Mi planeta de chocolate: “A un paso del frente”

Manuel Cortés Blanco

Pasteles

Llega el otoño y de su mano las cosas otoñales: los borrones en el encerado, la hojarasca, una chaqueta tres tallas menor. También los primeros fríos, las primeras toses, el primer novicio en busca de ministerio. Cada año repetimos el ritual. Solo faltan los fascículos coleccionables de septiembre, pero parece cuestión de tiempo.

La paz es la tranquilidad en todos los órdenes: en el social, en el moral, en el personal, en lo rutinario. Una quietud que se alcanza trabajándose mucho, que únicamente cabe en un corazón grande. No obstante, en esta ocasión se presenta un invitado inesperado: la guerra. ¡Qué fácil de empezar, qué difícil terminar!

Guerra en el orfanato significaba pelearse con la almohada, tirar migas de pan cuando no te veían, trozos de tiza entre clase y clase. Reír, sonreír. Por desgracia, acaban de cambiarle su significado.

El tronar de los fusiles arroja al sosiego por las escaleras. Hace un mes, cavando las trincheras tan lejos, no le dieron importancia. Ahora se escucha desde la ventana.

Los partes hablan de movilizaciones, de nuestros héroes, de sus villanos.

Avisan al prior de que el recinto está bajo amenaza. Quizá deban evacuarlo. Allá fuera todo el mundo tiene armas. En la vorágine de lo absurdo, estos queman las casas del Pueblo en nombre de Dios, aquellos la casa de Dios en nombre del Pueblo. Y, por supuesto, sin contar ni con uno ni con otro.

¿Cómo explicárselo a los niños?

Creeremos lo que nos digan. La primera baja en una guerra es siempre la inocencia.

Maese Quirino elude tal empresa, a sabiendas de que su hipótesis se desmorona. Porque en una batalla podrá haber himnos, ruidos de sables, cien trombones y mil consignas. Pero no música.

Maese Ponciano lo haría con un cuento. Uno de esos de buenos y malos, en el que siempre ganan los primeros. Mas anda falto de labia y el silencio sigue siendo su guarida. Por eso calla, esta vez con razón.

Maese Tarsicio recurre a una metáfora. La primera que ha ideado; la más sencilla, la más difícil, la única. El mundo es una bandeja de pasteles y hay dos bandos que la quieren para sí. Ambos tienen opiniones al respecto, ninguno la razón. De entrada, nadie piensa en repartir.

Benito asiste perplejo a aquella explicación. Para creer no basta con tener fe; hay que tener buena fe. Desde su ingenuidad entiende que los unos se enfadaron con los otros porque quieren comer dulces, organizando una batalla sin sentido.

-En verdad que están muy ricos, pero ¿tanto?

De siempre ha resultado más difícil erradicar los caprichos que las enfermedades. Si conociesen a maese Quirino el problema se habría resuelto: nadie como él para negociar.

A medianoche los bombardeos irrumpen en el patio. Llueve a mares, toca diana prematura. ¡Menos mal que somos del norte!

Iremos a la cripta, el único lugar de cimientos seguros. En él no nos mojaremos, no nos encontrarán. Aunque Benito conoce uno mejor. Y en las prisas del caos, distraído por esa especie de juego al escondite, se zafa de sus tutores para alcanzar la despensa. Allí, con una horquilla, burla los cerrojos y aguarda en su interior.

Cesa el estruendo extramuros, suenan dentro nuevas voces. Mil soldados recorren el pasillo a través del ojo de la cerradura. ¿Esos también participan?

-Padre – reza para sí mismo, imaginándose ante el Cristo yacente-, ahí fuera se están pegando… ¡Y esta vez no he sido yo!

Descubren a los demás. Maese Tarsicio nunca supo ocultarse; su barriga le delata. Simón tiembla de miedo; tan malo el temerario como el temeroso. Nicesio, haciéndose el listillo, confundió la huída con clase de oratoria y le han escuchado.

Lo peor de conocerse es conocerse demasiado.

Una voz retumba entre arbotantes. La orden de operaciones resuena en cada aposento.

-¡Niños, a los camiones! ¡Monjes, feligreses y demás, en fila de a uno con el sargento!

Benito guarda silencio en su refugio; si me encuentran estoy perdido. Aún no se han marchado y ya empieza a extrañarles. Esta vez no se parece a otras veces. Ni siquiera ha probado la tableta de turrón.

Duerme la luna en vela. Cuando el sueño se busca, lo peor es no encontrarlo.

La tropa pasa de lado entretenida con viandas mayores; mero carburante para sus marchas. Abrieron el portalón de la paridera para escoger el mejor asado y se han escapado las ovejas. Si se entera maese Quirino les dará unos azotes en las nalgas; aunque pueden estar tranquilos… ¡Son de mentira!

Sin saber cuándo, cómo ni dónde volverá a encontrarse solo. Nada peor que el por qué sea la respuesta. Otra vez sin coordenadas que le definan. Ni siquiera pudo despedirse de los pequeños, de sus maestros, del resto de los hermanos.

Antes lo que ordenaba el abad iba a misa; hoy, lo que ordena un miliciano. A veces una palabra vale más que mil palabras.

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