Miguelito

José Ramallo

Miguelito

“He tratado de imaginar cómo sería caminar

por una nocturna ciudad sin luces y sin luna.

He tratado e instantáneamente me he dado

cuenta que me resultaría imposible.

He abierto mis ojos y, tras un oscuro túnel,

he visto cómo un héroe de capa roja y negra

sí, podía hacerlo.”

Ahí va de nuevo, como todos los días con su habitual recorrido. Se lo nota seguro de sí mismo y con mucho optimismo. La gente que lo ve pasar, lo saluda y él devuelve el saludo con una sonrisa en su rostro ¿Podes creer que encima sonríe? ¡Yo lo veo y no lo creo! ¡Me sorprende, me da bronca, me da no sé qué, cada vez que lo veo sonreír!

Me acuerdo que la primera vez que lo vi, cuando todavía no me había dado cuenta de ese detallecito que tanto me asombra a mí y que tan poca importancia parece darle él, lo miré e internamente me reí solo, pensando: “Parece un pato cómo camina con las patas abiertas y tanteando el piso, como si tuviera miedo a perder el equilibrio y caerse”. Tiempo después, cuando al final me di cuenta de esa cuestión, me quería morir de la vergüenza que sentí. Y mirá que yo no se lo dije a nadie ¿eh? Solamente lo pensé y no se lo comenté a nadie, pero de igual modo me dio una vergüenza bárbara.

Recorre gran parte de la ciudad caminando. Para, charla con uno, con otro y luego sigue su camino. A veces hace un recorrido y a veces otro, pero al final siempre frecuenta los mismos lugares. Pocas veces se lo ve acompañado, casi nunca diría yo. Lo conoce mucha gente evidentemente, porque por donde pasa siempre alguien le grita a la pasada “¡Chau, Miguelito!” O bien “¿Qué haces, hincha de Douglas? ¡No te vi el domingo en la cancha ¿eh?!” Y él responde “Yo tampoco te vi” Y luego se empieza a reír… ¿Vos podes creer que se ríe? Yo lo veo y no lo creo… si hasta me da envidia, inclusive.

Ahora ya está de regreso, va a tomar un cafecito y luego volverá a su casa. Supongo  que volverá a la casa, porque por aquella calle siempre se lo ve venir a la mañana temprano y, luego del café matutino, se va caminando en dirección contraria por la misma calle. Por lo cual, deduzco que irá a la casa. Instalado en su habitual mesa de café, abre una interrogante, ¿Espera a alguien o solamente está pensando en algo? Porque su rostro siempre se posiciona en dirección  a la calle, como quien mira a la nada absoluta meditando sobre algo. A lo mejor siempre espera a alguien, y, como ese alguien no viene, se cansa de esperarlo y se retira. Andá a saber…

El domingo pasado, fue cosa de no creer, si hasta me acerqué todo lo que pude para comprobar que realmente fuese quien yo creía. Estaba distinto, eso sí. Anteojos de sol, gorra, conjunto de gimnasia al completo, y una bandera de Douglas Haig atada a su cuello, cayéndole por la espalda estilo capa de superhéroe. La cancha estaba repleta. Él se había apoyado sobre un alambrado, y un grupo de personas saltaban y alentaban junto a este sujeto. No escuché bien, pero me parece que alguien le gritó “¡Miguelito, agarrate de este trapo que está bien asegurado y saltá con nosotros!” Y el tipo ni lo dudó, tan sólo tuvo cuidado de no golpear o dejar caer la pequeña radio que sostenía en su mano y luego empezó a saltar, cantar y sonreír… ¿Vos podes creer que sonreía? Yo no puedo salir de mi asombro aún. Luego, en el entretiempo, se sentó en un escalón y se acercó la radio al oído. La curiosidad me pudo y me acerqué hasta él. Fui precavido, sigiloso y disimulado, pero, aún así, apenas me senté, Miguelito giró su rostro en dirección mía y cordialmente me dijo “Buenas tardes, lindo partido ¿verdad?”. Tuve una mezcla de sensaciones que no sabría por dónde comenzar a enumerarlas. Puedo decir con toda seguridad que, de la misma rabia y envidia que me produjeron sus reflejos para detectar mi presencia, tenía ganas de arrancarle los anteojos y gritarle “¡Vos no sos ciego! ¡Dejá de mandarte la parte, chanta!”. Pero tan sólo le contesté “Sí, lástima que el tiempo no acompaña y en cualquier momento se larga a llover”. Fue entonces cuando la vida y este peculiar hombre castigaron mi incredulidad. Me respondió “¿Ah, sí? ¡No me digas! Pasa que estos anteojos son muy oscuros y no me dejan ver con claridad”. Entonces se quitó las gafas y comenzó a disimular que miraba el cielo en sus diferentes dimensiones. Inmediatamente comprobé que realmente era ciego. Para ese entonces, Miguelito comenzó a reírse a carcajadas y, un amigo que estaba junto a él,  le celebró la ocurrencia riendo. Se ríe ¿vos podes creer que se ríe? Y uno que vive tan amargado por la plata, las mujeres, el trabajo, el auto que no te arranca y demás boludeces. No toma consciencia que sus problemas no son tan trágicos como uno los cree. Pero Miguelito realmente tiene un problema del cual podría vivir quejándose, y todos entenderían por qué razón siempre estaría de mal humor. Sin embargo, él se ríe y ríe en todo momento.

