María Paula Putrueli

Siempre hay una primera vez para todo, solía decirme mi abuelo, lamentablemente, la hubo para mí también, la primera y la última.
Acepté seguir el caso de la muerte de mi prima, aunque sabía que no debía mezclar familia con trabajo, ley conocida por todos; sin embargo, desde el momento que escuché la voz de mi tía diciéndome: “Marcos, encontraron muerta a Anita”, perdí la poca racionalidad que tenía en mí y supe que, por ella, por mi familia, por la justicia y, por qué no, por mi mismo; iba a llegar hasta el final de esto.
La habían encontrado desnuda en la cama, con una bata a medio vestir, el cabello mojado, un tiro en la cabeza, algunos sedantes en la mesa de luz, la t.v. encendida en un canal con rayas que iban de un lado para otro, todas las luces apagadas, a excepción de la del velador, con forma de elefante, que usaba para meditar. ¿Habría muerto meditando? ¿Por el tiro en la cabeza? ¿Por el exceso de sedantes? Todas preguntas sin una respuesta concreta, y para sumar más misterio al caso…una palabra.
Después que retiraron el cuerpo del departamento, me fui a vivir allí, las cosas con mi mujer, Julia, estaban en su peor momento, y sólo quería paz y silencio para poder descifrar el por qué de este caso.
La primer noche que pasé en la casa de Ana, revisé todo con lujo de detalle, pero no había más de lo que la policía había encontrado, y nada parecía aportar alguna pista o camino certero a seguir: la vida de mi prima no era simple: enamorada hacía cinco años de Jorge, un hombre casado, que jamás abandonaría ese lugar seguro que había construido. Mientras esperaba lo que nunca llegaría, mantenía una relación ocasional con Mauro, un joven de 23 años, con delirios de artista, que la hacía sentir la mujer más deseada del planeta, pero nada suplía su necesidad de Jorge.
Los interrogaron a ambos, ninguno negó haber estado en su casa el día de la muerte, no era raro que Jorge pasara por las mañanas antes de ir al trabajo, así como Mauro la visitaba siempre después del mediodía; para un artista como él, madrugar implicaba abrir los ojos a las doce del mediodía.
Por todo el departamento había huellas de ellos, y por todo el cuerpo de Ana, que no tenía un solo signo de violencia, todo obedecía a dos instancias de encuentro sexual, cada uno a su debido turno, y con voluntad de todas las partes de intervenir en dicho encuentro.
Motivos…ninguno. Ana nunca hostigó a Jorge a que se separe, Mauro nunca le pidió a Ana que deje a Jorge, con lo cual, un conflicto pasional parecía no tener lugar en esta historia. También se investigó la relación que tenía Ana con Sonia, la mujer de Jorge, se conocían del colegio, aunque habían ido a cursos distintos, habían trabado una buena relación, compartían el gimnasio dos veces por semana y algún café perdido de charla de mujeres, algún que otro domingo que Jorge iba a la cancha con sus dos hijos.
No encontraron nada significativo, por supuesto la investigación hizo que Sonia se pusiera al tanto de la relación clandestina, supe que se separaron un tiempo, pero luego ella lo perdonó y volvieron a jugar a ser marido y mujer felices.
El arma, que había disparado la bala contra la sien de mi prima, sólo tenía sus huellas. La autopsia arrojó un informe que acusaba una gran cantidad de ansiolíticos en su organismo, o sea que, si no la mataba la bala, la mataba su mejor amigo: el Clonazepam.
Con todo este panorama, el suicidio parecía ser la única respuesta a todas las preguntas. Sin embargo en mí, algo, que no sabía bien qué era, no terminaba de convencerme, pensar que mi prima hubiese sido capaz de quitarse la vida… no, no así, no en ese momento, no por ninguno de estos dos prototipos de hombre.
La segunda noche que pase en su departamento llevaba casi 48 sin dormir, revisando todo sin nada potable que me ayudara. Tenía una de mis cotidianas jaquecas y decidí tomar un baño extremadamente largo. Esperaba que el agua, cayendo sobre mi cabeza, desapareciera la migraña y trajera alguna solución a un problema que parecía imposible de resolver.
