Nadie sabe para quien trabaja

El Doctor y Witchy Woman

Reciclaje

Lo que empezó como una exploración movida más por la curiosidad personal que por el compromiso profesional lo llevó a sentirse, en principio, como un intruso. Al cabo de unas semanas, iluminado por las revelaciones que fue encontrando en el camino, empezó a verse a sí mismo como un prófugo de la ley. Más tarde concluyó que su visión empresarial había estado equivocada desde el inicio de su carrera.

Una mañana, en la soledad de su habitación, se miró en el espejo y notó que había perdido peso. Tenía jornadas en que literalmente se moría de hambre. Le cambiaban los turnos sin previo aviso. Una semana salía de noche, otras por la mañana temprano y algunas incluso de madrugada. En ocasiones cubría los tres turnos en una misma semana. Le quedaba poco tiempo para dormir de manera decente. Nunca se había fijado en esos detalles. Todo iba a parar meticulosamente apuntado en su registro de ocurrencias.

Fajarse en el terreno estaba resultando una experiencia que no habría podido vislumbrar en sus sueños más alucinados. Su vida había transcurrido cómoda y apacible hasta aquí. Siempre había habido a su lado alguien a quien tirarle el muerto. Pese a los riesgos que implicaba su presencia en el campo, junto a los actores principales del negocio, comprendía que su decisión había sido acertada.

En su despacho la intriga crecía entre su pool de secretarias y ejecutivos más allegados. Todo el mundo murmuraba que se le estaba pasando la mano, esta vez dándose la gran vida en el Caribe.

Apenas un año antes, sin prestar atención a los documentos que le presentaron, había autorizado las sugerencias de su gabinete jurídico para mejorar el rendimiento de la empresa. Sin embargo, una noche, durante una reunión a puerta cerrada con el representante de uno de sus clientes más antiguos, el obispado, escucharon un gran estruendo. Ambos se levantaron sobresaltados y salieron al pasillo de la planta. Frente a ellos un enorme agujero, en la pared frontal del edificio, ocupaba el lugar del gabinete jurídico. La expresión de estupor de Monseñor llevaba implícita una recriminación. La imagen del obispado no podía quedar asociada a eventos de aquella magnitud. Él tranquilizó a Monseñor dándole a entender que debió ser obra de un loco. Su empresa no estaba asociada a ningún tipo de actividad delictiva. Se comprometió a emprender una investigación en profundidad para aclarar aquel turbio asunto.

*     *     *     *     *

Desde que se bajó del autobús se sentía observado. Tenía un mal pálpito. A cada paso giraba la cabeza discretamente comprobando que nadie le seguía. Cuando llegó al hostal, subió las escaleras lo más rápido que pudo y, en cuanto se vio dentro de su habitación, cerró con llave y se asomó a la ventana, escondido tras las cortinas.

El incidente que lo trajo hasta ese remoto pueblo, en el sur de la ciudad, no era en absoluto lo que todos pensaban. Sin embargo su plan estaba perfectamente calculado. Había atendido y considerado cada detalle: la ropa, el modo de hablar, la forma de caminar. Necesitaba averiguar lo que de verdad estaba pasando. No quería que se lo contaran. Se trataba de un asunto crucial para el futuro de su empresa.

La primera prueba pasaba por el peldaño más bajo del departamento de recursos humanos: la secretaria. Tenía que rellenar el formulario de datos y contestar a sus preguntas impertinentes sin cometer errores. En aquellos meses había llegado a convencerse de que todo era real: Nombre, ciudad de procedencia, cursos de capacitación, empleos anteriores, hasta anécdotas que llevaba aprendidas sobre su paso por los muelles como estibador. Le pareció una referencia adecuada, su físico daba veracidad a sus palabras.

—¿Sería usted tan amable de sacar copias a mis documentos? —preguntó. —Olvidé que no debía traer los originales.

—Ahí está la máquina—contestó la secretaria, sin apartar la vista de la solicitud. —Hágalo con cuidado, por favor.

Guardó los supuestos originales en la mochila y entregó las copias a la mujer. Ella las adjuntó al formulario de solicitud.

—¿Ha incluido el certificado médico detallado? Ya sabe que es obligatorio mencionar los antecedentes familiares. Como comprenderá, la empresa no se responsabiliza si contrae una enfermedad para la que tiene predisposición genética.

—Ahí lo tiene, con el resto de la documentación.

—De acuerdo. Mañana a primera hora puede venir a firmar el contrato.

La secretaria se alegró de que esta vez les hubieran mandado a alguien más adecuado para el puesto. Los últimos candidatos eran todos jubilados y no duraban más de tres meses. Eran contrataciones baratas, pero no era bueno para el servicio, demasiado lentos y daba mala impresión verles esforzarse tanto. Hubo muchas quejas.

*   *     *     *     *

A la mañana siguiente, durante su primera jornada laboral, el reto consistía en pasar desapercibido entre sus nuevos compañeros. Jamás se le cruzó por la mente que un día tendría que verse sometido a una situación de esa naturaleza. En los vestidores se cuidó de no mostrar un ápice de nerviosismo. Sabía que el éxito de su empresa descansaba en su capacidad de actuar sin dubitaciones.

