El ciudadano tecnológico en la ciudad inteligente

Pedro A. Curto

1934-April-popular-science-monthly-sm

En 1925, los ilustradores de la revista norteamericana Popular Science Monthly, imaginaron ciudades que hacían uso de los avances tecnológicos para mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Como si se tratase de una película de ciencia ficción, se encargaron de crear la imagen perfecta de grandes ciudades con enormes rascacielos, sistemas de transportes eléctricos y formas más sustentables de sobrellevar la vida en las grandes urbes.

Desde que a finales del siglo XIX se crearan los primitivos automóviles y a partir de 1911 se instalaron las  primeras fábricas con la Ford y la Peugeot, siempre existieron gentes que se opusieron a la expansión automovilística. Anunciaban una era apocalíptica y otras cuestiones que hoy nos harían sonreír. Pero más allá de sus exageraciones, acertaron al menos en dos de sus profecías: la contaminación y las innumerables vidas por accidente que se cobraría la carrera automovilística.

Un futuro utópico y el Apocalipsis; en la dialéctica de esas dos posturas ha establecido el ser humano su posicionamiento ante el avance de la tecnología.

La ciudad ha mutado en los últimos años sin que apenas nos demos cuenta, porque ese cambio, aunque rápido, ha sido gota a gota, como esas arrugas que se instalan en nuestra piel y marcan el paso del tiempo, que sólo detectamos cuando vemos una vieja fotografía. Además esa transformación se produce en la geografía humana de las gentes y no tanto en la arquitectura urbana, aunque también ésta haya cambiado. Los viandantes caminan por las calles con sus smartphones, tablets y otros dispositivos electrónicos, que constituyen la puerta de entrada a la red global y son un interfaz de comunicación cada vez más personalizada y rica en información. Incluso puede, si no conoce esas calles, que utilice un GPS para guiar sus pasos, cuestión cada vez más habitual en la urbe moderna, pues lo virtual gana terreno sobre otro tipo de comunicación presencial. No se trata de que una vaya a sustituir a la otra, pero sí que la condiciona. El ciudadano tecnológico puede ir ligero de equipaje, como decía Machado, no llevar más que un bolso o una mochila, pero solo teniendo algunos dispositivos electrónicos estará conectado telefónicamente, a través de internet tendrá acceso a una ingente cantidad de información y conexiones. Y gracias a las redes podrá tener miles de “amigos” o “seguidores” en todo el mundo, y por unos u otros medios, puede llevar miles de canciones y películas, que lo más probable no sea capaz de escuchar o ver en su vida, porque de momento el ciudadano tecnológico sigue siendo mortal. Además ese ciudadano camina por una ciudad abocada a convertirse en una “smart citie”, moderna denominación que no es casual esté en inglés, pues la tecnología tiene idioma y hasta ideología, aunque su punto de partida sea neutro. Lo cual no quiere decir que sea bueno o malo, pero sí que la tecnología tiene dueño. Sobre el significado de los avances técnicos han existido desde perspectivas utópicas y liberadoras, hasta negros presagios totalitarios; tanto unos como otros parecen exagerados. Pero sí es cierto que esta época de desarrollo tecnológico coincide con un pensamiento crítico y humanista cotizando a la baja. Porque para estos se necesita un tempo, un espacio de reflexión capaz de asimilar las continúas novedades tecnológicas y como éstas condicionan nuestras vidas. En poco más de una década estamos ante dispositivos tecnológicos que ya tienen varias generaciones, un avance que por ejemplo con el automóvil tardó unas cuantas décadas en ser un medio generalizado. La capacidad de asimilación de la mente humana va mucho más lenta que los dispositivos informáticos. No es extraño así que nos convirtamos en cobayas haciendo cola por adquirir cualquier innovación, o compremos aparatos que apenas sabemos utilizar, o ni siquiera necesitamos. ¿Es ésta la ciudadanía inteligente? Aunque las “smart citie” se muestran como un producto solvente e inevitable, también tienen sus críticos. El investigador Adam Grenfield en su libro Contra la ciudad inteligente, se pregunta: “¿Necesitamos ciudades más inteligentes o más humanas?” Una pregunta que se plantea a partir de dos puntos básicos: desde arriba (autoridades, administración, proveedores tecnológicos y de infraestructuras), y desde abajo (ciudadanos, base social). Entre estas dos visiones, la una activa, la otra por lo general solo receptiva, la ciudad vive su propio caos; es un caos pragmático. Y en ese escenario se dan grandes contradicciones, el potencial comunicativo y avance de las nuevas tecnologías, al mismo tiempo que su capacidad destructiva, dominadas por unas minorías que sitúan a los ciudadanos como clientes. La relación que se establece entre emisor y receptor, suele ser clave en este campo. Analizando esta relación en “La ciudad informacional. Tecnologías de la información, estructuración económica y el proceso urbano”, el sociólogo Manuel Castells expone: “Emerge una forma social y especial: la ciudad informacional. No es la ciudad de las tecnologías de la información profetizada por los futurólogos. Ni es la tecnópolis totalitaria denunciada por la nostalgia del tiempo pasado. Es la ciudad de nuestra sociedad, como la ciudad industrial fue la forma urbana de la sociedad que estamos dejando. Es una ciudad hecha de nuestro potencial de productividad y de nuestra capacidad de destrucción, de nuestras proezas tecnológicas y de nuestras miserias sociales, de nuestros sueños y de nuestras pesadillas. La ciudad informacional es nuestras circunstancias.” Así la ciudad clásica ya no existe más, si por tal se entendía aquella en donde se llevaban a cabo las relaciones sociales y de producción, y sus respectivos sistemas simbólicos. La ciudad del presente, un presente sin pasado ni futuro, una especie de presente eterno, banal, un tiempo en verdad extraño, un tiempo del que no cabe esperar nada más, sino conformarse y divertirse con lo existente. Eso olvida que la ciudad no solo es una plataforma tecnológica, sino una entidad que se formaliza, se dice y se nombra. Es un cuerpo complejo que necesariamente se va construyendo y volviendo a construir. Quizás el ciudadano tecnológico debe plantearse que las nuevas tecnologías, que abren unas perspectivas inmensas en su vida, son algo tan deslumbrante, como capaces de arrebatarle una soberanía nunca alcanzada. En la novela “Un soplo de vida”, de la escritora brasileña Clarice Lispector, un personaje, Ángela, reflexiona: “Uso el sistema bancario y no lo entiendo. Uso el teléfono y no comprendo su mecanismo. Pulso el botón del televisor y todo lo que conozco del televisor, es ese botón. Uso al hombre y no lo conozco. Me uso y…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .