Rojo

Miguel Rodríguez

ojo rojo

Él sabe que estoy a punto de hacerlo, y ya no lucha. Se ha resignado. Me agarra los brazos aún con fuerza, pero no para tratar de librarse, sino por abrazar algo o a alguien en el momento previo a irse. Despedirse con un abrazo, tal vez dé igual a quién, a mí en este caso. Un poco de piel. Me lo explicó mi abuelo hace mucho tiempo, cuando me enseñó cómo muere un hombre y a ocuparme de estos asuntos: ‘Ese instante es irrepetible y verás su vida en unos segundos: lo que aprendió, a quién amó, qué le llevó a morir de tu mano. Lo que hagas en ese instante solo depende de ti, hijo’.

Ya no se resiste. Me aprieta con determinación, como pidiéndome que, al menos, no le suelte en este momento último, que le sostenga, que no le deje caer. ¿Cuántas veces habrá caído este hombre? ¿A cuántas cosas ha dejado de resistirse antes de llegar a mí? Respira con ansia, con necesidad. ¿Qué le queda aún por vivir? ¿Participo en algo de ello? Respira con determinación, sin pedirlo por favor, como sabiendo que cada vez puede ser la última. Su pulso en el cuello aún me golpea las manos, aún tiene recuerdos, se le van amontonando todos y de alguna manera me los traspasa a mí, como si yo fuera su último depositario involuntario. Voy a ser lo último que vea.

Ya queda poco. Se le contrae el estómago. Mira con desesperación, sabe que se muere, que será cuestión de un momento, no hay vuelta atrás, pero sigue mirando, como si le quedaran aún tantas cosas pendientes de las que dar cuenta o que llevarse de aquí. Tanto sin vivir. Ya no me mira a mí. Ha desistido de mí, de mi clemencia. Mira el cielo, el árbol, ahora todo ello teñido de un rojo que se le va escapando por un ojo. Quiere llevarse incluso lo que ya no le va a dar tiempo a vivir: el cielo rojo, el árbol rojo. Quizás ese sea el color inevitable de la muerte. El rojo le resbala por la cara y me cae en el brazo como un hilo que une su vida – la que ya casi no existe – a la mía, cuyo color no reconozco. Me paso el brazo por la frente para quitarme el sudor, y la cara se me tiñe de rojo, como la suya. Ambos estamos de rojo en este final. Sin duda, él piensa que son sus ojos. Estamos solos. ‘Lo que hagas en ese instante solo depende de ti’. Nunca he hecho esto antes, aunque no tengo dudas; el procedimiento es sencillo, uno muere en unos instantes y ya está, todo acabado, y los recuerdos de este hombre, que aún se aferra a mi brazo rojo, se habrán ido con él. Igual ahora ya no recuerda nada. El pulso es firme aún, aunque discontinuo. Su sangre resiste, pero su conciencia ya no puede más; quiere morir. Me vuelve a mirar como preguntándome si esto va a durar mucho más, cuál será el momento exacto. A la gente le preocupa el momento preciso, cuando en realidad a la hora de morir todo es inexacto, todo se amontona, el orden de los días se derrumba y morimos siempre con pasión, que es como nacemos la mayoría. Me mira ya sabiendo que es el final, casi desde otro lugar, y no sé si para contarme cómo es o para decirme que no olvidará este momento, el de su muerte monocolor, ni el de mi nacimiento, también manchado de rojo. Me lanza sus recuerdos como dardos, anzuelos con los que me palpa la cara como un recién nacido, en lugar de un hombre consumido por el cáncer que me mira agradecido y lloroso. Hace ya algo más de un minuto que di al interruptor de la máquina. Ahora soy yo quien le abraza, es a mí a quien se le contrae el estómago de dolor, de despedida, de puta rabia. Y busco sus ojos, su frente, mi nombre en su voz una vez más, como cuando era niño, la que me sostuvo. Y le miro y ya todo está rojo.

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