Mi pelo

Miguel Rodríguez

Rubia

Mi abuelo llegó un día de un barco y nos trajo la locura.

‘Se llama Hannah’, dijo, y le creímos, claro, nos pareció lo más normal, qué importa que llevara veinte años fuera y llegara lleno de pelo largo y de sueños, era inevitable creerle. Supongo que de alguna manera todos nos reconocemos en la locura cuando la tenemos delante, quizás por eso lo dijo como si siempre hubiera vivido con nosotros y fuera parte de la familia, aunque lo que recordamos con más nitidez de aquel día es que todos comenzamos a ser hermosos. Tal vez la belleza y la locura vayan juntas en cierta medida, o convivir con esta nos haga parecer hermosos. Hannah era hermosa, muy hermosa, y tenía el pelo largo como esas diosas nórdicas que no existen más que en los cuentos, o eso al menos dice todo el mundo, aunque yo creo que la gente en realidad no habla de lo que les emociona o les aterra, sino de lo que temen que nunca suceda, de lo desconocido, como si hablar burlara el pánico o el vacío, y por eso hablan en lugar de dejarse el pelo largo o irse en barco. Puede que no soporten la locura. O quizás es que no reconozcan la belleza.

Desde que vinieron del mar, Hannah y el abuelo pasaban horas, cada día, en la bañera contándose historias, de cosas que no sé si existen, en idiomas privados que no habíamos oído antes. Sus risas y conversaciones nos llegaban poco a poco hasta el otro extremo de la casa, como las olas, como la vela de un barco, y sin saber cómo, sin dudas, las comprendíamos, como si también nosotros viajáramos en esa bañera llena de mareas y de seres que solo existen si uno cree en ellos, como mi abuelo y Hannah. La locura y la belleza al desnudo, la vida al desnudo después de tantos años. Se reían y chapoteaban sin mapas, como si por fin hubieran encontrado el mar, su propio mar… Uno siempre entiende los idiomas de la belleza y de la locura. Después de tanto tiempo, mi abuelo se había vuelto bello. Bello y loco. Quizás siempre lo fue.

Mi madre dice que le recuerda aún con el pelo corto y callado, es decir, cuerdo pero oscuro y muerto. Ella piensa que se dejó el pelo largo para esconder los demonios de la familia, que se los llevó al mar y volvió lleno de locura y de Hannah. Quizás habíamos vivido demasiados años sin ella, sin ambas, y ya no sabíamos quiénes éramos o quiénes habíamos sido. Quizás Hannah escondiera también demonios familiares en su pelo, que mi abuelo peinaba cada tarde desenredando las palabras que ya no necesitaban y que buscaban cobijo en otras habitaciones de la casa. Dice que es tan fácil conjurar los demonios: él cree que son tristes porque son feos, pero los atas en un puñado de pelo y listo, así nunca te taparán los ojos.

Yo viví ciega, olvidada de mí misma y de quienes me habían habitado durante años. Pero el día que llegó, sentí cómo me miró al abrir la puerta, yo estaba a un lado, creo que no me conocía aún. Posó sus cosas en un rincón, se acercó a mí, me puso las manos en el pelo y me dijo:

– ¿Cómo te llamas?

– Eva…

– Eva… ¿te gusta tu pelo, Eva?

Y desde entonces me pasaba los días frente al espejo como si pudiera verme, como si antes o después la vida fuera a cambiar y mis ojos vieran. Hannah me observaba y me hacía trenzas. Ella piensa que así se van los malos espíritus, y debe de tener razón, porque desde que vino la casa no ha vuelto a ser la misma. Ahora nos reímos todos por las cosas más inusuales, como si hubiéramos olvidado quiénes fuimos, o quiénes fueron los que estuvieron aquí antes que nosotros. Yo quiero olvidarlo, quiero olvidarlo todo, y me río y me trenzo el pelo en el espejo como si fuera hermosa o loca, y repito palabras en los idiomas de Hannah y del abuelo.

Un día me llevó con él al mar, muy cerca del puerto.

– Sabes, Eva… los llevé lejos, muy lejos… también ellos necesitaban irse…

– ¿De quién hablas, abuelo?

– De los demonios, hija. Vivían aquí, a un par de pasos apenas, algunos no están tan profundos, pero no los veíamos. Es imposible ser feliz si uno no sabe sus nombres.

No sé si ya estoy loca o lo estaré de mayor. Pero sé que un día me dejaré el pelo suelto y me tiraré al mar, como el abuelo, a soltar mis propios demonios, a encontrar mi amor, a aprender mi idioma. Sé que ese día seré realmente hermosa.

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