Mi planeta de chocolate: “Entre votos y devotos”

Manuel Cortés Blanco

Niños jugando

Aun llevando medio siglo al otro lado del charco, Benito Expósito Expósito será gallego siempre. Porque los gallegos, como él mismo asegura, nacen en cualquier aldea de Galicia a condición de residir allá donde les plazca.

La naturaleza de ese nombre merece una explicación. Y es que en su linaje, si las cosas son, lo son por algo. Expósito Expósito para que quedase claro que a las pocas horas de vida fue abandonado entre mimbres junto al portalón de aquel monasterio. Sin coordenadas que le definieran, sin pañales, sin una palabra amable justificando semejante decisión. ¿Cómo recordar lo que jamás sucedió?

Nada más hermoso que un lactante en brazos de su madre. Nada más extraordinario, nada más normal. Evidentemente, los hombres no nacemos iguales. A la vida corresponde ser consecuente con esas diferencias.

Pensó demasiado en ello, quiénes serán sus padres, por qué, para qué.  ¿Cómo a mí me tocó ser yo? En sueños se imagina a su lado, jugando en los albores del pazo. Papá ordeña las vacas, mamá calienta un tazón de leche. Al fondo, a través de la ventana, un hórreo de piedra salva el grano de la intemperie. Si en el corazón de una familia caben todos, ¿por qué todos menos él?

Se lo expliquen o no, hay demasiadas cosas que nunca entenderá. Las infancias perdidas son las más buscadas. Y aunque a veces presumiera de alta cuna, meció sus auroras entre los bajos de una litera.

Difícil, muy difícil para un hijo de la inclusa cumplir con el cuarto mandamiento.

Para asignarle nombre propio se barajan otras dudas. Quizás Geroncio, como el mártir del día; Tarasio, por el religioso que le encontró, o Santiago, patrono de estas tierras. ¡Decididlo despacio que es para toda la vida!

Al final eligen Benito, como el santo venerado en aquella congregación. No obstante, le advertían tanto por hablar durante la catequesis, que hasta los cinco o seis años estuvo realmente convencido de que se llamaba ¡Silencio!

Corre diciembre de 1928, año del dragón en el calendario chino; si bien, en época de penuria, esas lindezas carecen de importancia.

Junto a otro plantel de chavales en su misma situación, los monjes acogen al pequeño. Sea por miedos, necesidad, hambre u otras razones que no alcanzo a comprender, los abandonos se suman ante el asilo. Los padres nunca tienen el hijo que sueñan, ni los hijos el padre que desean. ¡El trastero desborda cestillos!

Decenas de baberos, gemelos de sí mismos. Llorando y sonriendo con tanta diferencia, riñendo y jugando en tan poca distancia, odiando y amando con la misma intensidad. Aquel que pinta tu infancia merece llamarse hermano. ¡Qué importa la matriz de donde venga!

Una bula estampada en rojo asume tal realidad, autorizando la ubicación del hospicio en los anexos del monasterio; en ese portal sin número de la calle más importante de Europa: el Camino de Santiago. Al menos, y eso las madres lo saben, allí serán amparados.

Posada de peregrino, penitencia del penitente, premio para el bienaventurado. Dentro de sus paredes nos sentimos parroquia.

Magnífica, espiritual, casi perfecta, tremendamente hermosa. Halagos para una iglesia que se derraman entre la piedra marcada por los canteros. Además, su románico luce esa otra belleza invisible, tan propia de los sitios de bien. Se nota que aquí se ha rezado mucho.

Y en efecto, Galicia: a terra dos fillos de Breogán.

El folklore celta asoma por los rincones, en estancias alejadas del asfalto. Su mitología, ora áspera, ora risueña, jamás será indiferente. Una sucesión de seres que viven en nuestra imaginación, alcanzando tantas formas como personas los imaginen. Las mouras, mujeres hermosas que habitan en sus castros guardando tesoros; el trasno, ese duende casero que acostumbra a revolver en la cocina; el Bergantín Pantasma, un barco pirata hundido frente a las Islas Cíes, que resurge en cada noche de tormenta. Los Xacios del río Miño, el Diaño Bulheiro de las veredas, la Peeira dos Lobos de los bosques, el gigante Olláparo. Y, por supuesto, las meigas. Algunas nunca envejecen porque siempre fueron viejas. Otras respiran con tal ansia que parece no haber aire que las sacie. Y todas, absolutamente todas, gozan de un sexto sentido que arremete cuando alguien les injuria.

Galicia, patrimonio de cuentos y leyendas. Quien así la siente, vaya a donde vaya seguirá estando allí. Quizá por eso el mismísimo Dios, después de crear el mundo, decidió apoyarse en ella para descansar, dando forma con los dedos de sus manos a las actuales rías mayores.

Cada una de estas historias ayuda a los chiquillos a estar menos solos. Para sonreír no precisan más motivos.

Porque vivir sin imaginar es peligroso: obliga a conformarse con la vida.

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 cortesBlancoA Manuel Cortés Blanco no le importa que le llamen cuentista, que a su condición de médico, psicólogo y escritor añadamos sin complejos esta última cualidad. Y así, aun cuando Mi planeta de chocolate no sea un libro de cuentos, forja en él una historia como homenaje a ese género literario. Pese a habérsele comparado con autores reconocidos a este respecto, Manuel cultiva un estilo propio cargado de atractivos: cercanía en las descripciones, su sencillez tan cuidada, esa ironía inteligente. Y quizá el más importante: su habilidad para convertir lo cotidiano en literatura. Con su primer libro “El amor azul marino” (Editorial Amares) obtuvo el Premio Literario Amares 2005. Es también autor de “Cartas para un país sin magia” (Ediciones Irreverentes).

Manuel Cortés ha cedido sus derechos de autor a favor de Aldeas Infantiles SOS

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