Las brillantes manzanas de Orión

Francisco Segovia

Agujero negro

Relato basado en “Las doradas manzanas del sol”

Habían descubierto la “Fuerza” en los agujeros negros de Orión. El origen de todo estaba allí: en esa masa oscura desconocida que tragaba energía y materia sin cesar, con avidez de fiera inmensa y violenta. La tripulación de la nave “Copa de Oro II”, la segunda de su serie –la primera había viajado con éxito décadas atrás hacia el sol- sería la encargada de “envasar” parte de aquella energía en uno de los compartimentos del cohete. Su comandante, un hombre ilusionado, no había dejado de mirar en dirección al agujero negro desde que partieran de la Tierra. Ni siquiera al principio, cuando todavía no era visible en el firmamento. Ahora, que se presentaba en todo su esplendor, sus ojos parecían brillantes, pulidos por una mano divina, y su cuerpo estaba próximo al éxtasis, de tan cercano que veía su sueño cumplido. Volverían a tener energía por siglos, gracias a esa “fuerza” que era inmedible humanamente: con solo un puñado de ella –apenas la que cupiese en la cámara especial- el ser humano viviría libre de carencias de ningún tipo. Las máquinas no se detendrían; ni los medios de transportes que recorrían mares, tierras y cielos de varios planetas del sistema solar; y tampoco los utensilios domésticos más simples. El sueño de un mundo sin dificultades energéticas era posible. El comandante dio la orden de rozar a velocidad sub lumínica el agujero negro. La esbelta nave lo hizo sin dificultad, sobreponiéndose a la atracción gravitacional de la enorme bestia del espacio, y la cámara se abrió y capturó una porción de su energía. La misión había sido un éxito. Era el momento de regresar y dar aquel regalo a la Tierra.

—¿Volvemos, comandante Bradbury?

Bradbury miró a su copiloto y asintió con la cabeza. Luego descabezó un sueño, que se hizo largo, eterno como la noche de la muerte. Y mientras se alejaba y volvía al limbo de las cosas que una vez existieron, recordó los últimos versos que tanto amaba: “Y caminaré entre el cálido, largo y moteado pasto,/Y desplumaré hasta que se hagan el tiempo y los tiempos/ las plateadas manzanas de la luna/ las doradas manzanas del sol.

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