Chácara

Mariana Ruíz

abuela-y-nieta

Piedras derrochadas.

Magnas casonas de flores marchitas e inmóviles figuras, engalanan las callecitas empedradas.

Múltiples errantes perdidos sin rumbo. Ni fin.

Esplendorosas avenidas de perdurables horizontes, en las cuales los rayos del sol no permiten distinguir con visibilidad dónde termina y empieza el camino.

Mansa brisa despeja las hojas caídas de vigilantes árboles enraizados por el paso del tiempo que apartan con gracia la vía a seguir.

Pájaros cantores y sonidos matinales acompañan el inicio de una hermosa mañana.

Sabemos por dónde ir, tan solo deberemos buscar los indicios que indiquen los lugares en los cuales detenerse: la arboleda que da sombra, las nacientes flores que en primavera adornan el silencioso y profundo descanso, la madera tallada, perfecta y pulida, rodeada de rocas de granito, entradas subterráneas de oscuros y frescos pasillos.

Inclinamos nuestras cabezas y con los ojos cerrados hacemos la persignación, una leve sonrisa en la comisura de la boca exterioriza un pensamiento agradable y nostálgico, una pequeña oración, una florcita de regalo, y a seguir.

A través de las fotos y relatos que mi abuela me contaba, iba creciendo en mí la curiosidad por conocer las vivencias y costumbres de aquellos familiares no reconocidos. Registraba en cada lugar el nombre y la anécdota.

Luego de las frenadas obligadas, continuábamos andando y el paseo comenzaba a ponerse interesante. En ese punto, las dos sentadas en un banco, en medio del gran terreno, rodeadas de árboles y un extenso panorama, miraba a mi abuela con benevolencia y me preguntaba si sabría qué calle tomar, mientras tanto, ella, observaba con gran atención la senda a seguir.

Un paso de mi abuela correspondía un trotecito mío y, unida a su mano, escuchaba con atención las historias de viejas películas de los años cuarenta y cincuenta, leyendas de actores, además de escucharla susurrar la melodía de algún anticuado tango.

A medida que nos aproximábamos al extendido panteón, las inmóviles estatuas de cera, de ojos sostenidos y miradas derramadas, invitaban a estas dos extrañas a entrar a su sagrada morada.

El eterno cigarrillo prendido. La inmortal sonrisa.

Devoción hacia el mar. Semblante apenado.

Mirada pícara. Sombrerito desvariado.

Las manos que eternizan en las pinturas las costumbres de una vieja Buenos Aires.

Y en medio de tanta quietud, el silbido de la melodía de un viejo bandoneón.

Reunidos en un solo lugar, cada uno con su cualidad más distinguida, la que en vida los consagró y los caracterizó.

Todos ellos, en espera de una visita, una sonrisa al pasar, una anécdota, una canción. Todos ellos, recuerdo vivo…

Y así la excursión llegaba a su fin, junto al sol que no dejaba de deslumbrar, escoltaba a esta persona, que alguna vez fue una niña inquieta e indagadora, a mi abuela presumida, que me ilustraba lo maravilloso de la época dorada del cine nacional. De esta manera, de a poquito, iba naciendo en mi interior la fascinación y el fanatismo por la historia de la imagen en movimiento y los comienzos de estas proyecciones a través del cinematógrafo.

De repente, sentí que me trasladaba sin escalas a aquel paseo. En ese instante exacto, el Canal Volver estaba emitiendo una película de Luis Sandrini. Como si llegara desde los paisajes del ayer, volví a oír la voz de mi abuela narrando el argumento y algún que otro chismecito, mientras sus manos preparaban arroz con pollo para almorzar.

 

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