En rojo: “Blues nocturno (II) La fiesta fue toda mía”

Harry Rainmaker

Cama solar

Con lo vecinos entregados a insultante jarana, poca resultó la dádiva del sueño y a la mañana siguiente me asustó el rostro que me devolvió el espejo. Parecía que el de la fiestita había sido yo. Daba miedo. Unas ojeras violetas, los ojos enrojecidos, los pelos revueltos y una lividez espantable. Repasando las actividades del día, recordé que por la noche debía asistir a una comida de negocios. Parecía el alma en pena. En mi escritorio tenía algunas máximas de Aristóteles Onassis. Una decía: “Mantenga la piel bronceada, aunque para ello deba recurrir a una lámpara. Para la mayoría de la gente, el bronceado invernal quiere decir que usted viene de un lugar soleado y para todo el mundo sol, significa dinero”.

Haciéndole caso al magnate griego, consideré que si me daba una vueltita por el salón de bronceado contribuiría a mejorar mi aspecto de involuntario fantoche. Estaba a un par de cuadras, así que podía volver para bañarme y afeitarme y aún así, llegar con tiempo a la oficina.

En la recepción del lugar trabajan dos señoritas. Una de ellas, una verdadera deidad reencarnada, voluptuosa por donde se la mire, una constante invitación a la lujuria. Alguna vez, durante una temporaria separación, habíamos tenido un par de encuentros románticos. El retorno de la ingrata truncó cualquier tipo de relación ulterior, pero siempre tuve para mí que el vínculo mucho no iba a prosperar. Era una verdadera lástima porque tanta belleza se deformaba por la chillante personalidad de una presentadora de programa de chismes. Además, al menos conmigo, siempre había tenido un lastimoso desempeño horizontal. La otra chica, su compañera en el mostrador, era de lo más regular, tirando a poco atractiva, más bien taciturna, distante y silenciosa, siempre leyendo algún libro, casi una sombra difuminada contra la pared, que se limitaba a sonreír cuando con palabras galantes me veía abordar a su colega.

En cierta oportunidad, una de las tenidas amorosas se había desarrollado allí mismo, en el cubículo de la masajista, sobre una camilla. Finalizada la faena, entre que nos alisábamos la ropa y recobrábamos la compostura, recuerdo haber fantaseado en voz alta sobre cómo se sentiría que me diera una fellatio in ore mientras tomaba pantalla facial. Ella sonrió prometedora pero lo dicho, la reaparición de la arrepentida, impidió su concreción.

Las chicas me recibieron alborozadas pero preocupadas por mi deplorable aspecto. No me costó mucho poner cara de recién separado y relatar, con la adición del algún detalle salaz, los eventos escaleras arriba de la noche anterior. ¡Ah las palabras, que mágico efecto! A medida que iba desarrollando la historia, mi amiga comenzó a dar muestras de cierta inquietud corporal y una ingente necesidad de mordisquear un lápiz. Su compañera, como siempre, no decía nada, pero su respiración se había tornado un tanto más profunda y rítmica. Con la seguridad de haber logrado el efecto deseado y con la esperanza de un pronto reencuentro, me dirigí hacia el sector de las máquinas de bronceado.

En el habitáculo Nº 3 me tocó un aparato que nunca había visto, una especie de nave espacial, con una suerte palanca gigante al costado del sillón, que se balanceaba sobre un eje central y que una vez sentado, había que traer desde detrás hasta el frente, quedando en cierta forma prisionero de los paneles lumínicos. Me quité la camisa, puse la ficha en la ranura, me senté, pasé la máquina por sobre mi cabeza y cerré los ojos.

En medio del zumbar del ventilador de las pantallas, alcancé a percibir que alguien descorría la cortina. Una voz, la de mi amiga, me dice por encima del adormecedor sonido:

– No te asustes, soy yo. Estás tan tenso, que te hace falta un alivio. Quedate quieto. Y no abras los ojos que te vas a quedar ciego.

Sin esperar mi aprobación, unas manos diligentes se posaron sobre mi entrepierna, bajaron la cremallera, maniobraron un poco y finalmente liberaron mi miembro. Y sin otro preámbulo, comenzó a darme una mamada, directa, frontal, sin ningún tipo de jugueteo ni detalle. Con simpleza, acomodando la cavidad bucal como destino, subía y bajaba, dejando entrar mi carne hasta casi la garganta. Pese a lo incómodo de la situación, sentí mi trozo crecer contra la piel, la lengua golosa, los dientes. Con efectiva sencillez, subía y bajaba, subía y bajaba, sin ayudarse con las manos, sin otra caricia que el aliento, la creciente saliva, los renovados bríos. Cada vez mejor, esa boca infernal se tornó como un estrecho guante, engullendo todo. Con alegría pensé: «¡Cómo ha mejorado esta chica ! Se conoce que alguien se tomó el trabajo de enseñarle cómo era este asunto…».

