Siete paraguas al sol: “Al sur de tu sonrisa”

Manuel Cortés Blanco

New York

-Mercedes. Nueva York, 2000-

¡Vive la película más bonita de tu vida! Manhattan pone el escenario, tú solo tienes que poner el guión. En efecto Nueva York, aquel mes de enero del bisiesto y enigmático 2000. La metrópoli que agota los superlativos: Gran Manzana, capital de capitales, la que nunca duerme, la dos veces nombrada… La ciudad donde residen el alfa y el omega de la moda, el arte, la política, las finanzas. Decenas de mesías, cientos de culturas, millares de rascacielos que anhelan ser más altos que la Luna.

Aquí lo que no pisas no existe, y una vez no significa a veces. Mejor una idea que un plan, un pretexto que un motivo, un dólar que un centavo. Mejor jamás que ojalá. Más difícil juzgar que prejuzgar, mantener que tener. Si corres que sea por llegar pronto, no porque llegues tarde. Aquí para ser grande, hay que soñar a lo grande… Y hoy nieva en la séptima avenida.

Quien cambia de barrio, cambia de mundo. Mundos separados pero juntos. Cada una de sus calles dibuja otra línea fina que separa la ley y el caos. Luces de neón iluminan las aceras al ritmo del grafiti:

-¡Drogas no! Que no hay suficientes.

Por fortuna, a un artista se le perdona todo.

Siempre en temporada alta, los grandes almacenes parecen hormigueros, vendiendo tan barato que si no compras pierdes dinero. Aunque puede pagarse en efectivo, queda mejor con tarjeta. Un extraño en cada esquina, la virtud vestida de uniforme, ciudadanos rebosantes de deudas y dudas. Como no tienen bueno por dentro, lo tienen que buscar fuera. Solo se siente libre quien pasa inadvertido; para ser alguien tienes que ser minoría. Colas y más colas ante cualquier ventanilla. No es raro, es la regla. La burocracia se ha convertido en el sarampión de nuestros días.

Debajo de su sol convive una enorme variedad de percepciones que conforman el universo humano. Adictos a los amores basura, mezclando sin medida colesterol y sentimientos. Obsesos de las ciencias exactas que se alimentan a base de cifras: pizzas cuatro quesos, arroces tres delicias, hojaldre mil hojas… Devotos de espíritu, no precisamente santo, que confunden las palabras dificultad y riesgo, rapidez con prisa, paciencia o lentitud. Célibes forzosos en la nómina del desamor. Abogados que pierden el juicio defendiendo la cultura del litigio; personas de a pie que preferimos la cultura del consenso. Espacios libres de humo. Fumadores compulsivos arrinconados en guetos. Tabaco que se vende en cualquier sitio, sin poderse consumir en ninguno. Los taxis amarillos. El 15% de propina… Y al fondo, maravillosa, la estatua de la Libertad. ¡Cuántos atropellos cometemos en su nombre!

Desde las salas de exposición de alta costura en la Madison Avenue hasta las exclusivas boutiques del centro de la ciudad, ir de compras se convierte en una aventura fascinante. Faldas con pliegues, corpiños ajustados, vestidos camiseros, espaldas al aire, chaquetas con capucha de satín. Porque en este circuito de la moda, los mejores diseñadores convierten sus escaparates en pasarelas, forjando unas tiendas que son atracciones en sí mismas.

Aun cuando pueda no parecerlo, aquí sobran los refranes: Mejor una onza de educación que un kilo de tratamientoSi quieres enseñar latín a Peter, empieza por conocer a PeterNunca cojas un cuchillo que cae -propia de alguna mañana de crisis en su célebre bolsa de Wall Street-… Y uno que descubro cada día: El demonio se muestra en los detalles.

Nueva York: bosque de rascacielos, dormitorio de fantasmas, asamblea de sueños. Decorado de miles de películas y series televisivas, con actores secundarios de primera: un taxista libanés, ese comerciante chino, el vendedor hispano de perritos calientes, la camarera centroafricana. Desde su filosofía, andar despacio es pecado, si bien las distancias son tan grandes que a veces solo dejan dos opciones: llegar tarde o muy tarde. Mil nacionalidades con un único objetivo: vivir cerca de todo con todo cerca. Y un lugar donde debe rascarse hondo para mostrar sus carencias.

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