Entremientras: “Ropas de armadillo” (V)

Miguel Rodríguez

embarazo

Muy de año en año y sin regularidad, Amelia recibía carta de los que una vez fueron sus padres. En realidad las cartas ni siquiera iban dirigidas a ella, sino a Rolindes, la yaya que la cuidó de niña y con la que se quedó en la Mara cuando sus padres decidieron apearse del mundo conocido y perderse en lo que se iba oyendo del otro. Tiempo atrás, con el desembarco masivo de centroeuropeos, habían hecho residencia en la Mara para tantear los asuntos del salitre y el trasandino, negocios ambos que no permitían descuido y bailes de salón, y para cuya gestión no les bastó con ser alemanes, siguiendo el tópico de entonces.

Al poco tiempo, no sabiendo cómo sortear sus propias ruinas, se fueron – por un tiempo, dijeron – en busca de otro lugar donde fuera fácil vivir. Nunca volvieron de esos lugares que no sé si encontraron o eran solo imaginarios, y tampoco dieron cuenta real o imaginaria en sus cartas. Tal vez no existían. Tal vez ellos mismos dejaron de existir al no encontrarlos, o al dejar de creer que fueran ciertos. De esta forma, Rolindes quedó a cargo de la casa, de los muy escasos medios que les quedaban, y de Amelia, a la que instruyó desde niña en una disciplina de ganarse la vida que sus padres nunca conocieron. Así, Amelia aprendió labores de zurcido, cosido, bordado y otras de confección textil con las que iban tirando como podían. La última carta que llegó era de poco antes de nacer Tuyet, y Rolindes hacía tiempo que se había muerto.

En una de las habitaciones de la Mara, Amelia se empleó como modista. Siempre había un vecino o un desconocido que, por referencias, encargara un arreglo, una chaqueta o un traje. También a nosotros nos confeccionaba la ropa, y dependiendo de nuestro crecimiento y de la estación del año, le daba la vuelta a un abrigo viejo y lo convertía en unos pantalones. Era como si lleváramos expuestas las entrañas, aunque nunca nos sentimos desnudos.

La actividad habitual de la casa revelaba también sus interioridades durante la noche. Los animales de las láminas, siempre alerta, nos acompañaban a los que deambulábamos por los pasillos. Mi turno se componía mayormente de sonidos: oía a María hablar en sueños, a Amelia respirar entrecortadamente, y a algún huésped ir al baño o a reforzar amores. Recorría la casa con el armadillo mirando cómo dormían los demás sin sus ropas del día, las que nos hacía Amelia.

De vez en cuando llegaba también a casa alguna carta de Lito – M. Blackwood, el del Yelcho – mi padre, a quien conocí cuando vino a la ciudad en la gira de conferencias con Shackleton. De hecho, de ahí que mi nombre sea inglés. Amelia estaba por entonces en los treinta y muy largos, y su embarazo sorprendió a todos en la Mara. Muy al margen ya de Darío, entre recados y encargos textiles, Amelia se cubría la piel y los afectos con este hombre cuyo barco paraba en la ciudad a temporadas, aunque nunca fue huésped. La distancia nos marca el olor íntimo de las mareas y los vientos; un amor de piel, de olor a puerto, una pasión felizmente inevitable y un contacto posterior continuado. Quizás no todo en la vida tenga que estar destinado a ser duradero o permanente para considerarlo adecuado siquiera o necesario, y a quién cojones le importa. Ventura dice que lo más importante de una foto es el instante justo anterior a la toma, cuando aún todo está por decidir, cuando se está cuajando lo que será el encuadre de ese encuentro a partir de ahora. Nadie en la Mara preguntó por el padre ni opinó sobre cómo sucedieran las cosas. Luna nos recordó que hay quien vive más intensamente en una hora que otros muchos en toda su vida, argumento suficiente para que todos, incluidos los animales de las láminas, abandonaran posibles recelos o dudas y me acogieran con la pasión que Luna les había inspirado. El armadillo se hizo mi amigo.

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