Francisco Segovia

Sucedió en el hemisferio norte un día de cálido verano. El sol estaba ya casi en su cenit cuando todo se inició. Al principio sólo parecía una leve mancha, apenas vislumbrada entre las escasas nubes y los fuertes rayos solares, pero fue creciendo rápidamente hasta convertirse en una impresionante forma ovoide. No hubo entonces lugar a dudas: era un objeto artificial, de unas dimensiones gigantescas y de fabricación no humana. Se calculó que su tamaño rondaba los dos o tres kilómetros de diámetro, y que en su interior podía caber perfectamente toda una ciudad de tamaño medio.
La nave quedó suspendida sobre la capital del planeta, reunificado apenas unas décadas antes bajo un gobierno totalitario que había acabado con las fronteras a la par que con las libertades. «El orden antes que nada», era el lema que campeaba en el escudo de la Federación Terrestre, y aquella nave, si algo estaba consiguiendo, era ir contra la normalidad impuesta.
Varias horas después del primer avistamiento no había sucedido nada nuevo: el objeto seguía flotando sobre la ciudad, inamovible, ignorando las naves militares terrestres que giraban a su alrededor, como moscas sobre un gigantesco elefante, que intentaban averiguar más detalles del desconocido visitante.
La noticia corrió rápidamente por todo el planeta. «Una nave extraterrestre flota sobre la Capital». Rumores de toda índole comenzaron a ir de boca en boca, de idioma en idioma, de antiguo país a antiguo país. El gobierno central no sabía qué hacer. Se intentó contactar con la nave por todos los medios posibles, incluso a través de códigos matemáticos emitidos a través de luces y sonidos, sin éxito alguno aparente. Los visitantes no parecían querer saber nada de sus involuntarios anfitriones.
Dos días después todo seguía igual. El nerviosismo, la impaciencia de los dirigentes, y su ineficacia para solucionar el enigma, empezaban a contagiarse a la población. Algunas algaradas se habían producido ya, reprimidas con rapidez y brutalidad por la policía, con un balance de algunos muertos y muchos detenidos, pero la crisis iba en aumento.
Comenzaron las especulaciones de toda índole, y el temor a una posible invasión y destrucción del planeta empezó a ganar más fuerza, consecuencia de una tradición ancestral de miedo a lo desconocido. Renació una extraña secta apocalíptica que se creía extinta, y sus seguidores fueron creciendo en número y radicalidad. Pasaban los días y el planeta entero bullía con manifestaciones y represiones, violencia y más violencia. La nave, después de varios días, seguía inmóvil, inmune a todo el alboroto que estaba provocando su presencia.
A las dos semanas sucedió algo nuevo. Del centro del aparato surgió un artilugio cilíndrico en forma de cañón, que apuntó hacia el centro de la capital. Su boca, negra, ominosa, parecía una clara amenaza para los de abajo. Rápidamente, multitudes incontroladas e histéricas comenzaron a abandonar la ciudad, atropellándose y barriendo a su paso los numerosos cordones policiales que el Gobierno había instalado para evitar la huída. El caos se extendía por todo el planeta mientras la nave seguía arriba, con su cañón preparado.
Los enfrentamientos entre la población asustada y las fuerzas del orden fueron en aumento. El número de muertos crecía diariamente. En todos los puntos de la Tierra renacían los antiguos nacionalismos, y las fuerzas del gobierno totalitario eran derrotadas, aniquiladas o, simplemente, se pasaban a los insurgentes. Se volvían a poner los mojones y los pasos fronterizos. La Dictadura de la Federación se venía abajo. Gobiernos provisionales empezaron a nacer por todos los puntos cardinales del planeta. Cada uno proponía a sus ciudadanos unas medidas para combatir al enemigo exterior, y cada uno arremetía contra unos dirigentes de la Federación corruptos y totalitarios.
En un ataque programado en secreto, y jugando su última carta, la Federación envío a cientos de cazas de combate, armados con lo mejor de lo que se disponía, a atacar a la gigantesca nave extraterrestre. La bombardearon con todos los medios disponibles, sin lograr causarle mella o provocar alguna réplica. Impotentes, los dirigentes empezaron a buscar salidas a su situación, escapar de la justicia popular -que intuían próxima-, e incluso de la muerte que les esperaba si caían en manos de las turbas enloquecidas.
Un mes después del contacto, el inmenso aparato espacial retrajo el cañón hacia su interior, recuperando su perfecta forma ovoide. Un extraño zumbido llegó a oídos de todos los ciudadanos que aún habían permanecido en la Capital. Era como un murmullo, como una suave canción, pero totalmente inhumana. Después llegó de nuevo el silencio y en un suspiro, apenas en el tiempo entre dos latidos de un corazón asustado, los visitantes partieron de regreso a las estrellas.
En el planeta que habían dejado atrás, el Gobierno Central había sido destruido, la Federación, desaparecido, las antiguas naciones, resurgido de nuevo, los enfrentamientos fronterizos, renacido con más fuerza. El orden había sucumbido ante la libertad que reclamaban los pueblos. El Sistema había sido derribado ante la amenaza fundada o imaginada de un arma desconocida.
La Tierra volvía a ser el lugar que siempre había sido.

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