Siete paraguas al sol: “Cruce de caminos”

Manuel Cortés Blanco

Frankfurt

-Adelaida. Frankfurt, 1974-

Frankfurt significa cruce de caminos, corazón de la República Federal de Alemania en aquel mes de febrero. Cara amable del milagro económico alemán vivido tras la guerra que les asolara. Núcleo financiero, sede de la bolsa nacional, de cientos de bancos, de un millón de transacciones. Porque si una entidad como el Deutsche Bundesbank instaló en ella su sede, tiene que ser con motivo.

Aquí hay de todo y lo contrario de todo. Römerberg, Grüneburgpark, Paulskirche, Messe Turm… Palabras impronunciables para un foráneo, que esconden estampas de belleza extraordinaria. A su lado, otras con no menos simbolismo: el Frankfurter Waldstadion, estadio que albergará los partidos de un inminente Mundial de Fútbol. La Frankfurter Buchmesse, esa Feria del Libro que bate registros cada año atendiendo a su número de expositores, visitantes o lectores. La famosa Deutsche Nationalbibliothek, la biblioteca más grande del país, en la que reposan millones de ejemplares. Y sin duda, sus populares cervecerías. En ellas se citan los amigos, tantas charlas, la música tradicional, muchos brindis, las salchichas cocidas con mostaza. Todos estamos de acuerdo: una pinta beneficia a la salud. Por ello hay quien las toma por docenas.

Llueve a mares, aun estando tierra adentro. La lluvia en soledad hace más grande la soledad. Con tal excusa, como cada viernes a esa misma hora, la colonia de españoles se reúne en una cervecería del centro de la ciudad. En España no se concibe una reunión sin vino; en Holanda, sin leche. Aquí sin cerveza.

Son muchos. Más de medio millón en todo el país. La mayoría partió con un contrato de trabajo expedido por el Instituto Español de Emigración. Por un lado, las condiciones de la oferta: mano de obra joven, barata, preferentemente casada, con certificados de sanidad, vacunación y buena conducta, sin exigencias políticas y retorno a casa cuando dejen de hacer falta. Por otro, las de la demanda: mil marcos al mes, turno de noche en una fábrica del automóvil, viaje por tren en asiento de tercera, posibilidad de contrato para la esposa y duración de al menos un año. Hace tiempo que el Sur cambia cromos con el Norte: yo te envío pobres si tú me devuelves ricos.

Nadie se queja a pesar de las circunstancias. Saben lo que dejan tras de sí, reconociendo que sus paisanos en la vendimia se encuentran mucho peor. Además de trabajar a la intemperie, de sol a sol y sin fumar para no gastar, acaban con dolor de espalda de tanto agacharse a coger uvas. Otro tanto les ocurre a quien recolecta fresas, pimientos o soledades.

Frente al rigor de las leyes vigentes, son también bastantes los que parten por su cuenta, hastiados de tanta burocracia. En el hatillo reposan las recetas para el triunfo: imaginación, esfuerzo, iniciativa, una pizca de suerte y el consejo de no mirar atrás. Que la morriña es un banco demasiado cómodo; si te sientas en ella, cuesta luego levantarse.

En esta Europa de las libertades, con mejores electrodomésticos pero mucho peor clima, a todos les recibe algún familiar o amigo que –además de hablar en cristiano- facilitará una ducha, dos bocadillos, el jergón con sábanas limpias, algún cuarto donde asearse y ese cambio de moneda improvisado: pesetas por marcos, céntimos por peniques. Para que así, a su llegada, encuentren realmente una oportunidad… No una locura. Y por supuesto, un teléfono para avisar a los suyos de que el viaje se hizo bien, que no hubo novedades pese a tanto trasiego, que Alemania es el país de las modernidades.

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