La cocina del infierno (Final)

Fernando Morote

Queja

Clasificas a tus empleados.
Tratas a diario con un montón de criminales.
Como relacionista público eres un indigente.
Te desenvuelves mejor como sicario.
No merecen que procedas como un caballero.
Vaquero arreando ganado.
Después de elogiarlos, tienes que separarlos.
Dudas si son imbéciles o ignorantes.
Inventas ingeniosos códigos para establecer contacto.
Son incapaces de digerir tu glosario de neologismos.
Se confunden.
No entienden.
La palabra más burda les produce un derrame cerebral.
Si encontraran a la Mona Lisa en un pasillo del edificio, son capaces de tirarla a la basura.
Tomas prudente distancia.
Existe entre ellos una subrepticia interconexión basada en la raza, en el sentimiento colectivo de inferioridad, en la psicosis de víctima social.
Lo que, inevitablemente, deriva en un vasto tejido de chisme organizado.
Disfrutas despidiéndolos a domicilio.
No les quitas el empleo.
Ellos lo pierden.
Aprendiste como abogado de embargos que a un cliente nunca se le despojan sus bienes si honra sus deudas.
Gozas haciendo el trabajo sucio.
La sangre salpicando en tu cara.
No vas a exponer tu peculio por alguien que no defiende el suyo.
Hitler tenía razón.
La cámara de gas es la solución.
No es odio racial.
La estupidez es incurable.
Armángel es el campeón.
Su nombre es una mezcla de olvido y confusión.
-¿Cómo es? –ausculta el aburrido empleado del registro civil.
-Ya le dije, señor.
-¿Armando? ¿Ángel?
-No nos hagamos problemas, amigo.
-Armángel.
Bates todos los récords.
Los positivos por tu talento nato.
Los negativos por incompatibilidad de caracteres.
Ves caras conocidas en cada persona.
No captas los diálogos.
Se te escapa el hilo del argumento.
Regresas a tus raíces.
Nadie tiene la cortesía de prevenirte que en otoño amenazan los huracanes.
Recalas alarmado en uno de los refugios atendidos por la Cruz Roja.
Te apartas apurado del camino.
Las sirenas de las ambulancias y los bomberos tienen el poder de despertar nuevamente tu conciencia.
Te maravillas observando cómo es apreciado y respetado el voluntariado.
El negocio de la limpieza consiste en poner el lomo.
No olvidas que tratas con la miseria de las personas.
Bailas la danza del plumero.
Lloras el drama de las aspiradoras.
A falta de recursos, inicias prácticas de mentalismo.
Te deslizas en la sombra.
Evitas la crítica, la sospecha, la censura.
Dominas el juego de la culpa.
Lanzas a tus jefes preguntas cojudas porque tus clientes formulan pedidos ridículos.
Necesitas determinar cuál es el límite.
No quieres dar las respuestas equivocadas.
Aprendes a combatir como un peleador callejero.
Te agarran entre 3 contra la pared.
Si no te cubres la espalda te revientan a puñaladas.
Aceptas que eres un centro de reclamos abierto ininterrumpidamente.
Comprendes por qué los encargados de un departamento de quejas son tan desagradables.Ç
Encuentras el lado cómico del asunto.
Puedes seguir trabajando sin cortarte las venas.
O pegarte un tiro.
No esperas agradecimientos ni felicitaciones.
Éste es el paraíso con el que siempre soñaste.
El lugar ideal para ser anti-social.
La policía no te persigue en vano.
No es una cuestión estética.
Tema de seguridad pública.
Ese bloque de hielo sobre el techo de tu auto puede matar a otro conductor.
Nadie tiene tiempo para desperdiciar auxiliando la porquería que manejas.
Vives en un mundo absolutamente conquistado.
Casas de bowling, campos de golf y cementerios comunales comparten territorio en el paraje más recóndito.
Erras por el sistema de transporte subterráneo.
El clima te hace duro.
La nieve es bonita sólo para los turistas.
Te congelas las bolas paleando la entrada de tu casa.
El peligro se transforma en mugre.
Te llaman de la biblioteca.
Se disculpan por no poder atender tu pedido.
No puedes creer tanto interés.
Servicio de óptima calidad que ni siquiera pagas.
El exilio presenta los mismos efectos que un secuestro.
Regalas a tu jefe un par de rodilleras.
-Muy pronto tu empresa se transformará en una organización sin fines de lucro.
Calificada para competir con el Ejército de Salvación.
Con esa actitud desafiante no esperes aumento de sueldo.
Lo único que sube es la renta.
