Plaza Italia y la estatua ecuestre de un marino: Giuseppe Garibaldi

Alberto Ernesto Feldman

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Haciendo una simplificación, podría decir que por razones geográficas, laborales, escolares y también recreativas, gran parte de mi vida se ha desarrollado en círculos alrededor de Plaza Italia, girando a la vera de la estatua de Giuseppe Garibaldi.

Viví en Núñez, Saavedra y Belgrano, y para llegar al colegio secundario o a la facultad, durante muchos años viajé todos los días pasando a la ida y a la vuelta por allí. Ese lugar era aproximadamente la mitad del camino, y servía de referencia para saber si  andaba bien de horario o debía bajar y tomar el subte, que en aquella época, ¡oh, misterios del progreso!, funcionaba como un reloj.

También esa estatua presidió mis visitas a los Bosques de Palermo, al Jardín Zoológico y al Jardín Botánico, primero llevado por mis padres, luego con mi hija y próximamente, con mi nieta.

Cuando abandoné los estudios, trabajé de chofer en las líneas de ómnibus 41 y 67, líneas que rodean la Plaza, y durante más de diez años me encontré de seis a ocho veces por día con el jinete de bronce.

Sólo recordaba vagamente desde el secundario que tenía algo que ver con la Independencia de Italia y que se le dedicaba muy poco espacio en nuestros textos de Historia.

Hace dos años pasé unos días en Entre Ríos y me enteré que por allí había andado nuestro hombre, enviado desde Montevideo por Fructuoso Rivera a combatir contra Rosas, siendo capturado luego de ser vencida su flotilla en el río Paraná por las naves de la Federación al mando de Guillermo Brown.

Las ciudades de Gualeguay, Gualeguaychú y Paraná guardan en sus museos testimonio de su permanencia y de la admiración y el respeto de la población y las autoridades, por un héroe que parecía tener siete vidas.

Escapado de Italia con su cabeza puesta a precio por los austríacos, recaló en Brasil y puso su experiencia de marino al servicio de la separatista República de Río Grande del Sur, rebelada contra el centralismo de Río de Janeiro, comandando su incipiente flota naval en sangrientos combates, en lo que además de sus tácticas audaces mostró su extraordinario valor personal.

Por su estampa gaucha, siempre creí que era un caudillo de los de “a caballo”, pero italiano. Lejos estaba de saber que su especialidad era la guerra naval.

Pero no era un guerrero convencional. Para llevar al mar desde el astillero dos pesados barcos artillados construidos para la lucha contra el Imperio, que bloqueaba con su poderosa flota los puertos de Río Grande, Garibaldi, jefe de la marina rebelde, hizo construir dos enormes carretones con ocho ruedas de más de cuatro metros de diámetro cada una, arrastrados por cientos de bueyes, con lo que consiguió, después de atravesar ochenta kilómetros de dificultoso terreno, eludir el bloqueo y alcanzar el mar, sorprendiendo al enemigo. Así era su ingenio de estratega.

Si se me permite un chascarrillo, diré que no resulta extraño que un marino a caballo comande un barco que navega en tierra firme.

Después de sus campañas en Brasil, Uruguay y su prisión y posterior liberación en Entre Ríos, el héroe regresó a su país y se incorporó a la lucha por la Independencia de Italia.

A Anita Ribeiro, su mujer, la valiente brasileña que lo acompañó en su epopeya americana y en parte de la campaña de Italia, la Historia no le hizo suficiente justicia: ella luchó junto a él en las batallas navales y terrestres, peleando con fusil y con sable en cargas de caballería y convirtiéndose en enfermera al término del combate. Experta jinete, ella enseñó a montar a su esposo y recibió lecciones de lucha cuerpo a cuerpo como un soldado más. Herida varias veces, prisionera y escapando de la muerte otras tantas, defendiendo como una leona a sus hijos y a su hombre, amaba tanto a la Libertad como Giuseppe, y le escribía así a su hermana en diciembre de 1840:

  “Tengo necesidad de espacio, de movimiento, de justificar de alguna manera mi existencia…” 

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