El juego

Mariana Ruíz

Cartas

Todavía observaba el cuerpo inerte en el suelo flotante de su departamento. Desde el tercer piso, con balcón a la calle y la persiana a medio cerrar, notaba como la leve luz del poste de enfrente iluminaba una escena aterradora. La noche mostraba un cielo nublado sin luna y los ojos desorientados de una mujer desesperada, viendo cómo sus manos bañadas en sangre no paraban de temblar. Aunque esa sangre  no era la de ella.

Unos días antes, para ordenar sus ideas, decidió salir a caminar por el barrio de Flores sin rumbo fijo, un barrio que conocía de memoria. La brisita de comienzos de primavera, rociándole la cara, haría que su mente se aclarase.

Avenida Rivadavia mostraba a sus últimos transeúntes, pocos autos circulaban, las paradas de colectivos estaban casi vacías y los negocios  se vestían de persianas pintadas y candados oxidados. El aroma fugaz de jazmines y rosas, junto a los débiles focos de luz de los puestos de flores, mostraban la cara oscura del barrio.

Dobló en la calle Gavilán y, al cruzar la vía, se detuvo de repente; la presencia de un hombre moreno y robusto, parado en la puerta de una casa antigua, llamó su atención. Decidida y sin rodeos, le preguntó que había ahí dentro. El hombre, sin hablar, se hizo a un lado y la invitó a pasar. Sintió su mirada recorriéndola de arriba abajo.

Un pasillo largo, de baldosas viejas y plantas marchitas, le indicaban la vía a seguir. El murmullo de voces crecía a medida que avanzaba. Llegó hasta una puerta a medio cerrar, la empujó lentamente y los murmullos se convirtieron en voces nítidas. El humo, denso y espeso, era lo único que podía distinguir gracias a la tenue luz que iluminaba el lugar. Alguien la detuvo por detrás, sobresaltada giró y enfrentó a una señorita. Hablándole al oído, le daba la bienvenida y le explicaba las “reglas de la casa”, revelándole de qué trataba cada mesa y en dónde estaba la barra de tragos, por si quería tomar algo. Asombrada, al ver el lugar dónde había entrado, sintió que el destino y la noche la habían guiado hasta ahí.

Mesas redondas con paños de color verde puestos como manteles, hombres exaltados con habanos en sus bocas, vasos de whisky por doquier, mujeres sensuales merodeando, naipes, fichas, dados de todos los colores, un gran espectáculo se proyectada ante sus ojos y nadie parecía preocuparse.

Recordó que de niña su abuela le había enseñado a jugar cartas. Lo poco que apostó lo ganó, era buena en el manejo de mazos.  De regreso al hogar se dijo que volvería a la noche siguiente, y así lo hizo.

El hombre robusto de la puerta se corrió a un lado para dejarla entrar, pero esta vez, no sintió que sus ojos la recorrían. Se dirigió a la misma mesa de juego en que había estado la noche anterior, esta vez era la única mujer. Apostó el dinero de la noche anterior y volvió a ganar, los hombres que la rodeaban comenzaron a desconfiar de su suerte.

Habiendo juntado todo el dinero que necesitaba, no quiso seguir jugando y decidió retirarse. Torpemente tomó las fichas, la cartera y el saquito para dirigirse hacia la “caja” y retirar el dinero.

En su cabeza resonaban voces de culpa. No podía apartar de su mente la sensación de que todos sabían lo que había hecho. La caminata hacia su casa se convirtió en corrida, angustia, llanto. Al llegar a la puerta, sintió que la agarraban por detrás. Una voz, tapándole la boca para que no gritase, le susurró al oído que iba a entrar con ella. Subieron por las escaleras porque el ascensor tenía espejos y la voz no quería revelar su rostro.

Al entrar, la dio vuelta y, tomándola de los hombros muy fuerte, la empujó bruscamente. Cayó cerca de la mesa ratona que había en el centro del comedor, derribando un vaso que estalló en pedazos. Él se inclinó para apretarle el cuello y exigirle  el dinero.

Por un breve instante y mientras la estrangulaba, el foco de luz de la calle develó el rostro del hombre mostrándolo familiar. Buscó la forma de defenderse, la debilidad le impedía alcanzar un vidrio roto. Hizo un esfuerzo, palpando, buscando desesperadamente, y,  a punto de perder la conciencia y con la poca fuerza que le quedaba, lo alcanzó y lo clavó en el cuello del agresor, dando lugar a una catarata de sangre, manchando sus manos, la ropa y todo el piso flotante del departamento.

El hombre, mientras caía, exclamó: -¡Tramposa!

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