A la mínima infracción te caen encima.
¿Qué pretendes?
¿Algún grado de consideración?
No es sólo tuyo el privilegio de comer mierda y romperse el culo.
No reconoces las horas del día.
Te quedas dormido en la luz roja.
Te has convertido en un topo.
Del calendario han sido borradas la navidad, el año nuevo, la semana santa y el día de la madre.
Te olvidaste la fecha en que se festejan las fiestas patrias.
Da igual.
No tienes nada que celebrar.
Discutes a grito pelado con tu subalterno.
Te señalas el pecho.
-¿Dice en alguna parte servicio postal?
No me reclames si tu cheque no ha llegado al buzón.
No tienes un mínimo de dignidad.
Sólo tienes que pasar la voz, tocar gentilmente la bocina o hacer una señal con la mano.
Será un placer cederte el paso, dominicano hijo de la puta que te parió.
Si fueras salvadoreño tendría un poco de clemencia contigo.
No pasaste de pastor de ovejas en tu campiña.
Tu lengua no está programada para dicciones extranjeras.
Supón que consigues los papeles.
¿Dónde trabajarías?
Consultas el servicio de meteorología.
El semáforo es una trampa.
Contemplas los aeroplanos.
El cielo más transitado de la región.
Bandas de motociclistas, temporada de conciertos, venados desbocados, viñedos exclusivos, bosques de pinos, yates y veleros.
Los salvavidas no son estrellas de cine, sólo estudiantes universitarios.
Las podadoras de césped son guiadas por pieles rojas bajo la opresión de caras pálidas.
Las olas de calor llegan con olas de desmayos.
El idioma no es problema.
Si es tan peculiar y delicioso tu acento, por qué entonces tanta gente te mira como si fueras un violador en serie.
Es siempre la misma reacción.
No trates de pulirte o ser sarcástico.
Busca los dialectos.
Deletrear es un recurso.
La que más regocijo te produce es la “M” de muerte.
Es tu oportunidad de ser Hitchcock.
Te das maña, como un fino zaguero central, para meter codazos sin que te vea el árbitro.
Puedes jugar tenis después de salir de la piscina.
Nadie dirá que eres un pituco idiota.
La piscina y la cancha de tenis son parte de los servicios públicos.
Un certero y furtivo balazo en la cabeza es lo que mejor aplica en ciertos casos.
Derecho de auto-defensa.
Animales en estado de descomposición.
Tú también lo harías.
Tú también lo hacías cuando amenazaban tu espacio e invadían tu suelo.
Para qué te vas a meter el dedo tú mismo.
Tu concepto de desarrollo es copiar al que lo ha logrado.
Pobre.
Triste.
Real.
Cuando alguien de tu familia anuncia su visita, tu instintiva respuesta es esconderte.
Sabes que debes ser el anfitrión.
Se suponía que aquí ibas a estar más cerca de tus seres queridos.
No contabas con las costumbres locales.
Puertas clausuradas.
Muros inexpugnables.
Al cabo de un tiempo viéndote en acción tus jefes proclaman a los 4 vientos que eres el mejor supervisor en la historia de la compañía.
Ya estás viejo para creer esas huevadas.
Sabes por tu propia experiencia que el arte de la manipulación brilla, pero también espanta.
Cuando te llaman por teléfono mientras manejas, no contestas.
No es que obedezcas las normas de tránsito.
Ignoras el sonido por respeto a Freddy Mercurie cantando en la radio.
Al final, pese a tus oraciones, no te libraste de la guerra.
A tu edad debiste llegar como general.
En cambio lo hiciste como recluta.
Has aprendido que la única manera de sobrevivir es asumir que ya estás muerto.
Esclavo de la libertad.
Por algún motivo disfrutas que te peguen en el culo.
Ves a un novato agarrar la aspiradora.
Es como mirarte al espejo unos años atrás.
Tú también la cogías al revés.
No encontrabas la forma de encenderla.
Te enredabas en los cables.
Sientes el impulso de ayudar.
Liberar al profesor que vive dentro de ti.
Pero te arrepientes.
Cuando te acuerdas cómo eras antes de venir -sensiblón, simpático y amable-, te llegas al pincho tú mismo.
Esta ciudad, esta vida, te ha convertido en el tipo de persona que siempre quisiste ser.
Un cínico hijo de puta al que no le importa nada ni nadie.
Lo cual, para los tiempos que corren, no está lejos de ser una virtud.

—–

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Una respuesta a “La cocina del infierno (Final)

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