Y fue en ese momento, cuando todo cambió, salí de la ducha, apoyé mis pies sobre la alfombra roja, me sequé bien el pelo con la toalla y, cuando levanté la mirada, en el espejo y frente a mí, escrito sobre el vapor, una palabra: “Rubia”.
¿Quién la había escrito? ¿Cuándo? ¿Significaba algo? Se tomaron pruebas de caligrafía de la letra del espejo para ver si coincidían con las letras de Jorge, de Mauro, de mi prima, pero nada, era cien por ciento certero, al fin de cuentas era solo una palabra. Los caballeros en cuestión negaron haberla escrito y, aunque lo hubiesen hecho, ¿qué cambiaba? Sin embargo, pasé dos noches mirando esa palabra, por alguna razón no se iba del espejo, y cada vez que llenaba el baño de vapor asomaba, recordándome que alguien le decía rubia a mi prima, alguien no tan preciso porque el cabello de Ana era más castaño claro, pero ahondar en paletas de colores de cabellos me excedía.
La cuarta noche, mientras fumaba un habano y miraba la biblioteca de mi prima, noté que uno de los libros estaba fuera del orden obsesivo que ella mantenía, el título “La insoportable levedad del ser”, una de las primeras ediciones. Mientras lo hojeaba, sin querer deje caer ceniza sobre una de las hojas, empecé a sacudir el libro para evitar mancharlo y algo rozó uno de mis pies, una foto, dos chicas jóvenes con el uniforme del colegio, una rubia y otra castaña clara. Me acomodé mejor los anteojos, y pude notar que una era Ana, pero no conocía a la otra. Giré la foto y leí: “¡Te quiero tanto, rubia!” Firmado: A. Salté de la silla y busqué, en todos los papeles que tenía, las fotos con el rubia del espejo, y comparé las palabras, la misma letra, el mismo “Rubia”. ¿A quién abrazaba mi prima en esa foto? ¿A quién le decía que la quería? ¿Y por qué esa misma palabra fue lo último que escribió en el espejo de su baño? Y recordé…
Lo feliz que iba al gimnasio, siempre decía que era su cable a tierra, como los domingos, que jugaba Boca de local, nunca la veía en las reuniones familiares, ¿algunos cafés perdidos? Lo devastada que estaba Sonia cuando se enteró de que su marido le era infiel con su compañera de gimnasio, ¿era por eso su desconsuelo? No tenía bronca, ni enojo, ni miraba a Jorge, como lo debería haber hecho una mujer engañada, solo lloraba y se le veía el corazón roto entre las pupilas de los ojos, no era por Jorge.
Entendí entonces, no era Jorge la persona que Ana estaba esperando que dejara a su familia, tampoco le importaba en lo más mínimo Mauro, era tal vez, sólo tener a alguien más en su vida, un actor secundario, todos éramos actores secundarios en su vida, y la única persona que quería como protagonista…nunca se animó a serlo.
¿Cuánto tiempo es suficiente para esperar a alguien que nunca va a llegar? ¿Cuánta es la angustia que podemos soportar, hasta no poder darnos cuenta de que nuestra vida vale más que la de cualquier otra persona a nuestro lado?
El caso se cerró bajo la causa de suicidio, tal vez Ana si se quitó la vida, tal vez ese dolor era tan grande y tan asfixiante que tuvo que cerciorarse de matarse dos veces, si las píldoras no hacían el efecto deseado, el revólver no iba a fallar, ¿tanto puede doler el amor como para intentar matarnos dos veces?
Fue mi último caso, dejé de obsesionarme por las muertes de los demás, y decidí empezar a dejar de estar muerto en vida. Volví con Julia y a un trabajo de esos de escritorios y sin riesgo alguno. Sin embargo, cada vez que escucho en un grito perdido por la calle: “Rubia”, pienso en Ana, en Sonia, y en como para ellas no hubo nunca una primera vez, tal vez eso fue en lo único que mi abuelo se equivocó en esta vida.
