Entre el sueño, eros y tánatos

Pedro A. Curto

Fernandez Arguelles

“Escribí en el arenal/ los tres nombres de la vida: /vida, muerte, amor.” Son los versos del poeta Miguel Hernández y como éste, el escritor asturiano José Manuel Fernández Argüelles, aborda estos temas en su último libro, de relatos, que acaba de ser publicado: “Sueños, amor y muerte”. Dividido en tres partes separadas, cada una de ellas responde al título, el mundo onírico, el amor y, finalmente, la muerte. Aunque esa división no evita que unos relatos están invadidos por unos u otros aspectos, y es que resulta difícil expulsar de nuestros sueños el amor, la muerte y también que en la muerte, no aparezca en el amor o al revés. Así, en uno de los relatos correspondientes a sueños, acaba de esta manera: “Si ella realmente estaba allí, quizás todo comenzase a ser de verdad nuevo”, se plantea un hombre sumido entre la realidad que le rodea y la irrealidad que crea su mundo onírico, buscando la presencia de su mujer muerta. Los relatos son inconexos e independientes unos de otros, como jugando con el azar temático, mostrando diversos aspectos, a pesar de lo cual sí observamos una unidad: la del estilo. Narrados la mayoría en primera persona, parten de una experiencia vital, de algo que conmueve y trastorna a los personajes, que lo trasmiten, en su mayoría, desde una perspectiva escéptica, con la que se contempla el mundo y lo que le sucede, en ocasiones, con un gesto de sorpresa: “Una tarde, Marta vio una pareja besándose en la calle. Los miró embelesada hasta que el joven apasionada puso en ella unos ojos molestos. Marta se vio asombrada de que aquella ternura existiese”, se asombra una mujer maltratada. Y es que el amor que se plantea Fernández Argüelles, no se contiene de mucha pasión, ni erotismo, aborda el amor en su concepto más universal, no solo el de la pareja, y abunda el desamor, la perdida, aunque sea de una forma tranquila y sin tragedias, lejos del locus amoenus. Igual ocurre con la muerte, a la que se observa con desconfianza, pero sin rechazo, colocando al ser humano en una antesala, con una forma de narrar donde lo más trágico adquiere un ritmo sereno, poético incluso, como algo que sucede en lo inevitable: “Hierros sin sentido ni forma. Hierros como brazos sin amor sobre un cuerpo impotente. Estaba sujeto por un animal inmenso, duro y de movimientos lentos pero seguros”, describe así a la víctima de un accidente de tráfico.

Si algo pueden definir los relatos de “Sueños, amor y muerte”, es la del ser humano perplejo ante lo que le sucede, sorprendido de sí mismo, que bien acepta o se revela de un modo quijotesco –lo que le conecta con otras de sus obras–, lo cual le suele proporcionar escasa fortuna, salvo la de seguir vivos, aunque sea en la muerte o en el sueño.

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