No todo lo que reluce es oro

Francisco Segovia

oro

Después de muchos años lo había conseguido. Contempló con orgullo el gran recipiente donde se contenía la mezcla divina, la piedra filosofal. Lo había probado en pequeñas dosis sobre objetos cotidianos, y el resultado siempre había sido el mismo: se convertían en oro. Oro puro y reluciente. Era rico, inmensamente rico.

Inmerso en sus pensamientos no se percató que su amada, María, acababa de entrar en su estudio. Inquieta por su desaparición durante varios días –en los que él había estado encerrado en aquél sótano- había ido a buscarlo. Ella desconocía que la pasarela por la que caminaba estaba en mal estado, y que Juan Sebastián no accedía nunca por allí a su taller de alquimia. Solo cuando el suelo crujió bajo sus pies y escuchó el grito espantado de su amante mientras se precipitaba al recipiente burbujeante, se dio cuenta de su error.

Juan Sebastián solo pudo sacar del interior de la gran caldera la figura dorada de María, ya sin vida y convertida en puro metal dorado. Lloró largo tiempo junto a lo que se había transformado su amada, pero luego se juró que encontraría la fórmula para volverla a la vida. Pero para ello necesitaría tiempo, mucho tiempo, y no podría ocultar a las miradas indiscretas aquella extraña figura de oro que era ahora María. Así que decidió recubrirla de una gruesa capa de escayola. La moldeó sobre las bellas facciones de la mujer hasta que dejó a la vista una simple estatua de piedra que expresaba un gran dolor y pena.

Después, conocedor de que las obras de la nueva catedral estaban casi finalizadas, contactó con el maestro de obras y le ofreció como donativo la estatua. Serviría para adornar, convenientemente vestida, una de las salas de la catedral. Allí estaría a salvo de los curiosos hasta que encontrara la forma de volverla a la vida.

Desgraciadamente, el alquimista murió poco tiempo después, víctima de la peste que azotó la zona, y María aún espera la resurrección escondida en esa catedral.

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