La casa a la que he vuelto

Miguel Rodríguez

Agua

Me he mudado a una casa llena de sueños y de agua, no sé por qué no me ha advertido de ello la dueña anterior, sin duda debía saberlo, ¿por qué se ha ido de aquí?, o quizás se ocultaban de ella y salen ahora de su letargo a conocerme, a saber quién soy y si traigo otros sueños conmigo con los que tengan que convivir, otros mares que vayan a ocupar su lugar, a invadir sus camas y las de sus hijos, a arrasar sus propios miedos. No sé cómo es que he venido a parar aquí, pero no ha sido en barco. En realidad, no he traído mucho: unas cuantas cajas que aún no he abierto y cuyo contenido me resulta tan ajeno ahora… No tengo ganas de abrir ese equipaje, de asignar armarios o estantes a lo que ya no soy. Desde que me he mudado, apenas he sido capaz de dormir. Tan solo a ratos, intermitentemente, y me levanto lleno de voces e imágenes de otras casas en las que no recuerdo haber vivido, me asaltan visiones, relámpagos de sueños incluso despierto, como si quisieran que fuera uno de ellos, o parte de ellos. Sin duda llevan mucho tiempo viviendo en esta casa. Oigo ruidos por todas partes y de continuo, y en cada habitación la misma conversación que nunca termina, el mismo tema aún no resuelto, como si la dueña no se hubiera ido o sus sueños se turnaran en su actividad sin saber que ahora vivo aquí. Pero no creo en los fantasmas ni, de existir, en su intención devastadora; si acaso, en su tristeza infinita de no poder dormir ni soñar. Así, al llegar aquí una parte de mí se ha transformado en espíritu insomne, me turno también para dormir en una estancia cada noche y tener así sueños distintos, el mismo siempre en cada habitación, aunque todos terminan hablándome, llamándome por un nombre que desconozco, como si me conocieran o hubiéramos vivido juntos anteriormente, quizás por eso he venido, como si yo les hubiera soñado antes y los hubiera perdido o abandonado aquí, en esta casa que me ha vendido una mujer que viene a verme y a tomar el té todas las mañanas, un rato al día en el que la alucinación cesa, afloja. También ella me habla como si me conociera. Le pregunto por la historia de la casa y me responde que se alegra de que haya vuelto, después de tantos años, de que sea yo quien viva ahora aquí, creo que tiene miedo de que me haya pasado algo, me palpa como si aún no diera crédito a verme, y me abraza, y me habla de cuando toda la casa estaba llena de agua, de cuando reíamos y navegábamos los mares de la sala y la galería, de los naufragios que llegaron después, de los monstruos… ‘Yo solo me he mudado de casa’, le digo, esperando que vuelva en sí y deje de hablarme de mundos en los que nunca estuve.

– ¿En cuáles estuviste?

Y me llama por ese nombre que solo parece conocer ella. Se desnuda, me abraza, me envuelve como toda mi vida, y algo en mi piel comienza a recordar quién fui alguna vez, antes de soñar, cuando solo era un pez. Me he enamorado de una mujer llena de sueños y de agua. Me recorre y me busca por una piel llena de océanos. Creo que por fin he vuelto. Y ella me ha reconocido.

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