Los quehaceres de un zángano: “Relato fútil escrito en lengua decadente”

Fernando Morote

Fernando

 

 

Fernando Fernández salió afuera, dejando atrás suyo el hospital, y empezó a caminar, a caminar, a caminar. Hasta que se cansó. Llegó a su casa. Se detuvo sobre el umbral de la puerta. Dudó. Dudó otra vez. Dudó una vez más. Finalmente entró adentro. Puso el sobre sobre la mesa, se sacó el saco y se dejó caer en un sillón frente al televisor. Estaba solo con su persona.

—En situaciones como ésta me arrepiento de no tener una mujer. Debí casarme. Sobre todo siendo ésta la última situación.

—No. Así estoy bien. Casarse sólo para no quedarse solo es algo que sólo los imbéciles hacen.               Encendió el televisor. Fútbol. “En cualquier momento, amigos televidentes, reiteraremos para ustedes la repetición del sexto gol que acaba de recibir la valla nacional en…”. Cambió de canal. Tenis.     “¡Maravillosa jugada de nuestra pareja de dobles conformada por…!”.

—Malos de mierda.

Otro canal. Programa político. “Yo considero de que…porque pienso de que…disculpe doctor, pero me parece de que…no, lo que yo manifiesto es de que…sin embargo creo de que…y yo le aseguro de que bajo todo punto de vista…”.

—¡…No se ve nada, pues animal! —masculló entre dientes.

Nuevo canal. Noticiero. “Estamos informando en vivo y en directo desde la Fábrica de Mechas, donde hace exactamente algunos días…”.

—Bueno, todos tienen derecho a ser estúpidos.

Apagó el televisor. Meditó un rato frente al televisor apagado. Respingó la nariz.

—Huele a planta —se dijo.

—¿A planta? —se preguntó para sus adentros.

—A planta de pie —se contestó.

—Debo lavarme los pies más seguido. Por lo menos que me encuentre con los pies limpios.

Dejó el sillón y subió arriba. A su cuarto. Se acostó en su cama en posición fetal. Liberó un pedo. Miró por la ventana. Un pájaro defecó en el alféizar. El cielo se nubló de estiércol.

—Ah, mi vida…

La sirvienta golpeó la puerta.

—Pase adelante.

—Su hermana de usted está abajo, señor. Quiere verlo.

—Dile que se muera.

—Le ha traído un postre riquindísimo, señor.

—Que se muera con su postre.

—Con su canela más está el postre, señor.

—Mm.

—La señora ha venido también más antes, señor. Cuando usted no estaba.

—Anda, vete afuera.

—¿No quedrá verla usted después, señor?

—¡Fuera, mierda!

Se levantó bruscamente de la cama y echó a la sirvienta de una patada en el trasero. La mandó con efecto a través de las escaleras hasta el primer piso. Abajo la recibió su hermana. Su hermana de quién, señor.

—Me doy cuenta que mi hermano sigue igual. Hace algunos años atrás todavía pasaba. Pero ahora está insoportable. Es la falta de mujer. ¿Por qué no te acuestas con él de vez en cuando, hija? A ver si le cambias el genio, caramba.

—Muy bien, señora. Como usted diga.

—¿Está él acostado ahora?

—Sí, señora.

—Bueno. De todos modos tengo que hablar con él. Voy a verlo.

La mujer no golpeó la puerta del cuarto; entró nomás. En este sentido, el hambre hace más cultivados a los sirvientes. Fernando Fernández saltó sobresaltado sobre la cama y se cubrió violentamente el aparato reproductor. Su hermana lo pilló en plena masturbada. La última, tal vez. Sin levantarse, se subió rápidamente los pantalones, se los acomodó de cualquier manera, y adoptó una pose hierática.

—Vete —le dijo.

La hermana se molestó:

—El hecho que yo no haiga logrado tener todo lo que tú tienes no te da derecho a tratarme así. Soy tu mayor. Delante de mí podrías tener un poco más de consideración para mi persona.

—No friegues.

—Anoche me soñé contigo. Por eso he venido. Me soñé algo feo.

—Si has soñado conmigo tiene que haber sido feo. Yo soy feo.

—Siempre tan seco. Me recuerdo cuando eras niño y tú estabas siempre cerca de mí. ¿Te acuerdas esa vez que…?

—Vete. No quiero hablar.

—Debes de…

—Lárgate.

—¿Ya comistes?

—No.

—Pero me supongo que…

—Me voy a morir. Vete.

—¿Qué dices?

—La verdad.

—Hace tiempo que decir la verdad dejó de ser una virtud.

—Pero sigue siendo la verdad.

—Me haces confundirme. ¿Por qué estás en contra mía? Siempre fuistes sarcástico, pero esto ya es el colmo. La vez pasada pasé por…

—Ya me cansaste. Lárgate.

—Creo de que debistes de haber previsto…

—¡Largo!

Se puso de pie y a empujones llevó a su hermana hasta la puerta.

—¡Pero no puedes dejarme así! —reclamó ella— Necesito plata. Si no, ¿cómo como?

—Ése es tu problema. ¡Fuera!

Cerró la puerta de un portazo. Se compuso los pantalones, se abrigó bien y bajó abajo. Le preguntó la hora a la sirvienta —“Son la una, señor”— y salió afuera. Caminó largo rato. Respiró abundante smog. Se mareó. Sintió un dolor vallejiano. Luego, otro físico. Se desplomó. Clonc, sonó su cabeza contra el cemento. Pasaron quince minutos. Varia gente también pasó. Y lo miró. Es un borracho. ¿Quién se preocupa por el prójimo abandonado en la vía pública? Nadies. Pero, por Dios Santo, ¡qué sería de la vía pública sin cristianos! Se acercó un abogado. Le palpó la yugular y miró a su alrededor. A su alrededor de quién, señor. La indiferencia colectiva le puso las manos en la cara.

—¡Es una persona humana! —bramó indignado el abogado.

Pobrecito. Se acercaron más personas humanas.

—Recién se ha muerto ahorita —afirmó un hombre fucsia.

—Lo mató la calor —opinó una señora que vendía limonada.

Fernando Fernández eructó clandestinamente su último estertor. Una vieja cucufata creyó que se había producido un milagro.

—¡Ha resucitado un muerto! —gritó, aplaudiendo al cielo.

—¿Se suicidó él solo? —preguntó un muchacho joven, recién llegado.

—No estábanos aquí cuando pasó —respondieron otros muchachos jóvenes.

—Lo fusilaron vivo —dijo gravemente un estudiante universitario.

—Seguramente ha tomado veneno —comentó otro, que estudiaba medicina. “Algún veneno dañino”, especificó.

—No —replicó un médico genuflecto junto al cuerpo. Y concluyó, diciendo: —Murió de un infarto al corazón.

Efectivamente, Fernando Fernández murió en un día de sol, como los mejores, con los ojos volteados y la lengua afuera.

—–

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