En su taquilla, el mono azul con las bandas naranjas en la parte baja del pantalón estaba cuidadosamente doblado, junto a él un par de guantes gruesos que apenas cogerlos se notaban gastados y con pequeños cortes en la palma y en los dedos.

A su derecha, se desnudaba un tipo bajito con cabeza redonda y cráneo brillante y a su izquierda se terminaba de colocar los guantes un gigantón con cresta y tatuajes en el cuello. Hablaban entre ellos como si él no estuviera allí.

—¿García ha vuelto?

—Aún no, lleva más de media hora en el despacho de Gutiérrez.

—¿Tú qué crees que pasará?

—Lo de siempre. Un apaño cutre y a joderse.

De pronto, el gigantón se percató de su presencia.

—¿Y éste quién es?—interrogó al otro.

—El nuevo.

A él ni siquiera le preguntó el nombre, se limitó a leer en voz alta la etiqueta cosida al mono:

—Modesto Morales.

El interés les duró apenas unos minutos porque un barbudo, extremadamente delgado, entró cabizbajo en los vestuarios. Y el bajito fue a su encuentro.

—García, ¿qué te dijo?

—Que no hay presupuesto para equipo nuevo hasta que no rentabilicen el gasto en la maquinaria para reciclaje. Y dice que la cinta aislante da mejor resultado que el precinto en las fisuras de los guantes. Así que ya sabéis, otra ronda de antitetánicas esta tarde antes de iros.

El caso era que tampoco había máscaras disponibles. Durante su primer recorrido colgado del estribo del camión, tuvo que tragarse el hedor que supuraba la tolva cargada de desechos. No fue necesario que registrara ese dato en ninguna libreta. Incluso después de una refriega salvaje bajo la ducha, la fetidez de la materia quedó impregnada en su nariz, al extremo de llevarlo a tener pesadillas con abismos y desbarrancamientos. El juego, desde el puntapié inicial, estaba arrojando sus primeros frutos.

*   *     *     *     *

La siguiente estación de su periplo lo llevó a tomar contacto con ciertas particularidades burocráticas. Descubrió, en conversaciones con sus compañeros, que la empresa no pagaba vacaciones si los empleados no las reclamaban. Los directivos gustaban de hacerse los suecos. “Si te he visto, no me acuerdo”. Tampoco existía retroactividad por los beneficios no pagados en su debida oportunidad. Sabía que el mercado se movía de otro modo. Compañías de la competencia manejaban un sistema bastante distinto. Cada seis meses ofrecían a sus obreros un incremento de apenas céntimos en sus cheques, pero ese detalle basado en un programa de periódicos aumentos salariales los mantenía increíblemente conformes.

Unirse a la mafia que controlaba los sindicatos podía resultar provechoso. Había escuchado siempre acerca de su existencia, pero la falta de necesidad lo había relevado de tener que involucrarse. Esta era una magnífica oportunidad. Su facilidad de palabra y su carisma personal habían trabajado a su favor en muchos campos. Además ahora requería una dosis de pericia, especialmente para dejar a un lado cualquier asomo de pensamiento ingenuo. La realidad lo desafiaba de modo inesperado.

 *     *     *     *     *

 Dos meses después, y aunque se había acostumbrado a la rutina, no conseguía desprenderse de aquella tos persistente. No era el único. En la última semana los ánimos se habían caldeado. Cándido, el gigante de los tatuajes, estaba en el hospital con neumonía, el médico le dijo que se debía a un debilitamiento de los pulmones por sobre-exposición prolongada a determinadas sustancias tóxicas. El gerente ni se acercaba a los vestidores, sólo mantenía un trato gélido con García. Los rumores de huelga se extendían.

A pesar de que se respetaron los servicios mínimos, la ciudad se sumió en el caos durante los primeros días de la huelga. Las quejas por la insalubridad de las calles saturaban el buzón de reclamaciones del ayuntamiento. Las autoridades instaron a la empresa a tomar medidas. La negociación con el sindicato se quedó en sugerencia. La contratación de esquiroles fue la solución inmediata que adoptó la gerencia para paliar las críticas. Los piquetes informativos, que impedían la salida de los camiones de recogida, se tornaron violentos ante la llegada de los nuevos efectivos. Lo que comenzó como un cruce de acusaciones, amenazas e improperios devino en batalla campal y provocó la intervención de los anti-disturbios, parapetados en el exterior del edificio. Tras una dura represión a base de cañones de agua y pelotas de goma, la detención de más de treinta trabajadores y la aparición en prensa de un esquirol hospitalizado, a causa de las heridas sufridas durante la refriega, el paro llegó a su fin.

Convertirse en cómplice de García no estaba en sus planes, fue accidental. Un error de cálculo del esquirol lesionado y un retraso en la entrega de su cheque por parte de la secretaria le llevaron hasta el parking en el momento menos apropiado. Fue testigo del último pago por los servicios prestados y los que aún estaban pendientes: el compromiso de la empresa de integrar al esquirol en la plantilla a cambio de que denunciara por agresión a los hombres que García le indicara. Le entregó un sobre, explicándole que dentro estaban los nombres y las fotos, eso le haría muy fácil identificarlos.

