Muerte de un niño

Miguel Rubio Artiaga

Tristeza

Cuando un niño muere
el velamen del Mundo
pliega sus estelas de espuma
y queda sin viento.
Un Agujero Negro,
con el núcleo lastimado,
devora una estrella.
Dios se esconde
cubierto de vergüenza,
detrás del telón
del Firmamento.
Se oyen los aullidos
desde el nido germinal
de los que lo criaron,
sin importar el tamaño,
escondida o plena,
de la Luna plañidera.
No hay dolor tan dolorido,
tan lleno de incomprensión,
como el de unos padres
enterrando a su hijo.
Cuando un niño muere,
el mar crece una lágrima
el Sol apaga una llama
y, con la mortaja de nieve
de los domingos,
viene a llevárselo de la mano
una aflijida muerte.
Sabe que no es justo
lo que obliga su trabajo,
arrancar un brote tierno
que de puro joven,
solo puede ser inocente.
Muere la posible leyenda,
desaparece una mirada
que por haber mirado poco,
aún es transparente.
Enmudece la risa,
la alegría pierde un bufón
bajito, como un enano demente.
Todos morimos por dentro
y perdemos un trocito de sueño.
Todos nos sentimos culpables,
la conciencia se retuerce.
Mudos, sordos, ciegos
a la realidad dolorosa,
al desplome de tus pilares,
miedo a comprender, es la norma,
cuando un niño se muere.

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