La yonkee

Miguel Rubio Artiaga

la-yonkee

 

 

Las venas se enredaron
como zarcillos macilentos
al gris de la mañana,
al asedio discordante
de la materia envenenada.
Al círculo asimétrico
de unas marcas costrosas
de agujas desgastadas.
Con el horizonte esclavo
de una victoria sanguinaria,
todos los días vuelven los montruos
con el rostro ojeroso y terrible
de una mirada asustada.

El expolio de los sentidos
en una plaza mal alumbrada
y los mordiscos tenebrosos
de un aliento terminal
al llegar la madrugada.
Mercancía prostituta
de calles oscuras
y aceras desgastadas,
donde los cuerpos
se arrodillan
frente a braguetas
desabotonadas.
Era la princesa rota
de venas apuñaladas.
La esclava sexual
de unos malnacidos
de conciencia
sucia y colapsada.

Cuando la volví a ver
su sonrisa era una mueca.
Dos ojos hundidos,
lo que fue una hermosa mirada.
Ya no había vuelta atrás,
llevaba la muerte
con todo el dolor del mundo
impreso en la cara.

Al poco tiempo me llamó.
La llevé directa al hospital
donde yo trabajaba de celador.
La ví irse despacito
los dos solos.
Yo al pie de su cama.
Con el último suspiro
me dió las gracias.
Al cerrarle los ojos,
una sonrisa
iluminaba por fin
su cara.

.

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