El abrazo anómalo

Miguel Rodríguez

tacones

Ilustración: Samarango

 

La mujer que marca los tacones al andar me besa con pasión a deshoras, me obsesiona por las noches, me arranca las tardes y los recuerdos. Lo sé porque antes contabilizaba las heridas y los años. Ella no, ella solo me desnuda, me marca la piel y me asalta sin preguntas.

Creo que me enamoré de ella por su forma de caminar, por sus sonidos, su ir y venir por los pasillos y los techos. La oigo llegar, levantarse, ir al café; noto cuándo está cansada y arrastra levemente el tacón izquierdo. Los demás no advierten nada anormal, no perciben lo delicado ni lo salvaje de su cadencia, de sus múltiples piernas, que empiezan a llenar todas las horas de mis días. Pero yo aíslo los ruidos, las teclas, las conversaciones, y solo percibo sus tacones, que dictan el paso de la mañana. Los otros no tienen mañanas ni tardes, no sienten el tiempo ni el embiste de esta mujer en sus vidas.

Yo podría ser como ellos, cabal y sensato, elegir vivir en tregua, como si todos los días fueran un día cualquiera. Podría querer a esta mujer y al mismo tiempo hablar de finanzas o de deportes. Creo que podría hacerlo. Pero prefiero dejar de pisar el suelo y trepar la pared hasta llegar a ella, y que me siga besando sin remedio, sin red de seguridad, dejar caer los zapatos al suelo y acurrucarnos en las esquinas exhaustos de amor y llenos de brazos y de nombres.

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