Los modelos

Alberto Ernesto Feldman

Botero

La pareja apenas treintañera, pero ya envejecida, deambula   por las calles del centro de Bogotá esperando encontrar, con el movimiento del día recién comenzado,   a los pocos que generosamente les den algunas monedas, quizás unos pesos, para poder comer algo y tenerse en pie hasta la noche, cuando vuelvan al edificio del barrio periférico. Vestidos, dormirán en un portal techado, protegidos de los merodeadores por la presencia, a sólo cincuenta metros, de una comisaría. Los policías pasarán a su lado durante toda la noche ignorándolos, mientras ellos espían temerosos y cubiertos hasta la cabeza por la gran manta bordó que, de día, el hombre lleva prolijamente enrollada en bandolera.

La mujer, delgada en extremo, viste un escotado vestido de raso azul celeste, corto y llamativo, bastante arrugado y en cuanto se separa unos metros de su marido, cuando el hambre y un semáforo rojo  la deciden, se acerca  a pedir a los automovilistas , algunos generosos, otros indiferentes y los menos, por suerte, con mirada lasciva preguntan por el precio de sus servicios. Ella mira a su marido con desolación, él se acerca a paso rápido, deseando que la luz cambie al verde y los coches avancen, pero también dispuesto a pelear por la dignidad de los dos.

Hace una semana que salieron de su pequeño pueblo, al otro lado de las montañas. No había trabajo. Hacía meses que se había ido la compañía minera de los gringos a otro país, no podía competir con otros gringos que negocian droga con los narcos, ni con los gringos que venden armas a los grupos que defienden o atacan vaya a saber a quiénes y porqué.

La pareja salió rumbo a la Capital para tratar de conseguir trabajo, pero las cosas empezaron mal. A los pocos minutos de salir del pueblo a la ruta, una camioneta se adelantó y encerró al viejo ómnibus contra la pared rocosa. Cuatro delincuentes lo asaltaron y no tuvieron que amenazar ni hablar una sola palabra, exhibieron sus armas, golpearon un poco al chofer en forma teatral, sólo para amedrentar a los pasajeros, y tendieron las manos. Como en un trámite usual, los pasajeros entregaron todo sin chistar, siempre mirando el suelo. La pareja no tenía dinero, ni relojes, ni joyas, pero la valija que les llevaron tenían la poca ropa de recambio y algunas fotos familiares. Cuando el ómnibus arrancó, se encogieron de hombros, miraron hacia el cielo, suspiraron, y sin hablar, se tomaron de la mano por el resto del viaje.

Hacía una semana que habían llegado a Bogotá y enflaquecían por el escaso alimento y las calorías gastadas en las largas caminatas diarias buscando conchabo. El hombre sigue usando el traje marrón, la camisa crema y la corbata al tono, lo mismo que el sombrero de fieltro, es lo único que tiene para vestirse. Todo está igual, pero más arrugado y más sucio, y con un coraje nuevo, se atreve a pedir, igual que su mujer. Su vestimenta provoca hilaridad pero también simpatía.

Al mediodía, hora más, hora menos, acampan en alguna plaza, donde extienden la manta bordó que el hombre lleva enrollada en bandolera, abren los envoltorios de lo que han conseguido y la botella de gaseosa o de vino, y después de comer, tendido él a lo largo, vestido de traje completo, un traje que le sobra por todos lados, corbata y sombrero y ella en su regazo, con las delgadas piernas medio encogidas, imaginan que las montañas a sus espaldas son las de su pueblo y ellos están disfrutando de un picnic en una tarde festiva. La debilidad y el calor los adormecen en un sueño de siesta fantástica.

Algunos días después se produce un milagro. Están en la plaza de Bolívar, como ausentes, sumidos en la ensoñación   y la desesperanza, cuando acierta a pasar cerca de ellos Fernando Botero, era en abril de 1989 y él, conocido pintor y escultor, hace de la creación de figuras obesas su famoso sello personal. En un ataque repentino de inspiración, al ver los flacos cuerpos de la pareja, los desvaídos azules y marrones de sus ropas, la manta bordó, la menuda canasta, la botella de gaseosa y detrás de ellos, las montañas, exclama, como si estuviera solo en la plaza: “¡Ya lo tengo, yo engordaré sus cuerpos flacos, reviviré sus colores y los haré famosos!”

Si ellos lo oyeron no se dieron por aludidos, nada cambiaría para la pareja, a menos que el artista los contactase pero, hasta ahora, no sabemos si eso ocurrió.

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