Las celdas no tienen ventanas

Marcos Tabossi

reja-preso

 

Hacía mucho que no recibía visitas. Mucho tiempo que no miraba otra cara que no fuera la de Luis, mi vecino. Por eso, esa noche estaba como perro con dos colas. Me tocaba el corazón, lo sentía salirse del pecho, y miraba al suelo para no mariconear. El nene me preguntó dos o tres veces si me pasaba algo, pero no era el momento de contarle lo de los infartos, no quería que sonara como reproche, porque no los tenía. En todo caso, más tarde, cuando saliera el tema de Luis, le contaría que me salvó la vida dos veces cargándome en la chata y llevándome al hospital a tiempo.

Estás grande, nene. Le dije a Raulito. Vos también, papá. ¿Te quedás a comer? tengo unos fideos. Sí, pero si cocino yo. Ahora tomemos unos mates, todavía es temprano, me dijo.

El nene me contó que había estado preso por robar en una ferretería, y que por eso la ausencia. Que lo perdonara. No dije ni mu. Hubiera querido ganarle de mano en pedirle perdón pero me quedé en silencio. Quise llamar a Luis para que lo conociera, a fin de cuentas el narigón era mi única familia, en ese momento. Pero mi hijo no quiso: mejor no, otro día, había dicho. Quería compartir la cena solo conmigo, en la intimidad. Qué lindo gesto, pensé. Hablaba y me abrazaba, me ponía la mano en el pecho para sentir el corazón, me palmeaba la espalda, me pellizcaba la cintura, y hasta simuló morderme el cuello. Estaba hecho un putazo de cariñoso. Yo estaba incómodo por tanta demostración de afecto, me sentía un poco invadido pero no quería hacer ningún movimiento que el nene pudiera entender como rechazo. Intentaba acompañar, no dejarlo de garpe, pero no me salía más que una sonrisa o un apretón en el brazo. No hablemos del pasado, dijo Raulito. Quiero tenerte cerca de ahora en más, que seas parte de mi vida, sin rencores. Insistí en llamar a Luis. No es que fuera mi confidente, ni mucho menos. Me acompañaba por las tardes, tomábamos mates después de la jornada, descansábamos y veíamos el sol ponerse tras los eucaliptus. Eso era todo. Hablábamos del clima, que es tan importante para nosotros y, porai, algo de futbol. Casi no nos conocíamos ni tampoco nos interesaba. Pero sentía que traerlo al narigón me ayudaría a pasar la noche más distendido.

En el penal de Urdampilleta estuve, me dijo Raulito, y que ahora estaba con libertad condicional. No quería volver a delinquir, había aprendido la lección. Tanto tiempo en la sombra sirve para reflexionar sobre los errores o para convertirse en un animal maniatao. Lo veía cortar la cebolla, de espalda. Le miraba el pelo casi rapado, el cuerpo trabajao, musculoso, seguramente había echao tanta fuerza en la cárcel para poder defenderse. Después me le quedé con los ojos clavao en el cuello: ancho, venoso. Le vi dos puntos colorao, medios ennegrecidos, parecía sangre morada. Estaban separados por unos cinco centímetros, como si lo hubieran inyectao. No pregunté porque no quería traer recuerdos feos de alguna trifulca, tan común en los penales.

La salsa hervía en el fuego cuando le indiqué dónde estaban los fideos. El nene se dio vuelta, se me acercó, y empezó a lamer la cuchilla donde había restos de cebolla.

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Cuando me acerqué a la casa de Raúl vi que había un auto y me llamó mucho la atención porque nunca recibía visitas. Esa tarde habíamos estado mateando y no me había dicho nada de que estuviera esperando a alguien -aunque tampoco era tan raro que no me contara-. Era un tipo callado, como metido pa’ dentro, vio. A veces dejaba entrever que algún mal había hecho en la vida y que se sentía arrepentido, como si esa soledad fuera el castigo que merecía. A mí no, yo elegía y sigo eligiendo estar solo. No es que no pueda, si quisiera, tener una patrona.  Pero no me gusta mucho la gente, sabe.  Por eso, aunque Raúl era un hombre gueno, no me interesaba ahondar en su vida. Cada uno con sus penas.  A veces decía cosas raras, hablaba de la reencarnación. Cosas de mandinga. No era un tipo leído sobre el tema, lo suyo era pura corazonada.  Creía que en cada vida se pagan los errores de las anteriores y qué se yo que otro bolazo. Estaba convencido que había sido pollo, mire que disparate. Vaya a saber de dónde sacó esa pavada.

Di vueltas a la casa antes de golpear. Tenía curiosidad pero a la vez no quería que me tomaran por chismoso. Pasé por la ventanita de la cocina que estaba entreabierta y sentí olor a estofado: una delicia, como pa’ chuparse los dedos. Se escuchaba, de adentro, un ñato que cantaba a capela. Me decidí a golpear y me atendió un muchachito que asomó media cara, no más. Me dijo que era el hijo y que Raúl estaba ocupado con la comida. Me pareció que era una manganeta: que no me abriera la puerta, que Raúl no me atendiera. Por eso decidí llamar a la policía.

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Tocamos el timbre y nos atendió enseguida. Dejó la puerta abierta, dijo que estaba cenando y se volvió a la cocina. En el piso había charcos de sangre y las paredes estaban escritas pero no se entendía lo que decía. Más bien parecían palabras en otro idioma. José me cubría la espalda y fuimos hasta la cocina a punta de pistola. Cualquier cosa podía pasar. Tal vez el masculino estaba allí, agazapado, esperando que lo siguiéramos para dispararnos desde algún escondite. A medida que avanzábamos el olor se hacía cada vez más ambiguo: por un lado parecía una mezcla de perro podrido, chancho con pelo quemado y  cloacas, y por el otro, ya cerca de la cocina, sentía el olor a comida, algo dulzón, que me hizo acordar al tuco de mi madre. Supuse que era cierto aquello de que estaba cenando, que tal vez, después de la masacre, le había dado hambre. De todas formas me parecía una locura, como si alguien pudiese cenar un pollo a la portuguesa dentro de las cloacas. Cuando abrí la puerta de la cocina empezó mi pesadilla. Hoy mismo sigo sin creer lo que vi, y por eso sueño muy seguido con aquella imagen. Después de ese día estuve tres meses con licencia psiquiátrica. Cuando volví ya no pude hacer operativos, no me sentía preparado. De modo que me pusieron con tareas administrativas. Sigo en tratamiento: ahora duermo sin pastillas, pero tomo otras para la depresión.  Mi vida se detuvo en ese momento, cuando abrí la puerta de la cocina y lo vi sentado a la mesa, con el repasador atado al cuello, hablándole al vaso -como si le estuviera contando un secreto- mientras cortaba un pedazo de corazón y lo comía. Después enrollaba las tripas con el tenedor -como fideos- y se lo llevaba a la boca. En el piso se veían los huesos, las vísceras desparramadas, un pie. La cabeza la había puesto en la alacena y los ojos estaban dentro del vaso al que le hablaba. Primero vomité, después me desmaye y ya no me acuerdo más nada. José hizo el resto.

Cuando le conté a un colega del penal de Urdampilleta, me dijo que algunos presos se habían quejado porque a la noche se escuchaba de la celda de Piñel muchos ruidos extraños contra las paredes y el techo, como un aleteo desesperado, como si hubiera un pájaro enorme que quisiera escapar. Nadie dio lugar a las quejas porque las celdas no tienen ventana y los presos son muy mentirosos, con tal de salir cinco minutos para hablar con alguien son capaces de inventar cualquier historia.

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