Gloria Mabel Velasco de Mónaco

Sus callejuelas sinuosas, empolvadas de verde, trémulas y cálidas mueren en los ríos, y antes de hundirse zigzaguean, descienden de prisa por la loma, se empujan, se mezclan, se pisan y enciman en la carrera por robarse los espacios. La que llega primero elije el agua más fresca. La sed se siente caminando el suelo.
Son tres los ríos recipientes que reconfortan y espantan cuando cargan su furia: el marrón, el colorado y el verde. Dicen los lugareños gringos descalzos con los ojos de otras tierras que, El Marrón toma el color prestado del vecino asomado tras los montes. Carga greda horadada de sus vísceras y es nutriente para los alimentos que contrarrestan la desesperanza: la mandioca y el mango.
El Colorado es sangre, trae el sello de las luchas impregnadas en su médula, del sapucay ahogado por las guerras fraternas de hace tiempo. Ni el agua de las lluvias y tormentas pueden desprender de su memoria los sucesos que arrastra, y se escucha un lamento cuando llega con fiereza en las noches del verano. El estupor alumbra al lugareño en las mañanas, remando en su canoa para enfrentarlo.
El Verde arrastra el frescor del pachulí para encender el alma, enamora y almizcla al caminante aletargado en siestas interminables por su arrullo. Pinta el aire y las nubes con su esencia y llueve savia cuando riega la vida con su trova de niebla laberíntica, para humedecer orquídeas.
Los tres invitan. Atractivos. Sus gritos, por momentos, de amantes traicionados acobardan y hacen remontar las aves en bandadas y provocar estampidas en terreno.
Los colores mimetizados suelen confundir al caminante y lo ciegan en un enredo álgido enemigo del sol que funde el aire.
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Esa tarde, yo rodaba mi inquietud por el sendero con la carga del aciago en mis entrañas. Una mujer de cabellera rubia y falda blanca, barriendo con su largo la polvareda herrumbrada, me aconsejó caminar ligera, sin darme vuelta, para llegar a buen puerto. Mi curiosidad infinita se detuvo ante un jolgorio de voces de niños, y pude ver las lianas abrazándolos entre jazmines, en un claro donde el polvo amarillo era playa. Volaban en la cola de los monos sobre la selva, y los primates hacían un chicaneo, para lograr el planeo alegórico al soltarlos.
Sentí el aroma de su frescura y abandoné la senda. Corrí, corrí, entusiasmada, vinieron a buscarme los pequeños, me abracé a sus almas que eran la mía de niña embriagada de colores, de aromas de naranja-lima y sabores dulces que treparon a mi boca. Les pregunté su nombre y al unísono corearon el nombre de su tierra: Iguazú, las aguas grandes, generosas, dominantes.
Me llevaron a recorrer con ellos el pasaje más sinuoso, donde la pendiente obliga a adherirse cual araña. Y ahí estuve en cuatro patas, arrastrando mi humanidad cuando fue necesario, crecidos los ojos más que nunca porque las iguanas se acercaban y su cuero bataráz me figuraba una serpiente. Coatíes, mariposas, pumas, acompañaban la caterva bajo un rayo de sol que alumbraba con su haz entre los pinos. Vi siluetas con voces cortando la madera, tallando formas, cocinando el caldo rojizo de esa tierra; saludaban a la energía desplazada en remolino, donde yo me encontraba.
La voz de un niño alertó el final. “Próximo, iluminado y copioso”, dijo. El eco en la piel acarició mi espanto. El espectáculo invitaba a asirse al infinito.
El cielo derrumbó en matices sobre un murmullo que aturdió toda mi historia. Se me humedecieron los ojos y salieron de las órbitas. Quedaron sumergidos en el despampanante escenario. Mis brazos se soltaron para atrapar las migajas de humedad desprendida con mis manos estiradas, que crecieron sin fin para tomarlas. Mis piernas ya no me sostenían a pesar de que los pies como garfios de águila, se aferraban al lodo y a la piedra de la orilla movediza. Y fue el instante supremo en que el columpio, que cargaba a mi alma desquiciada, se sintió liberado de la carne y me arrojó en el vuelo más eterno de todos los momentos.
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Las vi desde lo alto con su furia empequeñecida, reducida a un punto como el mundo en que viví por mucho tiempo.
Mis aflicciones se esfumaron en el humo de las cataratas que contuvieron desganadas mi esqueleto. Volé y sobrevolé la danza de movimientos más extraños ya sin cuerpo, solo hálito, en una sensación imposible de contarla. Succionada y lanzada por el viento, fugaba displicente lo vivido.
Mientras gozaba el canto indoloro de la especie, vi correr a la caterva por el sinuoso camino del regreso, cantaban, chicaban, desfilaban y armaban la ronda para acompañar otras lágrimas afluentes del interminable torrente.
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Dicen los lugareños que, en las mañanas, suele avistarse un ave con las alas recogidas sobre la piedra dura de silencio.
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Gloria Mabel Velasco de Mónaco nació en Las Palmas, Chaco. Es Contadora Pública Nacional y Magíster en Procesos de Integración, títulos otorgados por la UNNE, pero a partir de la madurez la literatura se hizo carne en todos sus espacios. A obtenido el primer premio en cuento con “Atrapado”, y primera mención en poesía con “Ella”, en la convocatoria de Premios Literarios del Bicentenario de Cuento y Poesía, 2010, de la S.A.D.E. Chaco. Publicó “Partir de Asturias”, septiembre de 2011. Participó en las siguientes antologías “Selección de las Provincias”, “Letras del Face” de Editorial Dunken, en las Antologías 2012, 2013, 2014, S.A.D.E. Seccional Chaco. Obtuvo la Primera Mención Nacional 2013 en poesía, S.A.D.E. -filial Sáenz Peña-, con “Canto al Río Negro” y la Segunda Mención Nacional 2013 en cuento, S.A.D.E. -filial Sáenz Peña-, con “Destino de torero”. Publicó “Sucesos entre paréntesis”, marzo 2014. Obtuvo el Segundo Premio en el Concurso Provincial de Novela José Chudnovsky, convocado por el Instituto de Cultura del Chaco, con la obra: “Sucesos entre paréntesis” y el Primer premio “Concurso VII – Relatos Asombrosos”, 2015 – Corpus – Misiones.

Hermoso relato, en que la protagonista describe su camino a lo infinito