Agua mansa

Marcos Tabossi

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Sí, se me escapó. Ni siquiera sé si lo pienso realmente, pero algo a lo largo de la noche me llevó a hacer el comentario. Carola me mira extrañada. Mi viejo, como siempre, se hace el desentendido. Mi vieja se escapa a la cocina a buscar las copas y advierte que faltan cinco para las doce para cortar la tensión. Mi abuela se levanta y va tras ella. En la mesa (que en realidad es un tablón enorme donde entramos todos) también están mis tíos maternos, algunos de mis primos, mi abuelo, mis cuñadas, Mariano (que es el mayor y también estaba ese día) y Cristian, que es el más chico y el dueño de casa. Mis sobrinos son los únicos que no escucharon porque están correteando en el parque y, en todo caso, si estuvieran en la mesa, son muy chicos para entender.

Cristian calla por discreción, supongo. Sabe que dije una barbaridad pero decide, con buen criterio, no responder. De hacerlo debería pararse y partirme una botella en la cabeza. Espero que esta vez seas más cuidadoso, fue lo que dije. Carola me mira como si lo hiciera por primera vez, intentando adivinar quién soy. Tiene motivos. Desde el doce de enero del dos mil trece ha llorado mucho, mucho más que yo, sobre todo los primeros meses. Yo intentaba consolarla con frases que siempre nombraban al destino y a Dios. Después dejó de llorar (al menos delante de mí) y dejé de hablar, ya no era necesario.

Habíamos llegado cerca de las nueve. Cristian nos atendió por el portero eléctrico y nos dijo que pasemos por el fondo. El pasto, más verde que nunca, parecía una alfombra, emanando ese aroma de recién cortado. Había armado un camino con velas rojas y blancas desde la entrada hasta la pileta, bordeando el solárium como si lo estuviera abrazando, dándole un aurea especial al sector. Alrededor del solárium, cuatro pequeños livings: dos reposeras y una mesita de madera, encima de la cual descansaban dos copas y una frapera con una botella dentro. El camino de velas tenía una ramificación hacia el quincho devenido en salón de eventos, donde ya estaba el tablón vestido con un enorme mantel rojo con lunares blancos que, visto de cerca, resultaban ser diminutos adornos navideños.

No éramos los primeros invitados, en uno de esos livings ya estaban Mariano, Cecilia y mi tío Tato sentado sobre el borde del agua. Sobre el techo del quincho había puesto un reflector que iluminaba la pileta convirtiéndola en el centro de atención. El agua mansa y transparente era un espejo perfecto y duplicaba las velas flotantes que se deslizaban tímidamente. No es que sea detallista, solo estoy describiendo una ambientación tan pomposa que a nadie le habría pasado inadvertida.

—Viste que lindo quedó—dijo Cristian contemplando su obra. —El reflector lo puse esta tarde y a la pile la terminamos de pintar la semana pasada. Espero que hayan traído traje de baño porque si la noche sigue así de linda quien te dice no terminemos brindando en el agua, dijo sonriente. Hace rato que no venían, ¿no?

 Y si, hacía rato. Desde ese día habremos vuelto cuatro o cinco veces y siempre en invierno, adentro de la casa y lejos del quincho y la pileta. No es que él no nos haya invitado, al contrario. Pero siempre poníamos una excusa.

Pasen, ubíquense donde quieran, nos dijo y agarró los vinos que habíamos traído. Saludamos a Mariano, a mi cuñada y a mi tío y me vine al quincho a servirme una copa. Maite y Sofía se acercaron a saludarme:

—Hola tío —me dijo Maite—, mirá lo que me regaló Papa Noel.

—¡Qué hermoso triciclo! —le respondí con ganas.

—Y a mí me regalo esta bici con rueditas, dijo Sofía.

—¡Qué bueno! creo que por mi casa también pasó y les dejó algo, vayan a preguntarle a la tía Carola.

—¿Viste que linda la decoración? —Insistió Cristian que ya había dejado las botellas en la cocina y ahora se disponía a cambiar la música. —Lucila se encargó de todo y hasta logró que Maite y Sofía la ayudaran con las velas.

—Sí, hermoso —dije por decir.

—¿Te traigo hielo? ¿querés que te lleve el abrigo adentro?, ¿por qué no te sentás en esa que tiene respaldo y es mucho más cómoda?

—No, tranquilo, estoy bien.

Ahí estaba Cristian, todo el tiempo mostrando a su familia perfecta y mandándose la parte de gran anfitrión.

Desde las nueve y diez que llegamos hasta ahora, las doce menos cinco, Cristian no permitió que vaciara la copa. No hizo lo mismo con el resto. Su exagerada atención para hacerme sentir como en casa provocaba exactamente lo contrario. Pasé la cena mirando cómo la brisa deslizaba los pequeños botecitos de velas. Estaba aburrido y cansado de tantos elogios; que todo está riquísimo, que una maravilla cómo te quedó el parque, que las nenas están hermosas, que Lucila se pasó con la ambientación, que el vino es de primera. Qué grande que está Maite, había dicho mi abuela. Si, ya tiene cuatro, contestó Lucila. En ese momento se me vino la imagen de mi cuñada y Carola embarazadas, comparando el tamaño de sus panzas, hace algo más de cuatro años, en el cumpleaños de sesenta de mi viejo. Viste abuela, le estoy enseñando a nadar, fue lo último que dijo Cristian, lo que provocó mi comentario.

Ahora veo a mi vieja venir con las copas y se oyen los primeros estruendos. ¡Feliz año nuevo! grita Sofía que viene corriendo con la buena nueva. ¡Feliz año para todos! Dice mi viejo levantando la copa y el resto se hace eco. Después nos saludamos de a uno. Carola, que está en la otra punta de la mesa, viene a saludarme en primer lugar. Feliz año nuevo, me dice, y me abraza como hacía rato no lo hacía.

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