Comenzado el segundo tiempo, me quedé cerca de Miguelito y, para ser franco, ni sé cómo terminó el partido. Solamente sé que Miguelito no vio nada, pero sintió todo. Con su radio pegada al oído escuchaba todos los relatos de las jugadas. Con la hinchada gritaba, cantaba y alentaba. Con la única mano disponible, se agarraba la cabeza cuando una pelota rebotaba en el travesaño y salía; y con el corazón sentía. Sí, ahí está la clave: Sentía. Sentía con el corazón. No era un marciano como para no tener sentimientos, no veía pero sentía y eso le producía alegría y tristeza. Supongo que esa debe haber sido la única vez que lo vi triste y angustiado, cuando el equipo rival le hizo uno o dos goles a Douglas. Insisto en que no sé cómo terminó el partido, pero Miguelito me ha enseñado que tiene un partido que ganar día a día. Es difícil, él sabe “gambetearla” bien, pero siempre habrá un estúpido como yo que ponga en duda su discapacidad y lo trate de chanta y mentiroso. Y no sólo eso, sino que tampoco entenderá cuál es el sentido de la vida para una persona así. En tiempos en donde todo entra por los ojos, la lujuria por el cuerpo de una mujer, el celular táctil con pantalla grande para apreciar mejor las fotografías, el modelo del último auto que salió al mercado, etc.  ¿Qué sentido tendrá la vida de un tipo así, que no puede apreciar la belleza de una mujer, la calidez de un atardecer, los colores del club favorito, la lectura del periódico de cada mañana? ¿Cuál es el sentido de salir a caminar por toda la ciudad, ofreciendo productos por catálogo, arriesgándote a que te atropelle un vehículo y tu vida se acabe en ese instante? Y aún más, ¿con qué necesidad económica hacerlo? Si basta con solicitar una pensión por discapacidad visual y tendrá asegurado un sueldo mensual para sobrevivir, tomar su cafecito diario e ir a la cancha todos los domingos. La verdad es que me muero de ganas por preguntárselo, pero su rostro y actitudes ya han respondido a mi pregunta: Ser feliz, Miguelito hace todo lo que hace para ser feliz. Sociabiliza, se integra al sistema como lo que es, una persona ordinaria. Quizás tenga un solo detalle, que lo notan todos menos él. En realidad, se cae de maduro que lo nota, pero le resta importancia. Trabaja, va de compras, asiste a las peñas, habla por teléfono, hace deportes adaptados a su condición de no vidente y es feliz, por sobre todas las cosas es feliz.

Ha terminado el partido y me he quedado aquí, contemplando desde lejos la lenta pero efectiva retirada de Miguelito. Conoce cada peldaño del estadio, sabe perfectamente hacia donde está la salida, su bastoncito es casi un decorado en sus manos porque no lo usa todo el tiempo. Alguien lo detiene, es un hombre con voz grave, le dice algo así como que a la noche había que festejar y que lo esperaban para comer asado y tomar vino. Luego se intercambian otras palabras, palmadas en los brazos y la sonrisa de Miguelito se vuelve a dibujar en su rostro, mientras se despide y continúa su recorrido. Sonríe, ¿vos podes creer que sonríe? Yo comienzo a creerlo…

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Texto perteneciente a “Cartas a mi madre”, de José Ramallo

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