La rebelión de Rufo

Teresa Galeote

Mauricio

Como de costumbre, después de la comida recibida de las amorosas manos de María, yo estaba sumido en un placentero letargo, pero esa dicha no duró mucho porque el timbre de la puerta me sacó de mi soporífero estado. Son las tres y diez. A estas horas no puede ser más que Mauricio. ¿Cómo vendría hoy? ¿Por qué no utiliza la llave como otras veces?, pensé.

María abrió la puerta y, ante sí, encontró a Mauricio con cara de pocos amigos. Con brusquedad, la apartó a un lado y pasó apresuradamente a la salita. Al observar los malos modos y su mirada furiosa, fui a resguardarme detrás del sofá, y no fue por gusto; en más de una ocasión, mis posaderas sirvieron para descargar el exceso de adrenalina acumulado en el cuerpo de Mauricio.

María, como siempre, se mostró solícita y le preguntó cómo había pasado la jornada de trabajo, pero no tuvo más contestación que un desdén absoluto. Se dirigió hacia la cocina indicándole, mientras andaba, que la comida estaba preparada. Mauricio se quitó la chaqueta airadamente y se dirigió a la cocina con una cólera fuera de lo común.

Aproveché aquellos momentos para seguir dormitando, pero la tranquilidad duró poco; los gritos, procedentes de la cocina, me alertaron. Éstos iban subiendo de tono hasta llegar a asustarme. Fui hacia el lugar para ver qué sucedía y observé alarmado que Mauricio estaba fuera de sí. Más agresivo que de costumbre, gritaba y zarandeaba a María.

Él consideraba que sus méritos profesionales habían sido degradados, por lo menos eso fue lo que le expresó a María antes que perdiera la capacidad de conversar. Después, dio rienda suelta a sus malos humores y, para que éstos no se pudrieran en su coleto, los expulsaba dirigiéndolos hacia María o hacia mi trasero, pero la actitud de hoy excedía de lo habitual.

Pero no siempre fue así. Mauricio y María llevaban cinco años de vida en común y no tenían hijos. Cuando me llevaron a su casa, yo era un cachorro y se volcaban en atenciones conmigo. Llegué a incorporarme a la diminuta familia como un miembro más de pleno derecho: casa, comida, atenciones médicas y paseos agradables. Pero el carácter de Mauricio se fue haciendo insoportable para los dos, pero sobre todo para mí, ya que a su mujer, aunque cada vez le prestaba menos atención, no le propinaba las patadas que dirigía contra mi trasero. Mis posaderas ya estaban reblandecidas de tanta maceración, pero aguantaba los golpes; estaba convencido  que si descargaba su ira sobre mí, impediría que fuese a parar al cuerpo de María. Pero, lo que sirvió por un tiempo, al parecer, se agotó; ahora Mauricio no se conformaba con depositar su ira sobre mis posaderas, sino que pretendía agredir a mi cariñosa benefactora.

Mauricio seguía atemorizando a María; gritaba cada vez más, y ella se iba replegando hacia un rincón de la cocina. La intimidación ejercida sobre la mujer parecía llenarle de mayor vigor y autoestima. Su agresividad llegó a límites insospechados; Mauricio tomó una banqueta con la única pretensión de estrellarla contra la cabeza de su mujer. De ninguna manera estaba dispuesto a permanecer pasivo ante aquella situación que amenazaba la vida de María.

Observé atentamente la mano de Mauricio, sus movimientos y la dirección de los mismos. La tensión iba en aumento. Yo estaba dispuesto a defender a mi protectora; preparado para el ataque antes que él asestase el fatal golpe. Mauricio movía la banqueta de un lado a otro con la firme intención de estrellarla contra María. Cuando la banqueta estaba a escasos centímetros de su cabeza, sonó en mi cerebro la voz de alarma. Fueron unos segundos, los suficientes para que mis afilados colmillos quedasen al descubierto. Sin pensarlo dos veces, salté raudo sobre Mauricio y alcancé su yugular con precisión. La mordí con la fuerza emergente del instinto de supervivencia. El alarido de Mauricio no anuló el desgarrador grito de María. ¿Qué has hecho, Rufo?, me preguntó mientras llevaba las manos a su cabeza.

Mauricio estaba tendido en el suelo de la cocina, con los ojos abiertos fijos en María y desangrándose. Mi benefactora no podía dar crédito a lo que había sucedido. Miraba horrorizada el cuerpo del marido sin poder articular palabra. Después de unos minutos de perplejidad, dirigió la mirada desde el cuerpo inerte de Mauricio hacía mí y viceversa, una y otra vez.

El timbre de la puerta sonó con insistencia. María abrió y dio paso a los vecinos que se agolpaban ante la puerta; alarmados por los ladridos y los gritos pretendían saber qué estaba pasando. Una vez en la cocina, todos se quedaron petrificados por el espectáculo que se ofrecía ante sus ojos. Mientras el corro en torno a su cadáver se estrechaba, salí cautelosamente de la casa; la puerta permanecía abierta. No podía permanecer en aquella casa por más tiempo; en ella había vivido momentos de felicidad y ternura, pero últimamente se había convertido en un infierno. “¿Qué había motivado el cambio de carácter de Mauricio?”. Pensé mientras salía del edificio.

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