Adiadococinesia

Alberto Ernesto Feldman

Isla

Esta palabra, que suena al oído como cabalgando entre la Gastronomía y la Geografía, define la incapacidad para coordinar y realizar rápidos movimientos voluntarios de carácter alterno. Cuando su origen es orgánico, representa una disfunción del cerebelo, pero puede deberse a otras causas.

La conocí cuando consulté a un neurólogo por algo que me llama la atención desde hace muchos años. En principio afecta más mi curiosidad que mi salud, y constituye un enigma que espero poder resolver.

Desde muy chico sentí una gran atracción por el agua, pasión que conservo hasta hoy, rondando los setenta años. Cuando cumplí ocho, mis padres, atendiendo a mis deseos, como regalo de cumpleaños me asociaron a un club importante y disfruté dos veranos en un natatorio olímpico.

En esa época veíamos las coloridas películas de la nadadora Esther Williams, a la que mi madre adoraba, gusto que compartía conmigo. No perdíamos ningún estreno de ella, tan popular en los cines de los años cincuenta, y era mi heroína y mi ejemplo.

Mientras tanto, yo hacía en el club todas las monerías; me arrojaba desde el trampolín más alto haciendo morisquetas o girando en el aire. La plancha no tenía secretos para mi; boca arriba, boca abajo, el rodillo, la vuelta carnero, ¡hasta me podía acostar con las manos bajo la nuca y simular que dormía la siesta flotando tranquilamente en el centro de la pileta!

Lo único que no pude aprender nunca es a nadar. En cuanto intento avanzar en cualquier estilo, automáticamente las piernas y los brazos cesan de obedecerme y me hundo. Ningún profesor de natación pudo conmigo pese a sus esfuerzos y a los míos.

En el mar es igual; no me asustan ni la profundidad ni la inmensidad, pero si estoy a más de diez metros de la playa y las olas no me ayudan, soy incapaz de regresar por mis propios medios. Lo malo de esto es que como no temo al agua y me encanta zambullirme, no mido el peligro.

Así fue como desde el muelle de una isla del Tigre, donde con mi familia y unos amigos festejábamos la llegada del año 2000 y mi cumpleaños número sesenta, me arrojé al agua, y para hacerme el gracioso, hice la plancha, crucé las manos bajo la nuca y simulé estar dormido, como hacía en el natatorio cuando era chico. Con los ojos cerrados, no advertí que la fuerte correntada me había arrastrado más de doscientos metros, por el medio del ancho río Luján. Fui rescatado por la oportuna aparición de un isleño, avisado por mis familiares, que desde el muelle contemplaban horrorizados, conociendo mi dificultad, como me alejaba sin darme cuenta.

El susto fue muy grande y entonces, por primera vez, decidí averiguar por qué razón, si no tengo miedo al agua, no puedo aprender a nadar.

El neurólogo que cité al principio no encontró ningún signo de lesión orgánica y me derivó a un psicoterapeuta. En la segunda sesión pude recordar y contar una vieja pesadilla fruto de una realidad angustiante, realidad que seguramente está en el origen de mi antigua incapacidad.

Estamos en la casa de Arielito, el niño que yo fui, un día de febrero de 1950. Está amaneciendo un hermoso y caluroso domingo. Es el primer domingo sin mamá.

Un viento matinal agita, con un susurro, las hojas del tupido parral que crece falto de cuidados, lo mismo que las plantas y las flores, mustias y sedientas.

Los sonidos de la mañana entran por la ventana que da al jardín. En el pequeño cuarto, un chico de diez años se despierta tembloroso y palpitante, se seca la cara transpirada con la sábana y le habla a Tobi, el perrito que su papá le trajo la tarde anterior y que acariciaron los dos un largo rato sin decirse palabra. Todavía huele a leche materna y durmió a los pies de su pequeño amo, como lo hará todas las noches hasta el fin de ese verano, cuando las heridas de los dos cachorros comiencen a cicatrizar.

-¿Sabés, Tobi?.., tuve una pesadilla: soñé que estaba a la orilla de un mar transparente y sin espuma, y frente a mí veía una pequeña isla, apenas más grande que el castillo que contenía en su interior, y desde una pequeña ventana en la torre más alta , algo o alguien me llamaba …y yo tenía necesidad de llegar allí.

Entonces me zambullí y nadé y nadé, mirando unas veces la isla que me atraía y, otras veces, hundiendo la cabeza, el fondo de ese mar, claro como un vaso de agua, y vi los negros erizos de ojos dorados, y entre los desfiladeros y las cordilleras de coral, en todas direcciones, se cruzaban miles y miles de peces de todos los colores y tamaños, que me deslumbraban y me maravillaban, y yo seguía nadando y nadando, y aunque más me esforzaba, más y más pequeña se hacían la isla y su castillo, y ya no pude oír más la voz que me llamaba, y me cansé tanto que aflojé los brazos y todos mis músculos y me dejé flotar a la deriva.

Tenía un cansancio y una pena tan grandes, que ya nada me importó.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .