Siete paraguas al sol: “Cien paraguas al sol”

Manuel Cortés Blanco

Kigali II

-María. Kigali, 1995-

Kigali, capital de un país diminuto llamado Ruanda, junto al bazo de África Central. Patria de las mil colinas, inmersa en la región de los grandes Lagos. Naturaleza a lo largo, a lo alto y a lo ancho, donde campan sin medida los cuatro elementos esenciales: tierra virgen, agua aún no bebida, fuego perenne, aire por respirar. Aquí no hay estrés, ni crisis ni nada. Solo tiempo. Parques naturales regalando fotografías de ensueño dan cobijo a una fauna extraordinaria. Miles de especies, millones de animales: impalas, linces, búfalos, damaliscos… Y entre ellos, sus gorilas. Desde que sé que la niebla en la que viven son nubes pegadas al suelo, me gusta la niebla.

Una marisma de cafetales sostiene su economía, a sabiendas de que aquí el café no se bebe; se exporta. Por eso, mientras Ruanda duerme, Occidente contiene con somníferos los efectos de tanta cafeína. También hay té, minerales, batata, caucho, mandioca… Nada se consume; simplemente se exporta. Una tormenta borracha de truenos da luz a la noche. Y la lluvia –en forma de cascada- pinta el día de arcoíris, anticipando el camino a algún tesoro escondido.

Kigali, ciudad donde la vida llega entre dolores de parto, donde la pobreza agudiza la necesidad de poco, donde el futuro de los niños será siempre hoy. Un hormiguero de supersticiones incapaces de caber en una fórmula… Un avispero de enfermedades que asume la muerte como forma de vida… Un hipódromo tocando arrebato para los cuatro jinetes del Apocalipsis: nacer con hambre, vivir de hambre, morir por hambre y –el peor de ellos- sentirlo. Y en su corazón, pintado de cien colores, el Mercado de Artesanos donde todo tiene un precio; solo falta que alguien lo pague.

Kigali, testigo a lo largo de la historia del odio entre sus pueblos. Hutus por un lado, tutsis por otro. Carnets étnicos catalogando a la gente en función de sus rasgos, partidos políticos que se sostienen sobre bases genéticas, gobernantes animando al genocidio:

-Que no quede nadie vivo, y mucho menos los niños.

Odiamos cuando no queremos sufrir y no se puede olvidar.

E incluso diez mandamientos hutus que avalan la sinrazón: el segundo establece por decreto que sus mujeres son más hermosas, el octavo les ordena no tener compasión por otras razas. Si no fuera por los hombres, este país sería el paraíso.

Sobre ese tablero de ajedrez, gobernado por una sucesión de dictaduras muy bien disimuladas, un puñado de misiones desempeña su labor. Entre ellas, la que asienta en la parroquia de Nyamirambo, en uno de los barrios más populosos de la capital. Además de huerto propio, capilla y los aposentos para las hermanas, posee un hospital con dispensario al que acuden las gentes del lugar. Dicen que allí nadie duerme y no es culpa del café. Quizá sea porque en la lengua autóctona ese apelativo significa estancia de los muertos.

La misión, como todo lo que suena a pobre, tiene nombre de santo: Saint Michel. En ella, sobre los cimientos de un antiguo osario, una decena de monjas ejerce su apostolado: nacer con fe, vivir de fe, morir por fe y –lo más importante- trabajar desde ella. Ninguna lleva hábito, tratando de pasar siempre por una más entre tantos. Atendiendo a las bases de esta congregación, su traje será el de las artesanas del país como signo de pertenencia a la clase obrera. Por asumir al detalle dicha norma, en esa comunidad destaca sor María –la cuarta de las hijas de aquel campanero llamado Bernardino-. Hace tiempo que llegó; tanto que ni siquiera recuerda cuándo. Comparte horarios y mosquitera con unas novicias belgas, habla francés, lee en inglés, reza en castellano, chapurrea los dialectos locales… A estas alturas de la vida su idioma está en el credo, su patria en las sandalias, su bandera bajo el cielo. Contracorriente, ella sí gusta de tomar una taza de café después de la cena. Será que –como afirmara el maestro de su pueblo- la cafeína no aleja los problemas, si bien a ciertas horas acerca las soluciones.

Se siente una más entre esa mayoría, aunque alguno le marque las distancias a base de refranes: Por mucho que un tronco permanezca en el agua, nunca se convertirá en cocodrilo.

Porque Kigali es fuente de sabiduría, recogiendo entre sus dichos la tradición africana. No censures a Dios por haber creado al tigre, dale gracias por no ponerle alasCuando el gato va de viaje, los ratones sacan el tantán… Y por supuesto, su favorito: Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las notas de cacerías seguirán glorificando al cazador.

Quien ose juzgar a un pueblo, que antes lea sus proverbios.

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