos (1924), Metropolis (1927), Los espías (1928) y El testamento del Dr. Mabuse (1933).

La espectacular fotografía de Carl Hoffmann —con el que también contaría Lang para Los nibelungos (1924) y Murnau para Fausto (1926)— es un valor añadido a la película.

Los largometrajes de la etapa alemana de Fritz Lang están consideradas por el propio director como sus mejores obras, y El Dr. Mabuse es una de ellas, una crítica despiadada y mordaz de la sociedad alemana de la época de Weimar, una Alemania ya humillada por la derrota de la primera guerra.

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