El uno para el otro

El Doctor y Witchy Woman

escritor

Estimado Sr. Sánchez, una vez reevaluada su obra hemos decidido no publicarla. Entendemos que el tema es atractivo, pero debería replantear su enfoque, una novela negra no tiene por qué ser sucia. Para nosotros lo importante no son los lectores ni los autores, lo principal es mantener el nivel de calidad de la editorial, aspiramos a ser un referente a nivel nacional…

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—Demasiado académico para mi gusto. Se viste bien, habla bonito, lee perfecto, pero no tiene los cojones para arriesgar con propuestas atrevidas. La tensión llegó a su clímax cuando exigió reescribir el texto en un tono jovial y asequible a un público de carácter más moderado. En una palabra, convertir mi novela negra en un cuento de hadas. Su debilidad lo obligó a ceder a la presión del mercado. Nada me desquicia más que un editor pusilánime. Pensé que la misma bolsa de plástico donde me entregaron los libros de su editorial sería el arma ideal para eliminarlo sin que hiciera mucho ruido. Al mismo tiempo serviría para que sintiera la desesperación de la asfixia. También podemos arrastrarlo y tirarlo por la azotea. Creerían que se trató de un suicidio.

—Ahora entiendo por qué no quiso publicarte esa novela negra. Tus soluciones son demasiado comunes.

—Es verdad, el muy cabrón tenía razón sólo en una cosa: el final de mi novela daba asco. Acabo de encontrar uno mucho mejor.

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—Marcial, ven rápido. Están hablando en la tele del tipo ese que contrataste para matar al editor.

—¿Qué pasa?

—Era un sicario falso. Dice que, cuando se vino de Colombia, descubrió que aquí podía seguir con su profesión sin trabajar. Que no ha matado a nadie desde que llegó.

—Qué cabrón.

—Le van a meter en la cárcel por estafa y me parece que no vas a poder pedir que te devuelvan el adelanto.

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Encarna, preocupada porque su hijo se había quedado sin fondos, llevaba más de una semana ensayando el atropello y fuga con los perros del barrio. Lo más grande que consiguió aplastar fue un San Bernardo joven, que con el impacto le abolló el parachoques. Ella calculaba que un hombre de unos ochenta y cinco kilos le haría más estropicio en el Twingo y dejaría más manchas de sangre; luego tendría que llevarlo al túnel de lavado antes de llegar al taller de su sobrino. Estaba segura de que éste la reñiría por haberse vuelto a estrellar contra una farola, pero el coche quedaría como nuevo.

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Bruno y Brandon (que tenía que cargar con la lacra de haber nacido justo cuando estrenaron aquella maldita serie de televisión) eran unos fanáticos del libro de su primo y no iban a consentir que lo maltrataran de aquella manera.

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—¿Cojo la sierra eléctrica?

—Sí, pero la pequeña que es menos escandalosa.

—¿Y las tenazas?

—Esas sí. Que no se te olviden la cuerda y las grapas. Ah, y la pistola de clavos.

—Lo llevo todo en el macuto, ¿nos vamos?

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Como presidente de la comunidad, y hablando en nombre de todos los inquilinos, le solicito amablemente que abandone el edificio. La forma en que gestiona su editorial está suponiendo un serio riesgo para la integridad de los vecinos. La semana pasada una bombona de butano trucada, destinada a su apartamento según declaró a la policía el agresor, acabó por error en el 2-A y la explosión causó cortes y quemaduras a la señora Gómez. El ligero parecido que tiene usted con Damián, el portero, le ha llevado ya dos veces al hospital; primero sufrió un atropello y luego un secuestro. Gracias a Dios los atacantes descubrieron que habían cometido un error y le soltaron, no sin antes disculparse por las molestias, pero ya le habían arrancado dos dientes.

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El cielo estaba despejado. Mil estrellas en el firmamento mientras la luna me sonreía. Era el momento ideal, el escenario perfecto.

La puerta se abrió dejando entrever su redondeada silueta y el brillo de su cabeza rapada.

Le estaba colgando el teléfono a otro infeliz.

—No estoy dispuesto a entrar en conflicto con quien no lo merece. Tengo un grado de tolerancia extremadamente bajo hacia la estupidez ajena…aunque claro, debo admitir que la propia es otra historia.

Se quedó pendiente de la pantalla del ordenador un rato, como si esperara un correo de renuncia, pero no llegaba y se estaba impacientando. Yo había tardado dos días en mandarlo. Sin embargo, esta vez el agredido reaccionó antes. Le brillaron los ojos y respondió inmediatamente. Sobre la mesa tenía un contrato, debía ser el de ese tipo, lo lanzó a la papelera hecho una pelota sin mucho interés. Rebotó y acabó a mis pies. Entonces fue cuando me vio.

Se puso en pie, se acercó, confiado, sin reconocerme, y le mostré el cuchillo. Cayó de rodillas suplicando clemencia. Se lo hundí entero, mirándolo a los ojos. Quería que mi sonrisa de éxtasis fuera lo último que viera en su vida. Se desangró en menos de un minuto; como cerdo en matadero, listo para ser despiezado. Los brazos caídos a ambos lados del tronco, las piernas rígidas, la cabeza derrumbándose sobre el pecho, me hicieron recordar la ilustración de un cuento infantil. Debía sentirse en su elemento.

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Salí de la habitación sin experimentar ningún remordimiento.

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