La dulce perrita de Tilcara

Alberto Ernesto Feldman

Perrita

Ahí llega otro ómnibus. No sé si quiero desperezarme un poco y levantarme. Estoy tan bien, hecha un ovillo, toda calentita debajo de este asiento de la Terminal… y además, en la última hora llegaron tres ómnibus y nadie me dio bolilla. Los que vienen muy temprano están medio dormidos y a veces sin querer me pisan, la culpa es mía por ponerme delante, pero igual creo que si son tan inteligentes como parecen, caminando todo el tiempo en dos patas, debieran tener más cuidado: al Barbincho, la semana pasada lo dejaron rengo de un valijazo, y al Tostadito, que duerme frente a la oficina de “La Veloz del Norte”, cada dos por tres lo patean porque es medio lento de reflejos.  

¡Menos mal que en Tilcara nos quieren y estamos bien alimentados, que si no fuera así ya estaríamos todos enyesados hasta las orejas!…

Me parece que hoy no va a alcanzar con mover la cola y mirar con ojos tiernos para ganar una caricia, pero, pero, pero… ese viejo que viene con la mano planeando derecho a mi cabeza… ¡Cuidado, a ver si me saca un ojo!…humm, me rasca suavemente el lomo … humm, me parece que hoy es mi día…

¡Voy a hacer como que miro para otro lado y me arrimo despacito para no hacérsela tan fácil,… nosotros también tenemos nuestro amor propio!…   ¡Por San Roque, que este tío tiene en los zapatos y los pantalones los olores de todos los perros del país! ¡Es uno de nuestros simpatizantes! ¡Qué suerte tengo, el Tostado y el Barbincho se lo perdieron por dormilones!… Si me pide la pata, se la doy, que para algo lo aprendí. Y pancita le hago aunque no me lo pida…¡Miren como me mira!… ¡Es todo mío! Si se inclina un poco más, ¡le doy un lengüetazo en la cara para que sepa cómo lo quiero!

 .

-Alberto, hacete cargo de la valija y dejá ese perro tranquilo, que después se encariña y todos sufrimos…

-¡Nora, mirá como me da la pata! ¡Perrita, dame la pata! ¡Bien, perrita, qué inteligencia! ¡Lo único que falta es que sepa hacer pancita!… ¡Mirala!… ¡Hizo pancita sin que se lo pida!… ¡Bien, perrita! ¡Muy bien!

 .

“Perrita” aquí, “Perrita” allá. Cuando era más cachorra me llamaban “Fueradeaquí”. Parece que ahora me llamo “Perrita”, mucho no me gusta el nombre, pero me lo dice tan lindo que me voy a dar por aludida y los voy a acompañar hasta el hotel antes de que la mujer se me ponga  en contra otra vez, y voy a repetir varias veces el número de la pancita por las dudas; no tengo que dejar que decaiga la atención.

Me parece que esta noche no duermo en la Terminal, me mudo a la puerta de ellos y cada vez que salgan los recibo con alegría y los acompaño bailando. Seguro que sigue la  fiesta, como ahora, que estamos subiendo la cuesta hacia el Pucará y yo giro alrededor y él me mira a los ojos y me palmea el lomo cada vez que paso por delante y yo me detengo y lo miro fijo y el dice: “¡Que tierna!” Y a mí se me humedecen los ojos y a él también. Y la mujer, que se llama Nora, también dice: “¡Cuánto amor!” Y también me acaricia para no quedarse fuera de la cosa…

 .

Y con Perrita vamos a todos lados. Camina con nosotros; nos espera en la puerta de los Museos de Tilcara, esta pequeña ciudad dueña de una movida histórica, cultural y artística tan especial.

Se pasea curiosa por los puestos de los artesanos cada vez que vamos a la feria de la Plaza Álvarez Prado y nos acompaña hasta el ómnibus en las excursiones que hacemos a San Salvador, Humahuaca y Purmamarca. Al regreso, nos espera siempre en la Terminal, y se alegra igual que nosotros con el reencuentro. Todas las mañanas la encontramos junto a la puerta y su mirada pregunta: “¿Adónde vamos hoy?”

Una noche, en el recital de esos tres jóvenes que con tanta calidad tocaron sus variados instrumentos y cantaron música folclórica de toda Latinoamérica en el primer piso de esa pizzería tan cálida, ella subió los escalones de dos en dos, se adelantó a señalarnos la mesa y se sentó contra la pared. No hubo forma de echarla. Tolerada por todos, pareció disfrutar del concierto tanto como el público que llenaba el salón, y no molestó en absoluto. En ningún momento pidió comida. Sólo miraba todo con gran interés y cada tanto se cercioraba de que todavía estábamos allí. Al fin se durmió; había sido un día muy agitado.

Salimos de allí con la idea de llevarla de alguna forma a Buenos Aires y sumarla a nuestra casa, que ya cuenta con otro perro entre sus miembros. Aunque siempre tuvimos inclinación por los animales, Perrita nos conquistó el corazón como ninguno antes, pero el último día, mirando las hermosas montañas que rodean Tilcara por todos lados y la libertad y la alegría con las que se movía, nos dimos cuenta que era una crueldad condenarla a un departamento en la ciudad, y cambiarle este hermosísimo paisaje jujeño por el cemento y los semáforos de la Capital.

Juro que vi como se le nublaron los ojos cuando vio las valijas y nos acompañó por última vez a la Terminal. Jugó un poco con desgano y no me dio la pata cuando se la pedí. Me miró fijo un tiempo interminable y no le pude sostener la mirada.

Subimos al ómnibus y no quise mirar por la ventanilla ni que me viera. Ella se sentó en el suelo, al lado de la puerta, y esperó, como quien no quiere la cosa, que el coche arrancara. Entonces empezó a correr, adelantándose por momentos, cruzándose por delante, y cuando salimos de las estrechas calles del pueblo y entramos en la ruta, se detuvo y con la cola baja volvió lentamente camino de la Terminal.

-¡Viste Alberto, te lo dije, todo muy lindo, pero terminó mal, no aprendés más!… ¡Mirá si teníamos que despedirnos de aquí con tristeza!

-Yo no estaría tan seguro de que sea así, Nora. A lo mejor Perrita piensa lo mismo que yo, que algo es mejor que nada, y que fue bueno mientras duró… (Al menos eso es lo que yo necesito creer…)

 .

¡Otro que se va! ¡Qué lástima! Me gustaba mucho como me decía “Perrita”. Yo hice todo lo posible para que se quedara, pero no pude hacer más; los perros tenemos pocos recursos para promocionarnos. Y bueno… igual no me quejo, algo es mejor que nada… ¡Y qué bueno fue mientras duró!…                                        

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