Los testamentos de Pasolini

Pedro A. Curto

Pasolini

Cuando la noche, del uno al dos de noviembre de 1975, Pier Paolo Pasolini era asesinado, estaban matando a un poeta, un ensayista, un novelista, un cineasta, un intelectual rebelde, un religioso ateo, un homosexual militante, un marxista crítico, un provocador lúcido, un renacentista hereje que odiaba al poder y tenía una cosmovisión propia y radical como pocas han existido.

Tras la muerte de Pasolini se estrenaba su última película, Saló o los 120 días de Sodoma y se publicaba un libro, La divina mímesis, cuyos escritos eran de los años sesenta, pero representan una síntesis de su pensamiento más profundo, de sus brutales contradicciones y el valor de su coherencia. Estas dos obras, junto a un proyecto de monumental novela, inacabada, Petróleo, asoman como el colofón de un mensaje desesperado de quién hoy, a los cuarenta años de su muerte, se puede decir que ejerció como visionario, aún quizás no pretendiéndolo.

A través de unas escenas duras y en ocasiones repulsivas, la película utiliza a Sade y la breve Saló de Mussolini, como metáfora de la crueldad del poder y de la utilización del cuerpo como medio de dominación y sumisión. Una relación que está presente, de una u otra forma, en buena parte de su obra, así explica respecto a la película: “El sadomasoquismo forma parte del hombre. Existía en la época de Sade y hoy, pero esto no me interesa. Me importa el sentido real del sexo en mi película, que es una metáfora de la relación entre poder y sumisión. Todo el razonamiento de Sade tiene una función muy específica y clara, la de representar lo que el poder hace del cuerpo humano, el desprecio al cuerpo humano (…) la anulación de la personalidad del otro.” Y Pasolini no sólo habla del viejo fascismo, sino del poder que destruye los sistemas comunitarios básicos, de su comunicación e interrelación, aplastados por un falso progreso, en especial el tecnológico: “Ya no hay más seres humanos, solo extrañas máquinas que se abaten unas contra las otras.” Así fija lo que serán dos de sus obsesiones, la destrucción de las comunidades campesinas en una industrialización acelerada y sin rumbo, como la que se produce en la Italia de su época, y el subproletariado (formado precisamente por gentes procedentes del mundo rural), y que se asienta en las periferias de las grandes ciudades. Un subproletariado que él conoce y del que se empapa, cuando emigra a Roma en difíciles condiciones económicas. Su película Acattone, es una apología del mártir subproletario, un canto a la marginación. Un subproletario que él ve como parte de la hegemonía de la que hablase Gramsci, alejándose de algunas teorías clásicas del marxismo que recelaron de lo que llamaron lumpen. Y se quejaría amargamente de cómo esta gente va siendo destruida, reduciendo lo que son sus señas de identidad en base a lo que serán dos elementos contra los cuales arroja sus críticas: la televisión y el consumismo. “No hay dudas (se ve por los resultados) de que la televisión es autoritaria y represiva como no lo fue jamás otro medio de información en el mundo”. Dibujaba un panorama de alineación por un lado y del poder de quién maneja esos medios; estaba divisando antes que nadie, lo que sería décadas más tarde la Italia de Berlusconi. No sólo supo ver el momento histórico que estaba viviendo sino que, además, logró anticipar las claves del mundo contemporáneo. Pero la mirada de Pasolini no es en absoluto nostálgica, hacia los mundos perdidos, sino a los que esos mundos no han podido ser, a que en sus cenizas no quede esa chispa que, como dijo el poeta José Emilio Pacheco, siempre llama al incendio. Y todo ello lo contempla con un profundo sentimiento de pérdida, de que no hay vuelta atrás, de que el neocapitalismo, por el contrario a lo que anunciaba la burguesía ilustrada, es autodestructivo. En La divina mímesis, confiesa: “Alrededor de los cuarenta años, me di cuenta que me encontraba en un momento muy oscuro de mi vida. Hiciera lo que hiciera, en la selva de la realidad del año 1963, año al que había llegado, absurdamente impreparado para la exclusión de la vida de los otros que representa la repetición de la nuestra, habría una sensación de oscuridad.”  Aunque tardaría doce años en morir tras escribir esta reflexión, no lograría librarse de esa oscuridad, a pesar del éxito de sus películas, de sus libros, de su presencia pública, quizás sintiese que su permanente provocación (tuvo 33 procesos judiciales, absuelto de todos), era estéril, que la luz, por la cual él proclamaba luchar, era vencida por una oscuridad llena de glamur y luces de neón. “La destrucción es aún más grave, pues no estamos entre escombros, por desgarradores que sean, de casas y monumentos, sino entre escombros de valores humanos.”

En la última entrevista televisiva, le preguntan a Pasolini: “¿Siente nostalgia de la época en que la gente le insultaba por la calle?” Y él responde, con tranquilidad, esbozando una leve sonrisa de sus delgados labios: “Me siguen insultando”. A lo que el entrevistador le vuelve a preguntar: “¿Y eso le causa un cierto placer?” A lo que él responde: “No lo rechazo porque no soy un moralista.” Es un maldito, escéptico y triste, que acepta su malditismo, porque sabe que sólo de esa forma, desde los márgenes, podrá acercarse a una cierta verdad, a la luz que él buscaba. En la película Pajarito y pajarracos, el cuervo protagonista se presenta con lo que podría ser una tarjeta de visita del propio Pier Paolo Pasolini: “Vengo de lejos… Soy extranjero… Mi patria se llama Ideología… Mis padres son la Duda y la Conciencia, mi mujer es la señora Cultura, y mi familia es la Humanidad.”

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