Su rechazo a aceptar los favores del sindicato generaba desconfianza entre García y sus acólitos, aunque intentaba mantenerse alejado de sus trapicheos no había podido evitar que le involucraran en alguno de ellos. El que más problemas le causó fue la falsificación del parte de accidente de Suarez. A causa del cansancio, el conductor del camión puso mal el freno de mano y se les echó encima porque estaban en cuesta, los demás se apartaron, pero Suarez no tuvo tiempo de reaccionar y una de las ruedas le destrozó una pierna. Hubo que achacarlo todo a su imprudencia, para descargar a la empresa de responsabilidad. Le pagaron una compensación mínima como gesto de buena voluntad a sus años de servicio y se deshicieron de él. Se corrió el rumor de su implicación en el fraude y sufrió amenazas por parte de la familia de la víctima. Un día, al salir del trabajo, cuatro de los compañeros de Suarez le estaban esperando para darle una lección. Se llevó algunos golpes, pasó mucho miedo, pero consiguió escaparse. Nunca había corrido tanto en su vida. Esa vez sí que aceptó la ayuda de García. No les volvió a ver. Tampoco preguntó.

*     *     *     *     *

El proyecto se tornaba cada vez más peligroso. Era tiempo de planear la retirada. No tenía necesidad de justificar una repentina ausencia, sólo juntar sus cosas y largarse. Luego lo verían volver en una nueva faceta. Sabía que muchos iban a temblar y no pocos caerían de plano. Lo tenía todo calculado.

Desapareció en el momento preciso. La extrema diligencia de la secretaria al cotejar los datos que él había incluido en la solicitud de empleo, a pesar de haberlo aplazado durante meses, reveló una incongruencia en su cartilla de vacunación infantil. La documentación que había presentado pertenecía a un tipo al que mandó de vacaciones a las Filipinas, físicamente eran muy similares, el tono de voz también. Sin embargo, no podía prever que hubiera mentido en sus datos médicos y que hubiera sufrido un accidente de coche que le llevó primero al hospital y luego a la tumba. Cuando la secretaria indagó un poco más encontró el certificado de defunción. El escándalo en la empresa les hizo sospechar a unos de otros. Los líderes del sindicato mandaron una comitiva en busca del timador, el espía o el saboteador. Nadie sabía exactamente qué había tramado. Encontraron vacía la habitación del hotel. En recepción les dijeron que había pagado la cuenta y se había ido la noche anterior.

  *     *     *     *     *

El trabajo de campo, abandonando la comodidad de su despacho, le había demostrado que aquellos que producían la riqueza de que gozaba eran seres humanos que merecían su atención y agradecimiento. Lo que había visto en su excursión encubierta le había permitido tomar conciencia de las graves deficiencias que adolecía su empresa. Sabía que debía tomar acciones drásticas de manera inmediata. Convocó a sus asesores para una reunión de emergencia. Todo el mundo estaba consternado. Su inusual y prolongada ausencia había provocado en más de uno la sospecha de que se había largado por tiempo indefinido con una de sus amantes o incluso de que se había refugiado en una isla perdida para pegarse un tiro debido a las presiones del negocio.

Sus órdenes fueron precisas. Para comenzar había que despedir a la secretaria del departamento de recursos humanos: su apatía e indiferencia arrogante eran elementos nocivos que debían erradicarse del ambiente laboral; echarla a la calle comunicando los motivos de su cese mediante el boletín mensual constituiría un magnifico ejemplo para el resto de empleados. Debía además implementarse un programa humanizado de asistencia para el personal con necesidades de salud, vivienda y educación. Estaba muy claro que era urgente realizar una importante inversión con el propósito de renovar el equipo y material de trabajo. Las condiciones de salubridad en que los obreros desempeñaban sus labores tenían que ser ajustadas a los mínimos requerimientos legales. Y en el sindicato resultaba perentorio eliminar la ingerencia de círculos mafiosos, y recuperar el auténtico sentido del movimiento, mediante la formación de líderes limpios. ¿Cómo hacerlo? Su función no era encargarse de los detalles. Sin embargo, disponía de información confidencial, fechas y cantidades entregadas como pago por servicios al sindicato, incluso nombres, lo tenía todo anotado. El único problema era evitar la intervención policial porque quedaría al descubierto su suplantación y algunos delitos cometidos por obligación. Un escándalo así sería desastroso para la empresa. Su nuevo gabinete jurídico estaba a cargo de un verdadero tiburón de los negocios con un alto sentido de la ética y recursos inagotables. Dejó a su criterio el saneamiento del sindicato. Apenas una semana más tarde se produjo una oleada de dimisiones, se auditaron los libros discretamente y se formó un comité provisional que se encargaría de la gestión. Dos meses después, la cúpula del sindicato había sido renovada y las negociaciones con la empresa se habían endurecido como debía de ser.

Sólo una cosa quedaba por cambiar: él mismo.

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