Entre la caricia que estaba recibiendo y la llama artificial en el rostro, mi temperatura corporal clamaba por una rápida definición. Empecé a apurar los movimientos de mi cadera, que mi amiga amortiguaba gustosa. Un par de empujes más y me derramé en su boca, apenas conteniendo los gemidos que su hacer me arrancaba. Me dio la impresión de que, a diferencia de las anteriores, esta vez no se había tragado todo pero no descarté que el calor me estuviera haciendo confundir los protagonistas o algo así.

Por fortuna, se apagó la luz bronceadora, quedando el zumbido del ventilador. Quise acariciar agradecido a mi benefactora pero el deslizar de la cortina me anunció que se había retirado. Apenas se prendió la luz verde, deslicé la máquina hacia atrás, presuroso me sequé con una toalla, me acomodé la ropa y salí a buscarla. La encontré detrás del mostrador, corrigiéndose el lápiz labial con estudiada distracción. Se miró en el espejito con exagerado gesto y luego se dignó levantar la vista fingiendo sorprenderse por mi presencia.

– ¿Ah, ya estás acá? –continuó con la farsa– para la próxima visita te vamos a tener que dar una lámpara menor, porque estás colorado como un tomate – y empezó a reírse a carcajadas sin aguantarse.

– La próxima visita – le contesté con idéntica petulancia – que sea en casa, así cumplo tu fantasía del hielo y de paso te devuelvo el favor. Estuviste fantástica, no sabés cuánto te lo agradezco – agregué un poco apresurado, porque su compañera regresaba desde los baños y recordaba que todas estas cosas le provocaban algún rubor.

– A mí no tenés que agradecerme nada – prosiguió haciéndose la ofendida.

– Vamos ricura, que has estado estupenda – le dije con total sinceridad.

– Pero te he dicho que a mí no tenés que agradecerme nada, que yo no he sido –insistió inquebrantable.

– Bueno, está bien vos no fuiste. Pero te pido un favor, agradecele entonces al espíritu impuro que tomó posesión de tu cuerpo, felicitalo calurosamente de mi parte y ya que estamos, dale mi número de teléfono para evitarnos la intermediación – resolví, un poco hastiado ya de su tonito chillón.

– En todo caso, al espíritu que tenés que agradecerle está parado detrás de ti… –señaló con el gesto por encima de mi hombro.

Giré la cabeza justo para alcanzar a enfocar cómo su compañera bajaba la mirada y desaparecía rauda hacía otro sector. Me quedé como muerto. Para broma ya había ido demasiado lejos y para el Día de los Inocentes faltaba mucho.

Entre carcajadas, mi amiga me explicó que su compañera solía deleitarse con las anécdotas amorosas que le relataba a su pedido, reclamándole en especial descripciones detalladas de las actividades sexuales. También le había confesado que la fantasía de una mamada durante el transcurso de una sesión de pantalla facial le había quitado el sueño (y la salud…) en más de una noche. Que por más que la alentó de varias formas para que se decidiera a realizarla con algún cliente, nunca la pudo convencer. Y como esa mañana yo había venido en un estado lamentable y era en definitiva, el titular de la fantasía que durante tanto tiempo había transitado sus noches, la pobre chica se había animado.

– Pero no le digas nada – me advirtió – que se va a morir de la vergüenza.

Apenas si terminé de escuchar la explicación, giré sobre mis talones para ir en su búsqueda pero no alcancé a avanzar sino unos pasos cuando me sobresaltó el teléfono celular y la metálica voz de mi secretaría, desesperada, que reclamaba mi urgentísima presencia.

Prometiéndome volver para al menos agradecerle en persona e invitarla a salir, me fui presuroso a mi departamento, para afeitarme y darme una ducha. Antes de entrar al baño, prendí el equipo de música. Seguían los blues, pero esta vez era Howlin’ Wolf quien cantaba:

One summer day, she went away;

Gone and left me, she’s gone to stay.

A now she’s gone, but I don’t worry:

I’m sitting on top of the world.

Esta vez, la fiesta fue toda mía.

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