Un libro debe hablar por su autor, no el autor sobre el libro: Fernando Morote en la Feria del libro hispano de Nueva York

Estefanía Farias Martínez

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El primer fin de semana de octubre, como todos los años desde el 2007, se celebró la Feria del libro hispano de nueva York en Jackson Heights, Queens. Entre los días 7, 8 y 9 los hispanos neoyorkinos pudieron asistir a un evento en el que se combinaron presentaciones de libros, lanzamiento de revistas, lecturas, conferencias, muestras de danza y teatro, actividades para niños, e incluso una sesión de micrófono libre para espontáneos. El autor invitado de este año era el puertorriqueño Eduardo Lalo, premio Rómulo Gallegos del 2013 con su novela Simone.

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Fernando Morote estuvo allí presentando La cocina del infierno y ha tenido la gentileza de prestarse a ofrecernos un relato pormenorizado del evento y de su participación en él.

“Mi participación en la feria tenia el propósito de completar el ciclo de presentaciones que hice este año de La cocina del infierno en Nueva York (la primera fue en una librería de Queens, la segunda en una biblioteca de Long Island). El director del evento me concedió todas las facilidades, incluyendo un espacio físico para exponer y poner a la venta algunos ejemplares”.

Este año, asistiendo como autor y ya no sólo como espectador, habrá tenido oportunidad de observar desde un ángulo distinto la organización de la feria y la participación en ella de sus principales actores. Usted ha escrito un relato que se enfoca en la relación entre los escritores y el mundo editorial, ¨El salón de los rechazados¨. ¿Esta experiencia ha sido algo similar?

“Lo que vi los dos días que estuve en la feria fue un esfuerzo mancomunado por destacar en el mundo de las letras hispanas dentro de una ciudad tan dura e intensa como Nueva York. En la mayoría de los trabajos expuestos se siente o se puede reconocer la exigencia que impone el exilio. Todas las obras de los autores –inmigrantes de Sur y Centro América- describen lo que cuesta ganarse un espacio en esta sociedad, no sólo en el ámbito literario sino en la comunidad en general, por lo tanto tienen muchas historias, muy fuertes, que contar. Más allá de si se dedican a la narración o la poesía, el toque distintivo del personaje luchador se eleva por encima de la mediocridad circundante. Desde ese punto de vista, no hay forma de aburrirse ni un instante durante el transcurso del evento. Existe además la posibilidad de establecer contacto con editoriales y librerías locales para futuras ediciones y presentaciones de libros”.

Entonces, Fernando Morote pasó de espectador a autor subiendo al escenario el último día de la feria.

“Mi presentación estuvo programada para el domingo 9 a la 1:55 pm. El tiempo asignado para los 3 miembros de la mesa era de 45 minutos en total, por lo que deduje que tendría 15 minutos para mi intervención. El organizador aclaró que en realidad eran solo 8 minutos, a fin de dar un poco de tiempo para preguntas del auditorio. Entonces tuve que decidir cómo usar productivamente el tiempo. Me había dado cuenta de que todos los autores explicaban primero de  qué trataba su libro, lo hacían tan detallado que cuando luego leían, la sorpresa se había perdido. Yo decidí hacerlo al revés. Siempre he dicho que el libro debe hablar por su autor y no el autor sobre el libro. Entonces, cuando me tocó el turno saludé, me presenté y leí unas páginas de ¨La cocina del infierno¨, el relato. Mientras leía escuchaba los murmullos del público, se identificaban con lo narrado. Después de la lectura expliqué de qué se trataba el libro en su conjunto, abordando el circuito de la inmigración, y hablé sobre ¨Los ingobernables¨ como fuga del país y ¨Comando meón¨ como retorno. Debido a que uno de los autores se encontraba retrasado por problemas en el transporte, quedó algo más de tiempo para extenderse en la conversación con el público. Se generó una especie de debate algo álgido, pero respetuoso, acerca de la educación porque ¨Los ingobernables¨ y ¨Comando meón¨ fueron vistos por algunos asistentes como expresión de la deficiente educación en nuestros países de origen. Al concluir la presentación algunas personas vinieron a saludar y preguntar más en privado o comentar sobre La cocina del infierno. La venta de ejemplares no fue lo principal. Este evento, a mi modo de ver, esta diseñado más como una convención de escritores, igualmente útil y encomiable porque permite a los autores compartir, ofrecer y difundir su trabajo creativo”.

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