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Marcos Tabossi

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La madre recostada en el sofá cansada de algo o de todo. Cansada. La hija inquieta que no llega al metro de altura y que tiene hormigas en el trasero (o eso le dice su madre) avanza como puede con esas piernitas que se mueven con un poco de tembleque y que amenazan con el derrumbe que no llega a producirse porque sus bracitos son movidos con eficacia manteniendo el equilibrio. La primera, sube las piernas a un banquillo y abre su celular con la mano derecha. Sopla y resopla y mira a la criatura un poco con amor y otro poco con odio -si es que se pudiera mirar así-. Demasiado esfuerzo hace todo el día, todos los días, así que merece un descanso. Desbloquea el aparato y revisa las fotos y el WhatsApp, borra algunas aplicaciones porque tiene poca memoria y repasa los últimos videos que subieron al grupo “las chicas”: algunos machos en pelotas y unos audios graciosos de gente pobre que castellaniza letras de canciones en ingles. La pequeña se abalanza a la cocina con las manos hacia adelante en posición en que se imita a los sonámbulos. Se cae, pero sigue. Una o dos veces. Viene acumulando chichones y moretones desde que empezó a andar. Es lo común, por eso la madre ni se mosquea porque los chicos son de plástico y viven en el suelo pero no se hacen nada, qué se le va a hacer. Dos, tres pasos y cae, pero se levanta y llega hasta la mesada, pone sus deditos por encima de la misma como si deseara escalar. Apenas roza el mango de la cuchilla con la que la madre cortó el zapallo un rato antes, pero no se rinde. Una y otra vez va apenas tocando el arma blanca con un esfuerzo descomunal y ganando un par de centímetros, cuando se aviva de ponerse en puntas de pie. Todo en un perfecto silencio que relaja a quien, en el sofá, acaba de entrar al Facebook porque tiene dos notificaciones pendientes. A Gerardo Martinez le gusta la foto que Luisa Galván le etiquetó y además comentó “guapas” con dos signos de admiración. En la foto que vuelve a mirar está ella con su amiga abrazada, inclinada de tanta risa y con una copa en la otra mano. Hay mucha piel y poca ropa porque esa noche fue verano y el calor es un buen argumento para la mini y el escote. De a poco la cuchilla se acerca al borde como si un millón de hormigas debajo la movieran al precipicio. Sus dedidos sienten el frío del metal y la chiquita se alegra aunque no pueda ver nada de lo que sucede encima de la mesada. Un esfuercito más y entonces ve cómo el arma va cayendo de punta en dirección a su entrecejo y qué casualidad que justo se mueve y la cuchilla cae frente a ella. El ruido pudo haber sido cualquier cosa y la alarma, en este caso, podría pensarse en el llanto de la nena, pero como la nena no llora, en el sofá sigue su madre descansando, con los pies levantados y entrando, ahora, al perfil de Gerardo para ver si lo conoce. No, no lo conoce, pero aceptó su amistad porque tienen tres amigos en común y porque esas gafas negras de su foto de perfil le calientan. Ella se asoma por un momento y alcanza a ver las piernitas de su hija estiradas en el piso, al resto del cuerpo lo tapa la puerta entreabierta. Está sentada, jugando vaya a saber con qué, pero hay que aprovechar que está tranquila, callada. La nena inspecciona la cuchilla pero no le encuentra nada interesante, por eso la deja a un lado y va hacia la heladera un poco gateando y otro poco caminando. Si la maraña de cables que están detrás del artefacto le llaman la atención, el enchufe que los aúna a todos mucho más. Un enchufe donde hay un triple que sostiene tres adaptadores donde están conectados la heladera, el microondas y la pava eléctrica. De esta última hay un segmento del cable que está pelado pero difícil de ver porque queda oculto entre la heladera y la pared. Allí va la niña a toda velocidad dispuesta a experimentar de qué se trata todo eso. Por suerte la excitación se desplaza al pedazo de manzana con pelusas que encuentra debajo de la heladera (así son los chicos de dispersos e inconstantes). Mientras come el fruto de Adán, “comida Gourmet” sugiere que le des un “me gusta” a su página, y la mujer del sofá lo hace antes de comentar la foto de Emilia García besando a su hija bajo la inscripción “ella es TODO en mi vida” y varios hashtag con palabras como “amarla”, “felicidad”, hijos” y algunas otras. La foto de su amiga con su hija tiene 67 megusta y ella abre la opción para estudiar quienes son los que dieron el like, y recuerda que la foto que había subido hace dos días de su propia hija -que ahora se dirige hacia la escalera que da al sótano- contaba con tan solo 43 megusta y no puede evitar sentir un poquito de envidia, sobre todo porque su propia hija había salido hermosa con el vestidito nuevo. La puertita que impide el acceso a la escalera que va al sótano está abierta y los ojos de la infanta se abren aún más y brillan de emoción. Sus rodillas raspadas de tanto gatear hacen un esfuerzo más para llegar a destino mientras ¡qué hermosa ropita infantil vende Estefanía! que acaba de ser aceptada como amiga. Consultar por inbox los precios y de paso pregunta si tiene esos hermosos zapatitos en talle 20. Decidida a bajar las escaleras, la chiquilla se para frente al abismo cuando aparece Coqui que le lame la cara y le mueve la cola. Ella intenta en vano quitárselo de encima pero el can está dispuesto a jugar, y lo logra. Los dos, ahora, se van al lavadero. En la pantalla del celular aparece el título ¿A que no sabés de quién habló mal Pampita? y cómo no hacer un link al enlace no sin antes abrir los 145 comentarios. En ese momento el aparato vibra y entra un  WhatsApp de un video que tarda en descargarse pero que seguro se trata de alguna caída graciosa porque lo mandó Marcela al grupo “las chicas”, y a ella le encantan esas cosas. Al lado del detergente y la lavandina, sobre el piso, quedó el veneno para ratas, vaya a saber porqué, y ¡qué mala suerte! que al voltearlo con la pierna derecha se le sale la tapa y la beba, intrigada, toma un buen trago pensando que es agua, o simplemente porque suele llevarse todo a la boca.

La pequeña casa velatoria no da abasto de tanta gente que va a despedir a la niña. Nadie entiende cómo el mundo es tan injusto de llevarse a una pequeña bebé a pocos meses de su nacimiento. Un centenar de pesares y de besos recibe su madre durante toda la jornada que la encuentra pegada al pequeño cajón donde descansa su hija. Cruza las manos aferrada a un Rosario y Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, cuando un ring suena en su celular. Lo desbloquea con la inicial de su hija y ve que Juana Martínez comentó el álbum de fotos de la pequeña difunta que su madre subió junto con una hermosa carta, y que ya tiene el récord personal de 231 megustas y 78 comentarios.

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